Inicio Opinion Gobierno de Italia en crisis, con peleas de tanos, de conventillo

Gobierno de Italia en crisis, con peleas de tanos, de conventillo

RENUNCIÓ EL PRIMER MINISTRO Y HABRÍA NUEVAS ELECCIONES

Italia está en plena crisis, con sus dos viceministros enfrentados y el primer ministro renunciante. Un trasfondo económico con agudas diferencias políticas.
Sergio Ortiz.
Hace mucho que Italia no consigue siquiera apaciguar sus conmociones políticas, con gobiernos de diferentes signos, como fueron anteriormente los encabezados por Romano Prodi, del Partido Democrático, socialdemócrata, o por Silvio Berlusconi, de Forza Italia, corrida bien a la extrema derecha. En tiempos más recientes fue la oportunidad de una administración surgida de las elecciones del 4 de marzo de 2018, donde el partido más votado fueron el Movimiento 5 Estrellas (M5S) fundado por un actor cómico, Beppe Grillo.
Al partido ganador le insumió tres meses el formar un nuevo gobierno, que pudo hacerlo con La Liga, derechista y vieja aliada de Berlusconi. En delicado equilibrio, acordaron dos viceministros por los partidos más importantes de la formación: Luigi Di Maio, del M5S, y Matteo Salvini, de la Liga, éste último con más incidencia gubernativa porque era el ministro del Interior.
El cargo de primer ministro quedó para Giuseppe Conte, supuestamente neutral o aliado de ambos socios.
No funcionaron las promesas de la transparencia, que agitó el M5S desde su fundación, como movimiento supuestamente crítico de «todos los políticos», y que le habían reportado un rápido crecimiento en la capital y parte del país. Ya en 2016 había tropezado en su intendencia de Roma por graves denuncias de corrupción en su contra.
El aliado que se habían puesto a la par, la Liga de Salvini, era un salvavidas de plomo porque empezó a sabotear proyectos. La otra parte también le hizo zancadillas, como votar en contra de una línea de tren de alta velocidad entre Turín y Lyon.
Una vez más se cumplía esa verdad de que la «unidad» es un valor interesante, porque suma voluntades políticas, pero debe tener un contenido basado en acuerdos, pues de lo contrario el experimento sirve para oponerse a otros adversarios pero no para avanzar con el gobierno propio.
La economía italiana no funciona bien, como ocurre con la mayoría de los 28 países que componen la Unión Europea. El 31 de mayo pasado, antes que eclosionara la crisis actual, el Instituto Nacional de Estadísticas (Istat) informaba en Roma que «la economía italiana decreció 0,1 por ciento en el primer trimestre de este año en comparación con el mismo período de 2018».

Inmigrantes, afuera.
A esas dificultades se añadió un tema político muy conflictivo en Italia: cómo afrontar la llegada masiva de inmigrantes generalmente desde África. Los dos aliados del gobierno mantenían un acuerdo antiimmigrantes, pero en particular Salvini hizo de ese rechazo todo un credo. Por más que usara biblias y crucifijos en muchas ceremonias de gobierno, su política fue muy inhumana. En junio una ciudadana alemana Carola Rackete, a bordo del Sea-Watch, fue detenida en Italia por conducir ese barco entrando a Lampedusa con su carga de personas recogidas en el mar y en tremendas condiciones de salud por la negativa de Salvini a habilitar su ingreso.
En julio la historia se repitió con el impedimento a otro barco, Open Arms, con 135 inmigrantes rescatados del Mediterráneo. Recién esta semana, por orden de un fiscal italiano y tras una inspección médica, 107 fueron desembarcados en Italia (antes habían bajado los menores).
Da la impresión que el M5S era más flexible, para coordinar con seis gobiernos europeos la recepción y distribución de los inmigrantes, en tanto Salvini se mantuvo a full con su xenofobia extrema.
El ministro del Interior tenía un motivo para que los aires de grandeza se le subieran a la cabeza. El 26 de mayo, en las legislativas para el Parlamento Europeo, su partido, La Liga, fue el más votado en Italia, con 34 por ciento de los sufragios. Festejó su victoria de la ultraderecha y xenofobia en la península, en tanto su aliada en Francia también fue la más votada, Marine Le Pen, de la neofascista Agrupación Nacional.
Con esa cosecha y alianzas Salvini fue por todo y el 7 de agosto pidió elecciones anticipadas en Italia «lo más rápido posible», rompiendo su coalición de gobierno con el primer ministro Conte y el viceprimer ministro Di Maio. Ese portazo lo dio sólo dos días después de lograr la aprobación en el Parlamento de una ley que persigue a las ONG que salvan vidas en el mar.
Esa jugada de acaparar el poder no le viene resultando victoriosa. Conte se presentó en el Senado con duras acusaciones contra Salvini, por apetitos de poder y obstaculización de la labor de gobierno. Y lejos de prestarse a una moción de censura en su contra, anticipó que presentaría su renuncia ante el presidente Sergio Mattarella. Mientras Conte hablaba en el recinto, Salvini le hacía burlas, y por otro lado Di Maio disfrutaba las denuncias al acaparador. De ahí Conte se fue hasta el Palacio del Quirinale con su renuncia a cuestas.
El conventillo político italiano está a los gritos, en una pelea «a lo tano».
El presidente puede encargar al M5S formar nuevo gobierno, quizás con el Partido Democrático y grupos menores; mientras tanto Conte seguiría como primer ministro, muy debilitado. O en caso contrario, se convocaría a nuevas elecciones para mediados de octubre, sin garantías que se destrabe el actual conflicto y los enfrentamientos.
Si hay nuevos comicios lo más probable es que gane Salvini, quien en mayo para las elecciones europeas tuvo el 34 por ciento y ahora podría arrimarse a la mayoría en el Parlamento si se alía con el derechoso Hermanos de Italia, de Giorgia Meloni.
Una perspectiva preocupante. «Italia no necesita gente que pide plenos poderes sino líderes con sentido de responsabilidad» dijo Conte en el Senado, comparando a Salvini con los plenos poderes pedidos por Benito Mussolini en 1922. ¿Un nuevo Duce aliado de Donald Trump?