Inicio Opinion Golpe al mentón del neoliberalismo

Golpe al mentón del neoliberalismo

El triunfo arrollador del MAS en Bolivia vuelve a instalar a esa fuerza política en el gobierno ratificando en forma contundente que su victoria electoral del año pasado fue legítima a pesar del contubernio de la OEA, la Embajada de EEUU, la policía, el ejército y los gobiernos neoliberales latinoamericanos. El binomio Arce-Choquehuanca superó el 50 por ciento de los sufragios, le sacó más de 20 puntos al derechista Carlos Mesa y casi 40 al neofascista Fernando Camacho. Ninguna empresa encuestadora anticipó semejante paliza electoral. ¿Fue solo un error «metodológico»?
El espacio político que lidera Evo Morales logró un resultado extraordinario: se sobrepuso al violento golpe de Estado que sufrió hace un año, a la feroz represión de sus dirigentes y militantes que desplegó el régimen de Yanine Añez con el apoyo del empresariado boliviano, los grandes medios de comunicación y el establishment continental, a las provocaciones de postergar tres veces la elección y al clima espeso que generó el gobierno con despliegue prepotente de tropas militares y policías en los días previos al comicio ante los «rumores de enfrentamientos».
El Movimiento al Socialismo volvió a ratificar que posee una gran capacidad organizativa, lo cual le permitió desplegar una estrategia que combinó, a la vez, una fuerte movilización social con una campaña electoral. Pero también, y hacia adentro de su estructura, consiguió neutralizar las diferencias internas que habían aflorado en los últimos años del gobierno de Evo Morales, logrando la unidad de los movimientos indígenas, campesinos, sindicales y territoriales, recuperando sectores urbanos que se habían alejado.
Con la movilización -la política y la convicción, según expresó un conocido analista- el MAS logró derrotar el fuego cruzado de los medios de comunicación de la derecha, las redes tóxicas, las fake-news y hasta el temor a la represión. Muchos de sus dirigentes, los más encumbrados y conocidos como también aquellos vinculados a la militancia de base, coincidieron en remarcar que la herramienta política por excelencia para conseguir un triunfo tan categórico en las urnas fue la movilización de las masas. Un mensaje muy claro para que tomen nota los líderes de los espacios políticos populares del resto del continente latinoamericano.
Pero seríamos injustos con el gobierno de Añez si olvidamos sus «méritos». El pésimo desempeño económico -sobre todo para los sectores populares-, que contrastó notablemente con los buenos resultados que venía obteniendo Evo Morales, se sumó a una desastrosa gestión para afrontar la pandemia de coronavirus. Los actos públicos cargados de odio, con quemas de wiphalas incluidas, alarmó incluso a sectores urbanos moderados. Los encarcelamientos y persecuciones a dirigentes masistas dejaron al gobierno golpista y sus candidatos aliados muy expuestos como representantes de la elite económica cuyo racismo y desprecio por los sectores populares es bien conocido.
En ese clima hostil, al MAS no le resultó muy difícil presentar como sus banderas más preciadas, para confrontar con la derecha, todos los logros de los dos mandatos de Evo Morales en materia de salud pública, educación, nivel salarial, infraestructura, actividad económica, desarrollo autónomo, etcétera. Esos avances son indiscutibles porque modificaron sustancialmente la calidad de vida de los hombres y mujeres de los sectores populares a quienes nunca antes un gobierno les había otorgado tantos derechos.
En plano geopolítico también tuvo este triunfo del MAS una enorme significación. Fue, sin dudas, un fuerte golpe a la mandíbula del neoliberalismo que había apostado todas sus fichas al golpe de Añez para impedir todo intento de regreso de un gobierno popular. En un tablero regional dominado por gobiernos de derecha Bolivia corre el fiel de la balanza hacia el lado de Argentina y México.