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Guerras eran la de antes

DOMINICALES

Parece mentira pero en Hollywood siguen haciendo películas de guerra como en los tiempos de Dino de Laurentis. ¿Qué diferencia hay entre «Ben Hur» y «300»? apenas unos cuantos efectos especiales. Siempre la misma historia: campos de batalla parecidos a una gran olla de locro, con miles de soldados masacrados en pos del «genio militar» de un líder más o menos arbitrario, que además es el único que goza del poder y del sexo. Los demás son «extras».

Extras.
Así eran las guerras en la antigua Grecia («Alejandro Magno»), en la Edad Media («Cruzada») y con Napoleón, a quien, por estos días, el cine tiene injustamente olvidado. Uno de los primeros usos de la fotografía, recién inventada, fue retratar los campos de batalla de la Guerra Franco-Prusiana, con sus pilas de cadáveres frescos. Tuvo que pasar más o menos un siglo para que la humanidad procesara esas imágenes y concluyera que había algo básicamente estúpido en semejante carnicería.
Ya para la Primera Guerra Mundial el combate franco se había morigerado con la trinchera y los tanques blindados. Para finalizar la Segunda, los EE.UU. hicieron uso generoso de la bomba atómica, y ahí se acabó la era dorada de los generales de campo. ¿Para qué tanta estrategia, si con apretar un botón podemos achurar a decenas de miles de personas, incluso al planeta entero?
Aunque cueste creerlo, en el mundo actual mueren seis veces más personas por suicidio que por efecto de la guerra.
Y es que, como el móvil para la guerra es casi siempre económico, y la economía ha mutado de una base material (bienes físicos) a valorar básicamente el conocimiento (la big data, un ejemplo claro) ya no resulta posible despojar a otros de sus riquezas mediante la apropiación forzada de territorios. Se puede (teóricamente) invadir Silicon Valley, pero eso no implicaría tomar posesión de la tecnología que allí se produce.

Fukuyama.
Cuando se terminó la llamada «Guerra Fría», y Bush padre proclamó el «nuevo orden internacional», un muchacho de apellido japonés elaboró la teoría del «fin de la historia», según la cual el mundo dejaría de moverse y viviríamos felices eternamente, comiendo perdices made in USA. El muchacho habrá amasado una fortuna vendiendo libros y conferencias, pero su intento de abolir la dialéctica no duró ni diez años.
No habíamos terminado de estrenar el nuevo milenio que apareció un muchacho llamado Osama Bin Laden, que sacudió el tablero con sus ataques del 11 de setiembre de 2001, utilizando para ellos los propios aviones comerciales norteamericanos. Mariano Grondona, a quien mal podría acusarse de simpatías talibanes, tuvo que reconocer que Bin Laden era «un genio militar». Y es que, aunque en EE.UU. se defina a aquello como «terrorismo» la verdad es que fue un acto de guerra contemporánea.
Los campos de batalla no han desaparecido, se han mudado: se alojan en los servicios esenciales, como por ejemplo los energéticos. Privar de energía eléctrica a una amplia zona de un país durante un período prolongado, por ejemplo, sería un acto de guerra muy eficaz. Algo así como lo que les tocó vivir a los argentinos con el apagón de junio pasado, aunque aquí el agresor no era externo, sino que era el propio gobierno.

Cyberpunk.
Pero más que nada, la guerra contemporánea se libra en internet, que controla no sólo el conocimiento, sino también los mecanismos que regulan virtualmente todos los servicios esenciales: la energía, los bancos, la bolsa, la vigilancia y el fútbol.
Por eso la batalla entre EE.UU. y la compañía china Huawei, por el control del sistema 5G de los celulares. Por eso las intervenciones en redes sociales para volcar el resultado de elecciones clave, como la del Brexit, o la que llevó al poder al Pato Donald. ¿No se parece a una táctica de guerra exitosa, llevar a Inglaterra a una situación de vulnerabilidad tal, que amenaza en forma inminente su abastecimiento de alimentos, y la coloca incluso por debajo de Irlanda en el concierto político europeo?
Y en cuanto a Norteamérica, su actual presidente la ha colocado en una situación internacional de extrema vulnerabilidad: ha abandonado el Pacífico, hoy controlado por China; ha dinamitado todos sus acuerdos con Europa, incluyendo la OTAN; ha desmantelado políticas internacionales inamovibles, sin obtener ventaja alguna (acaba de abandonar a los pobres kurdos, a los que usó por décadas contra Irak, Irán y contra Siria, y ahora están siendo masacrados por los turcos); y ha conspirado con potencias extranjeras contra sus adversarios políticos internos.
¿No habrá sido la elección de Donald Trump (producto de una probada maniobra en redes sociales) un genial acto de guerra?

PETRONIO