Hace camino al andar con olvido de sus años

Señor Director:
La noticia dice que la mujer llamada Emma Moronsini, italiana, recorrió caminando la distancia que media entre Tucumán y Luján. Dice que camina por la paz y para que los jóvenes se alejen de la droga.
Caminantes hay y ha habido muchos. Pero mujeres que se larguen solas a recorrer largas distancias, con un equipamiento mínimo, son raras. Y que, como la Moronsini, tengan ya cumplidos 91 años de edad, puede que tenga algún antecedente, pero es un dato ciertamente desconcertante. Las personas que llegan a esa edad son, en nuestro tiempo, cada vez más numerosas. Que caminen sin problemas, son menos. Y que puedan marchar cuatro o cinco horas por jornada tirando de un carrito en el que llevan agua, pan, leche en polvo, un paraguas y algún abrigo, ya parece cosa de novela o mera fantasía. La Moronsini hace más que eso, porque su objetivo es recorrer distancias del orden de los mil kilómetros. Es italiana y vive en el norte de Italia, pero ya es una suerte de ciudadana del mundo. Recorridos como el que realizó en la Argentina hasta llegar a Luján los ha repetido en muchos lugares del planeta. Y parece dispuesta a seguir en el empeño. A pesar de que en sus dos últimas caminatas se cayó y sufrió lesiones importantes.
En esta caminata se pudo observar algo más. Que la caminante es esperada, atendida y agasajada por vecinos de las poblaciones. En algunos lugares la escoltan bomberos voluntarios y policías. Por momentos, hay una pequeña multitud en su redor o acompañándola en la marcha. Como el flautista de Hamelin, aunque sin flauta, convoca y arrastra.
Me he preguntado si la consigna que enuncia en cada caso como motivo de su empeño dice todo lo que se necesitaría saber para descifrar el misterio de este andar. Tengo la impresión de que algo queda por saber y que quizás ni siquiera la caminante conoce. En la película norteamericana de un corredor (runner) tampoco hay respuesta explícita. El personaje aparece primero como un soldado en Vietnam, que se destaca por su resistencia y su velocidad, así como por un coraje que opera sin enunciarse. Después se lo ve cortejando a una mujer que también sale de lo común y que de hecho vive en la calle, dentro de un grupo; luego triunfa como empresario, la mujer aparece, se une a él durante un tiempo y desaparece para retornar más tarde con un hijo de ambos, ya enferma; en las variantes de esta peripecia, él, de pronto, se lanza a trotar por los caminos, de océano a océano. Y hay quienes se le van sumando y lo acompañan hasta formar una larga caravana. Ninguno dice por qué lo hace y probablemente ninguno lo sabe. Puede que estén dando una respuesta que se ha repetido en los siglos, la de seguir al inspirado o a quien se supone que sabe algo que permanece oculto, pero que convoca. No hay prédica. No siempre, al menos.
Me he preguntado si se trata de un atavismo de la especie, puesto que el hombre ha sido nómada desde la prehistoria y hasta tiempos recientes. Todavía hay pueblos nómades. La Tierra ya está ocupada y guarda pocos misterios capaces de arrancar a una persona de un suelo, de una tribu, de una familia, y echarse a andar hacia… ¿hacia dónde?, ¿para qué? Entre los que caminaron mucho y cosecharon fama duradera hay que destacar a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, un hidalgo español que llegó a América en la primera mitad del siglo 1600. En Florida buscó la fuente de la juventud y luego marchó en pos del oro que los indígenas de Florida le decían que estaba “más allá”. Y allá iba Alvar, en canoas, a caballo y, finalmente, en enormes caminatas que lo llevaron hasta California y el Norte de México. Buscaba juventud y oro, pero su motivación profunda es conjeturable.
No le pregunten al caminante, porque guardará silencio o ensayará respuestas que cree válidas, pero que no dicen todo. El poeta dijo que “se hace camino al andar”. El camino no preexiste, pero sentimos su necesidad. A pesar del misterio y la falta de respuestas, gozamos al andar.
Jotavé