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Hasta el cuello

Cuando se habla de los problemas que trajo este tercer ciclo neoliberal bajo el signo del macrismo -los dos anteriores fueron el que llegó, primero, con las botas de la dictadura y luego el de la década Menem-De la Rúa- se suele mencionar a los más visibles: el desempleo, la pobreza, la inflación, la caída del poder de compra del salario, el deterioro de la salud y la educación, etc. Pero la tijera de la ortodoxia económica corta ancho y no deja sector sin afectar, salvo, claro está, el de las grandes corporaciones que en estos períodos cosechan ingresos obscenos.
Uno de los aspectos que no suele mencionarse tanto, aunque tenga consecuencias tan perjudiciales como los otros, es el del endeudamiento familiar. Al igual que el Estado con los acreedores externos, hoy muchas familias argentinas están siendo asfixiadas por las deudas contraídas con tarjetas de crédito. El informe publicado ayer por este diario es contundente al mostrar que es muy alto el porcentaje de la población que está fuertemente endeudado por el uso de los denominados «plásticos» y, lo peor, es que son muchos los que optan por abonar el pago mínimo agobiados por la caída a pique de los salarios. Esa decisión no hace más que agravar las dificultades por el muy elevado costo que hoy tiene el endeudamiento financiero.
Este círculo perverso no es otra cosa que uno de los objetivos estratégicos del capitalismo especulativo. Hemos escuchado a sus apologistas hablar de las «ventajas de endeudarse» en los días iniciales del macrismo. Es más, muchos se decían escandalizados por lo «poco endeudado» que estaba el país. Hoy se puede ver muy bien que se trataba de espejitos de colores que le vendieron a la sociedad con sus discursos marketineros. El «buen negocio» ha sido solo para los acreedores, es decir, para los que ponen las condiciones. Los deudores, en cambio, son los que más sufren porque tienen que cumplir pautas extremadamente desfavorables para ellos. Es la ley del más fuerte, que es, también, la única que funciona bajo el neoliberalismo.

Era hora
El acuerdo alcanzado entre la Provincia y los municipios de Santa Rosa y Toay para acordar pautas únicas en en el tránsito vehicular de la Avenida Perón es un paso tan demorado como necesario. Que una misma vía de comunicación tenga en un trayecto tan corto reglas tan diferentes a cumplir por los conductores no solo desconcierta sino que se convierte en una trampa. La gran cantidad de accidentes -con altos índices de casos fatales- registrados en esa avenida debieran haber hecho reaccionar mucho antes a las autoridades. Esa omisión parece que empieza a cubrirse ahora y debiera avanzar sin demora porque ha sido, y es, muy alto el precio pagado en vidas y bienes.
Como es bien sabido la mitad de la Avenida Perón tiene permitida una velocidad máxima y la restante otra. Para tornar más inconcebible este anacronismo, sucede algo similar con la prioridad de paso en las numerosas rotondas que existen en el trayecto.
La unificación de criterios será un avance que agradecerán los miles de automovilistas que todos los días circulan por el lugar. Pero no estará completa la tarea si, al mismo tiempo, no se pone en práctica una actividad tan necesaria como la anterior: intensificar los controles de tránsito, especialmente en cuanto al cumplimiento de la velocidad máxima permitida. No pocos conductores se desplazan por la Perón como si fuera una autopista interurbana, apretando el acelerador en forma harto irresponsable, cuando se trata, en verdad, de una avenida urbana que atraviesa sectores densamente poblados. La mayoría de los accidentes registrados en el lugar obedecen a este grave problema. La única forma de controlar y a la vez educar y crear conciencia es con más presencia de inspectores que hagan respetar la normativa (la cual, desde luego, deberá estar unificada en el menor tiempo posible).