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Hay que parar a Facebook

HASTA LA ONU Y EL GOBIERNO DE EEUU LE APUNTAN A LA COMPAÑIA

En los países más pobres la red social ha contribuido a la diseminación de la violencia, el tráfico de personas y los abusos de gobiernos autoritarios.
JOSE ALBARRACIN
Cuando internet comenzó a extenderse por todo el mundo, a fines del milenio pasado, reinaba un optimismo generalizado. La nueva herramienta tecnológica prometía facilitar el acceso universal al conocimiento, las comunicaciones y a la libertad de expresión, sin censura de los gobiernos. Lo que terminamos obteniendo, apenas dos décadas después, es a Facebook. Combinada con las otras dos aplicaciones absorbidas por la empresa de Mark Zuckerberg, Instagram y Whatsapp, el gigante norteamericano se ha transformado en un monstruo grande, que pisa fuerte, y que debe ser desmembrado para que no siga haciendo daño.

Chicas.
Cuando el joven Zuckerberg comenzó a diseñar sus algoritmos para un sitio de internet, sus modestas intenciones eran crear un grupo para facilitar las citas y conocer chicas. Esos mismos algoritmos le sirvieron luego para acumular datos sobre millones de usuarios y venderlos no sólo a sus clientes publicitarios, sino también a empresas dedicadas a la propaganda política, como Cambridge Analytica, responsable de haber afectado seriamente, con noticias falsas, la campaña electoral que llevó a la presidencia a Donald Trump (lo mismo hizo con las elecciones de 2015 en Argentina, pero eso nunca fue investigado debidamente).
Podrá parece irónico, pero hace unas semanas la compañía publicó un estudio por el cual aparentemente demuestran que Facebook no tuvo nada que ver en la organización del movimiento antidemocrático que llevó al asalto del Capitolio norteamericano el pasado 6 de enero. ¡El gran mérito es que esta vez no fueron ellos los culpables de ese desastre!
De todos modos, estos intentos de mejorar las relaciones públicas están comenzando a desactivarse, ya que aparentemente el fundador de la empresa está cansado de salir a pedir disculpas por sus tremendos desaguisados políticos. Por el contrario, y en un spot digno de Vladimir Putin, publicó un video de sí mismo, surfeando sobre un lago en una tabla motorizada, mientras hace flamear una bandera norteamericana. Podrá no ser muy agraciado, pero narcisismo no le falta.

Vacunas.
En julio pasado, el propio presidente Biden acusó a la compañía de ser responsable de la muerte de miles de norteamericanos, por haber facilitado la difusión de noticias falsas con respecto a las vacunas contra el Covid-19. Y es que EEUU, pese a contar con el triple de las dosis necesarias para inocular a toda su población, y a un buen inicio de la campaña de vacunación con el nuevo gobierno, ahora enfrenta un retroceso importante, entre los ciudadanos remisos a vacunarse (casi todos, republicanos) y el avance de la variante Delta.
Tratando de confrontar esa acusación, Facebook encargó un estudio sobre el tráfico de información dentro de esa red social, pero decidieron no publicarlo cuando advirtieron que la noticia más viralizada había sido, precisamente, un dudoso reporte sobre el caso de un médico que habría fallecido por coronavirus pese a encontrarse plenamente vacunado.
Lo curioso que ahora Facebook -que desde diciembre pasado afronta en EEUU una demanda antimonopólica del gobierno federal, por la absorción de Instagram y Whatsapp- viene siendo objeto de escrutinio incluso por los medios más proclives a favorecer a las grandes compañías, como el Wall Street Journal.

Odio.
De la serie de notas publicadas por ese diario la semana pasada, surge que, si la conducta de Facebook en EEUU y Europa ya es reprochable -y de ahí la acción de los gobiernos en su contra- lo que ha ocurrido con esta red social en países más pobres ha sido directamente criminal. En lugares como India, Honduras, Myanmar, Etiopía y Filipinas, la compañía ha contribuido efectivamente a la diseminación de la violencia, el tráfico de personas y los abusos de gobiernos autoritarios. Y todo, por la falta de inversión en el control de la falsa información y los discursos de odio cuya diseminación interna permite libremente.
Aún así, los empleados de la firma pudieron detectar esos abusos sin que la empresa tomara medidas. Por ejemplo, cómo los carteles del narcotráfico mexicano usaban Facebook para reclutar, entrenar y pagar sicarios asesinos, o cómo algunos gobiernos la usaban para incitar la violencia étnica.
Fueron las propias Naciones Unidas las que en un reporte de 2018 identificaron a Facebook como la herramienta usada por la junta gobernante en Myanmar para diseminar propaganda en favor del genocidio. Tres años después, las mismas prácticas fueron detectadas en Etiopia. Los empleados de la red social advirtieron a sus superiores que no tenían recursos para traducir los distintos dialectos usados en los posteos que incentivaban a la violencia étnica. Y la empresa no hizo nada.
Seguramente, manejar una compañía multinacional como Facebook es difícil. Pero más difícil es presenciar cómo esta empresa, por un interés exclusivamente económico, está permitiendo que se la use como plataforma para el crimen organizado, la violencia étnica, la desinformación y la erosión de la democracia en todo el mundo. Los gobiernos nacionales tienen que actuar. Y los usuarios deberíamos contemplar formas de resistencia y boicot más activas.