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Hay que ver la película

Los lacerantes datos de la pobreza y la indigencia que dio a conocer el Indec nos vuelven a poner a los argentinos frente al peor rostro de nuestra realidad. Sin embargo no puede decirse que hayan sorprendido demasiado. Hay que ser muy distraído -o muy indiferente- para ignorar lo que viene sucediendo en el país desde hace al menos un par de años. Es que la pandemia de Covid-19 está muy lejos de ser el origen del espantoso cuadro social que hoy pintan las estadísticas. Si se quiere ver la película en lugar de la fotografía no puede ignorarse lo que sucedió en los estratos populares durante el cuatrienio que gobernó el macrismo con su secuela de cierre masivo de empresas, aumento del desempleo -y consecuentemente de la pobreza y la indigencia-, de la inflación, de la desigualdad social y la deserción del Estado en materia de protección de los sectores vulnerables.
Cuando llegó la epidemia a la Argentina, el gobierno del Frente de Todos llevaba solo tres meses de asumido y había comenzado a reparar, en realidad a dar apenas los primeros pasos, la catástrofe económica y social heredada de su antecesor. Ni tiempo tuvo de acomodarse cuando debió adoptar, urgido por las circunstancias, las medidas de protección sanitaria que incluyeron el aislamiento social. No es casual que la derecha política y mediática, para sacar tajada de las estadísticas ominosas que se difundieron por estas horas, insista con que las causas hay que buscarlas en la cuarentena y no en la epidemia. Y no es una discusión retórica sino ideológica. Para los representantes del poder real era -y es- más importante salvar la economía que la salud de la población, por eso hoy se atreven a la perversidad de culpabilizar al gobierno, como si en el resto del continente y del mundo las cosas fueran tan diferentes.
Pero hay otro aspecto que merece atención. La recuperación económica que empezó a vislumbrarse los últimos meses del año pasado no se vio reflejada, ni siquiera en una mínima cuota, en los altos niveles de desocupación. Las grandes empresas, que recibieron ayuda del Estado tanto como las Pymes, fueron las primeras en mostrar los signos más concretos de mejoría en su desempeño pero esa situación no tuvo efecto derrame en la captación de mano de obra. Peor todavía, las compañías con posición dominante en el mercado comenzaron a activar la carrera de los precios con lo cual empujaron hacia arriba la inflación y, como consecuencia directa, aceleraron el deterioro del poder adquisitivo de los hogares.
Este grave problema indica que la fuerte presencia del Estado para atender la emergencia social todavía no registra su equivalente en el terreno de la economía. Los programas de asistencia a los sectores vulnerables se desplegaron inmediatamente y permitieron soportar con menor costo las gravosas consecuencias sociales de la epidemia. Pero esa agilidad gubernamental no se observa a la hora de controlar la voracidad de las grandes empresas, especialmente las que integran el vital segmento alimenticio, que desataron una carrera de precios vertiginosa. Y este es también un punto clave en la lucha contra la pobreza y la indigencia.