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«Hay terrorismo de Estado»

El reciente ataque en el aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra a una delegación argentina que viajó a Bolivia para verificar sobre el terreno la violación a los derechos humanos puso en evidencia la naturaleza violenta del régimen que se instaló en ese país tras derrocar a Evo Morales.
Una de sus manifestaciones más tenebrosas es la ampliación de la brecha racista entre los habitantes urbanos del Oriente y sus connacionales del altiplano, a quienes desprecian abiertamente y contra los que se desató una represión violenta con muertes, desapariciones, violaciones e incluso negativas de atención a heridos graves en hospitales públicos. A este ominoso panorama deben sumarse las amenazas públicas del ministro del Interior dirigidas a los visitantes argentinos.
En las últimas horas, ya de regreso a la Argentina, la delegación presentó un crudo informe en donde denuncia que en Bolivia se instaló el «terrorismo de Estado». Además constató la existencia de «masacres de población civil», «desaparición forzada de personas», «torturas, violaciones y delitos sexuales», «ataques contra gobernantes, legisladores, funcionarios y familiares», «persecución selectiva de dirigentes de movimientos sociales», «restricción manifiesta de la libertad de prensa», «promoción del racismo y los discursos de odio», «hostigamiento policial y parapolicial a delegaciones internacionales de derechos humanos, incluyendo operaciones de espionaje y escuchas ilegales».
Estas son apenas menciones de un informe mucho más extenso y detallado que expone con absoluta claridad el terror que está viviendo la población boliviana, especialmente la de ascendencia indígena, los movimientos sociales y los partidarios del MAS, partido que gobernaba hasta el golpe de estado.
La situación recuerda experiencias golpistas anteriores repetidas en toda América Latina, con gobernantes depuestos por la fuerza que, con las mejores intenciones, renunciaban a sus cargos «para evitar que corra sangre del pueblo». Sin embargo -y Bolivia lo confirma ahora- la violenta represión que sigue a los golpes lejos está de respetar esa premisa: la sangre de los oprimidos vuelve a correr, y no en pequeñas cantidades. Las escenas de represión en el área de El Alto de la Paz, que registraron algunos periodistas y testigos con sus celulares dan cuenta de una crueldad inconcebible que ni siquiera contempla a mujeres y niños.
No se necesita ser un gran observador político para advertir que difícilmente se cumpla el deseo Evo Morales de volver a su país, por más que asegure que no será candidato y hasta está dispuesto a enfrentar la cárcel en defensa de su pueblo. Hoy su partido político ha sido puesto al borde de la ilegalidad y no parece tener muchas chances de poder competir en el futuro proceso electoral que las autoridades golpistas dicen estar organizando.
«Por favor, no nos dejen», es el ruego desesperado que tuvo que escuchar la delegación argentina antes de regresar a su país. Queda claro que la labor que desde el extranjero puedan realizar organismos supranacionales y organizaciones defensoras de los derechos humanos será clave para evitar que el baño de sangre que hoy corre en Bolivia no siga agravándose.