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Houston, tenemos un problema blanco

DOMINICALES

Las primeras masacres ocurrieron en escuelas secundarias, pero como él ya no iba a la escuela, no le importó. Después entraron a asesinar gente en sinagogas y otros templos, pero como él no tiene vida espiritual, tampoco le importó. Pero ahora la masacre fue en un Walmart de El Paso. Una afrenta contra una institución norteamericana si las hay: el supermercado. Entonces, el presidente de EEUU tuvo que tragar saliva, y salir a reconocer que el supremacismo blanco (donde antes decía que «hay muy buena gente») es un problema nacional y debe ser frenado.

De terror.
Sin embargo, no mencionó la palabra clave: «terrorismo». Y es que estos fascistas redomados -muchos de los cuales son votantes de Trump- están sometiendo a la sociedad norteamericana precisamente a eso: crímenes de alto impacto social y mediático, destinados a provocar terror y a hacer avanzar su agenda racista.
Parte del problema para el presidente -y por ende para las posibilidades de éxito de cualquier medida futura contra estos grupos- es que él mismo es un racista confeso. Hace poco un artículo periodístico compiló una larguísima serie de incidentes, algunos muy antiguos, en los que demostró esta particular cualidad suya. Como cuando denigró a los inmigrantes centroamericanos o africanos por provenir de «countries», esto es, países de mierda. O como cuando, más recientemente, propugnó «mandar de vuelta a sus países»; a cuatro congresistas demócratas, mujeres jóvenes de color, que están haciendo avanzar una agenda progresista en el Capitolio.
El hecho de que tres de las cuatro hayan nacido en EEUU es uno de esos detalles en los que un hombre ocupado como Trump no puede reparar. Aunque vuelve algo imposible su idea de «mandarlas de vuelta». Curiosamente, esta expresión está contenida -junto a varias otras «ideas» y giros idiomáticos del presidente- en un manifiesto que publicó online el pistolero de El Paso, antes de dirigirse al supermercado para asesinar la mayor cantidad posible de latinos en esa ciudad fronteriza con México.

Ironía.
No deja de resonar irónicamente que esta misma semana, un ferviente partidario de Trump (César Sayoc, latino de Florida) haya sido condenado a veinte años de prisión, por haber enviado por correo, el año pasado, una serie de artefactos explosivos destinados a varios personajes de primer nivel a los que percibía como «enemigos»; de su presidente. La larga lista incluía al propio Barack Obama, a Hillary Clinton, al ex videpresidente demócrata Joseph Biden, y al millonario húngaro George Soros, habitual donante del partido demócrata.
De hecho, Sayoc la sacó barata, ya que había mandado decenas de explosivos por correo (usar el correo para delinquir es una agravante muy seria en EEUU) y se preveía una prisión de por vida. El juez, acaso inspirado en los tiempos políticos, le aplicó clemencia porque aparentemente la bombas no estaban tan bien construidas, y por ende su intención habría sido meramente la de amedrentar.
No hay definición más clara de «terrorismo»: la comisión de crímenes de alto impacto para infundir miedo. Y una vez más, la palabra terrorismo -como también la palabra racismo- aparecen íntimamente ligadas al propio presidente norteamericano.

¿Igualdad?
De hecho, no hay otra explicación que el racismo para que los supremacistas blancos no reciban el mismo tratamiento legal que los terroristas musulmanes. Si hasta se ha demostrado con creces que el funcionamiento de estas células de fanáticos, ciudadanos blancos de EEUU, tiene grandes similitudes con el de Al Kaeda o el Estado Islámico. Por solo mencionar una: la profusión de sitios de internet con propaganda explosiva, para captar adherentes, y una vez conseguido este objetivo, la lista de instrucciones que se postean sobre cómo ser un terrorista eficiente y matar la mayor cantidad de gente posible.
Cuando hace diez años atrás, una investigación del Departamento de Seguridad Interior pretendió alertar sobre el peligro que representaban estos grupos de extrema derecha, los republicanos pusieron el grito en el cielo. El pobre funcionario responsable del informe, Daryl Johnson, terminó renunciando a su cargo, y la unidad administrativa en la que trabajaba terminó desmantelada. Su visión de que la pauperización de sectores blancos obreros, la elección en un presidente negro y el odio a la inmigración generaban un caldo de cultivo peligroso, no podía ser más premonitoria.
En realidad, bien podría sostenerse que el propio partido republicano de EEUU es una organización que facilita el terrorismo. ¿Qué otra explicación habría, de lo contrario, para que el gobernador republicano de Tennessee acabe de rendir homenaje oficial a Nathan Bedford Forrest, fundador del Ku Klux Klan, una organización terrorista si las hubo?

PETRONIO