Inicio Opinion Imagen del horror

Imagen del horror

Días atrás una fotografía dio la vuelta al mundo y conmovió a millones de personas, entre las que difícilmente se encontraran los responsables del hecho registrado. La cámara capturó a un inmigrante salvadoreño que, procurando entrar a Estados Unidos, murió ahogado al tratar de cruzar el río Bravo. A su lado, también muerta y como tratando de ampararse bajo las ropas de su padre, yacía una niña de apenas dos años.
No es difícil relacionar esta fotografía con otra divulgada tiempo atrás: la del chiquito sirio que, tras el naufragio del precario bote en que viajaba con su familia en procura de las costas europeas, fue llevado por el mar a las playas de Turquía.
El sustrato común de estas escenas -y de tantas otras que nunca se conocerán- es el mismo: la desesperada huída de seres humanos en busca de un destino mejor que aquel que les toca vivir en sus países, asolados por la guerra y la miseria. Provienen, casi todos, de Centroamérica y Africa y protagonizan largas y arriesgadas travesías, a pie o en vehículos precarios, en procura de alcanzar lo que suponen tierras de paz y trabajo: Estados Unidos y Europa. Como una irónica paradoja, a menudo esos países son los responsables -por sus políticas imperiales- de las tragedias que viven los territorios que expulsan a tantos migrantes
Miles de seres humanos perecen ahogadas en las aguas del Mediterráneo, otro tanto va a parar a las cárceles-jaulas del «Vigía de Occidente» -en donde se ha admitido la muerte de niños en esos infames sitios de detención- o eternizan una espera hacinados en campamentos insalubres. No pocos son víctimas de los traficantes de personas que, después de haberles cobrado su entrada ilegal, los abandonan en el mar o en medio del desierto. Y esto cuando no son abiertamente discriminados por las mentalidades racistas que abundan en los países considerados como los más progresistas y adelantados.

Sacate el antifaz
El acceso a algunos salones exclusivos suele desvelar a ciertos personajes. La Embajada de Estados Unidos, qué duda cabe, es uno de esos codiciados recintos que encandila a nuestra farándula política. No se sabe si en busca de información o de órdenes, pero lo cierto es que muchos se anotan en todo evento que allí tenga lugar.
Pero en ocasiones tal predisposición a oficiar de besamanos puede rozar el ridículo, como acaba de suceder por estos días cuando se adelantó la celebración del día de la independencia norteamericana y en los festejos se exigió a los asistentes concurrir vestidos a la usanza del Far West (lejano oeste). Entre los centenares de invitados a la fiesta se observaron figuras destacadas de la política y la economía, y entre ellas sobresalió la ministra Patricia Bullrich debidamente disfrazada con la indumentaria vaquera. Queda claro que la investidura de altos cargos no inmuniza contra el grotesco, y menos cuando está la venia del poder real.
Habría que ver si el ejemplo funciona al revés, es decir, si en una fiesta patria nacional -como el próximo 9 de Julio- el embajador de EE.UU. accede a vestirse como un gaucho de las pampas. Difícil, ¿no?