Impacto de un cambio social sobre la infancia

Señor Director:
“No hay padre, no hay madre”. Con esta expresión, que parece brotada de un corazón estremecido, titula Eva Giberti el artículo que pudo leerse el pasado miércoles en la última plana del diario Página/12.
Ella se explica diciendo que lo que enferma y daña a los chicos actuales, “es el abandono, la indefensión afectiva de quienes viven con ellos, la infinita distancia que oscila entre un desayuno atragantado por la velocidad, y la pregunta rutinaria de quienes, por la tarde, alcanzan a preguntarles ¿cómo te fue hoy en el colegio?”. El texto no se interrumpe con esa pregunta, pues Giberti agrega que ha sido pronunciada mientras encienden la televisión y preparan el mate o se sirven una cerveza para descansar del ajetreo laboral. Los que interrogan (los padres) no piensan atender la respuesta, pero si el niño emite una queja por algo que le sucedió en la escuela, el que ha preguntado “se recalienta y promete ir a la escuela para gritarle o pegarle a la maestra”. Añade: “Solos de toda soledad están estos chicos, en situación de abandono e indiferencia que implican maltrato y así viene sucediendo hace diez años por lo menos”.
Eva Giberti es psicóloga y psicoanalista, de distinguida trayectoria. Fuente de sus observaciones es su consultorio, hasta el que no llegan todos los niños que se hallan en la situación descripta, ni éstos son todos los niños ni todos los padres de nuestros días, pero sí hay una cantidad en crecimiento en cuyo hogar se desarrolla este drama. Refiere que una niña de 10, en consultorio, expresó esta pregunta: ¿Quién soy yo para ellos?, refiriéndose a sus padres, que esperaban afuera y que dice Giberti: “hace tiempo que un lejano y extraño sentimiento de culpa” los acompaña. Esta aseveración me trajo a la memoria la escena de una vieja película francesa en la que un obrero minero llega a su pobre casa agobiado por el trabajo, el ambiente de la mina, la duración de la jornada y el viaje consiguiente, su rutina de cada día, y cuando busca reposo y comida se ve afectado por el insistente llanto de un bebé, al que no hay modo de callar. Ese minero terminó reaccionando con violencia.
Hay una relación entre ambas situaciones, aunque se den en un hogar pobre y otro de clase media (los padres van a consulta con una especialista). Hay diferencia en el tipo de reacción, pero el fondo de lo que se muestra es el mismo: la soledad del niño, su abandono. En el caso de la película es la pobreza. En la situación actual es el hecho de que el proceso social ha determinado que no baste con el aporte del padre, sino que también se requiere el esfuerzo externo de la madre. Y, claro, “no se puede repicar y estar en la procesión”.
Lo que la película quería expresar y lo que transmite Giberti (que no es una tradicionalista, sino una progresista) es que los cambios socioculturales pueden tener o no vencedores, pero siempre tienen una víctima que, en el caso de la prole, es el hijo. Y como ella lo expresa en esta nota, ese daño no excluye a los padres, perseguidos por “un lejano y extraño sentimiento de culpa”.
La actualidad permite que todos los que estamos atentos veamos que el mayor protagonismo de la mujer en los trabajos externos (al hogar), ha sido insuficientemente balanceado con prestaciones sociales ni con un proceso de actualización de la tradicional institución escolar. Digo esto sin desconocer la variedad de ofertas que se han estado creando para suplir el cambio hacia el interior del hogar.
El tema abre una multitud de posibilidades de desarrollo. Lo que diré, por ahora y dentro del espacio disponible, es que los cambios sociales se producen y pueden producirse con mayor velocidad que la capacidad de adaptación de los protagonistas. Esto se ve en el maestro, también fastidiado por su propia situación y, en el caso de la madre, cuando al escuchar la queja de su hija se dispone a interpelar y aun agredir al docente. Y esto no es ficción.
Atentamente:
Jotavé

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