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Imperios que se derrumban y tortugas que se escapan

DOMINICALES

Esta semana se cumplió el centenario del nacimiento de Alejandro Solyenitsin, escritor ruso ganador del Premio Nobel de literatura, conocido por su obra “Archipiélago Gulag”, que retrata los horrores de los campos de trabajo forzado durante el gobierno de José Stalin. La prensa norteamericana se apuró en catalogarlo como “el escritor que derrumbó un imperio”. Apenas una semana atrás le había adjudicado ese mismo honor al fallecido ex presidente George Bush padre.

Disidente.
Solyenitsin era un comunista convencido, que luchó con bravura en la Segunda Guerra Mundial (para los rusos, la “Gran Guerra Patria”), y sin embargo fue condenado a ocho años de reclusión en 1945, por criticar la conducción militar de Stalin en cartas privadas. Su experiencia en confinamiento terminó siendo el tema de toda su obra literaria, comenzando en 1962 con “Un día en la vida de Ivan Denisovich”, que pese a la crudeza con que retrataba la vida en los Gulag, fue publicada inicialmente en la propia URSS por la revista literaria Novy Mir.
En realidad el sistema represivo vigente con Stalin ya había sido revelado oficialmente en 1956 por el propio premier soviético, Nikita Krushev. Pero este retrato vivencial, obra de un escritor consumado, colocó a Solyenitsin en el centro de atención pública, dentro del grupo de los “disidentes” contra el Kremlin. En 1973, con la publicación en Occidente de “Archipiélago Gulag” y cuando ya le habían adjudicado el Nobel, el gobierno ruso terminó quitándole la ciudadanía, y expulsándolo del país.
Lo que sus panegiristas norteamericanos tratan de olvidar es que durante los casi veinte años que residió en EE.UU., Solyenitsin comenzó a observar de cerca, y denunciar públicamente, las falencias del capitalismo. Menos aún quieren recordar que, ya reinstalado en Rusia, terminó siendo un ferviente admirador de Vladimir Putin, a quien asesoró, y de quien aceptó las condecoraciones oficiales que había rechazado de manos de Gorbachov y de Yeltsin.

Honores.
Tras su muerte en 2008, “Gulag” pasó a ser lectura obligatoria en las escuelas rusas, y el nombre de su autor fue impuesto a una importante rúa moscovita, hasta ese momento denominada “calle del gran comunista”. Habrá quienes -como en el caso de la porteña calle Cangallo- siguen optando por el nombre antiguo.
No es del caso discutir las indudables dotes de Solyenitsin como escritor. Lo que resulta extraño es el rol definitorio que se la adjudica en la caída de la URSS, como si el fin de ese gran imperio del siglo XX hubiera sido una mera cuestión de relatos contrapuestos.
Resulta pasmoso observar lo simplista que es la versión predominante en Occidente acerca de la debacle soviética, que por cierto tomó a EE.UU. totalmente por sorpresa. Pese a que historiadores serios como Eric Hobsbawm se han encargado de señalar la paradoja de que el supuesto “imperio del mal” (Reagan dixit) se desintegrara en forma absolutamente pacífica, sin derramamiento de sangre, pese al enorme arsenal de armas (incluso nucleares) que lo pertrechaban. En los funerales de Bush padre se intentó adjudicarle a éste el mérito de este proceso. Si era tan fácil, y EE.UU. tenía esa influencia, ¿cómo es que no evitaron la atroz carnicería que luego siguió a la desintegración de Yugoslavia, en el propio corazón de Europa?

Sorpresas.
No acaban ahí las paradojas. El fin del experimento comunista ruso vino en realidad a corroborar -al menos en parte- un viejo aserto marxista, el de que toda propiedad tiene como origen un robo. Si todos los bienes en la URSS eran de propiedad colectiva ¿cómo es que de la noche a la mañana pudieron forjarse las fortunas de los nuevos millonarios que hoy son tan bien recibidos en Londres y otros centros financieros mundiales, donde hasta les facilitan la compra de clubes de fútbol?
El correr del tiempo, ya a casi treinta años del comienzo del fin del comunismo, nos vino a traer nuevas sorpresas. Porque otro de los clichés más comunes para explicar el fenómeno, era el de la superioridad de la flexible economía de mercado, y, por contrapartida, la inviabilidad de las economías centralizadas y planificadas.
Resulta que en muy pocos años veremos cómo uno de esos sistemas “inviables” se transforma en la primera economía del mundo. Los analistas occidentales se están rompiendo los cuernos tratando de averiguar cómo es que China todavía no ha fracasado.
Es cierto que hay sectores de la economía china que operan bajo las leyes del mercado, pero el sistema general sigue siendo planificado. Y hasta uno de los hombres más rico del país, Jack Ma, es un activo miembro del Partido Comunista.
Como se ve, las posturas dogmáticas no ayudan, ni aquí ni en la China.

PETRONIO