Indices de pobreza y deterioro intelectual

Más allá de los índices que se utilizan para medir la pobreza en el país, controvertidos algunos de ellos según el enfoque político que se aplique, lo cierto es que el flagelo ha crecido, y mucho, durante los últimos años y que una parte considerable de esos desposeídos llega a la indigencia. Considerando el problema en una perspectiva más amplia y profunda acaso lo más grave (que ya de por sí lo es) no radique en la vigencia actual del problema en el nivel familiar sino en los niños que viven -y acaso sobreviven- a estos años.
El caso es sencillo pero a la vez terrible y no son muchos los analistas políticos que lo han planteado, absorbidos como están por la evidencia de una economía que se derrumba y en la pertinacia de un gobierno que hace del ultraneoliberalismo un culto, para usar una expresión que ha empezado a definir esa política.
En definitiva: dentro de la franja de carenciados del país se acepta que alrededor de la mitad de los niños de alrededor de doce años o menores está en situación de pobreza; esa condición se manifiesta, básicamente, en la falta de una alimentación adecuada, completa en nutrientes necesarios al ser humano, que en su reemplazo debe apelar a sucedáneos no del todo adecuados o, simplemente, prescindir de ellos. El ejemplo más elocuente puede ser la enorme disminución registrada en el consumo de leche, alimento esencial para los chicos de una amplia franja etaria.
Ahora bien, volviendo a la franja infantojuvenil, es aceptado que hay en la vida biológica de los niños un período en el que esos nutrientes son prácticamente imprescindibles para el desarrollo, no solamente físico sino también mental, propiciando una capacidad intelectual para los años de juventud, a aplicarse en estudio y/o labor. La conclusión es simple: en el momento en que se escriben estas líneas y que el lector las evalúa hay una grandísima cantidad de niños argentinos -que se cuenta en millones, seguramente- que por causa de la situación económica vigente no se están alimentando como su cuerpo, y muy especialmente su mente, lo requieren. Las consecuencias son fáciles de deducir: hay una generación, que comenzará a tener vigencia en diez, quince o veinte años más, que crece con la probabilidad de un menor desarrollo mental. Entiéndase bien: no se está hablando de una generación de subnormales, sino de seres con menor capacidad intelectual teórica que la que podrían haber tenido en otras condiciones.
Los ejemplos por otra parte sobran; para verificarlo basta observar las zonas más pobres de algunos países americanos o incluso de nuestra nación misma. La pregunta que se impone es consecuente de lo expresado: ¿son conscientes las autoridades del daño intelectual que están produciendo en esa enorme masa en la que laten posibilidades esenciales o están obnubiladas por el afán economicista? Si es así ¿cuál es el fin que se persigue? ¿la permanente vigencia de una elite no solamente económica sino también intelectual? Téngase en cuenta que las promesas gubernamentales que hablan de seguras mejoras en el lapso de semestres o años implican, al margen de la teoría, una permanencia de las condiciones desfavorables para la nutrición de esos niños y su posible deterioro intelectual. En ellos, los brotes verdes con los que tanto se ilusiona el gobierno, se marchitan mientras tanto a ojos vista.

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