Indices en picada y actitudes contrastantes

Ante un gobierno obstinado en negar la realidad y mentir sobre sus promesas electorales, son los indicadores socioeconómicos -día a día, mes a mes- quienes golpean con la contundencia de sus cifras, francamente alarmantes en algunos casos. Es que, al margen de algunos números relativos a la mejora de artículos suntuarios o al alcance de pocos, se advierte que los índices que sostienen la actividad y la vida de las clases sociales más desposeídas caen en picada.
Entre los bienes afectados están los productos lácteos, imprescindibles a la alimentación, y entre ellos particularmente la leche, base de toda la industria posterior. En los últimos días una de las mayores y más tradicionales firmas del rubro, surgida del impulso cooperativo, se ha visto al borde de la quiebra, obligada al cierre de plantas y consecuente despido o suspensión de obreros.
Se podría pensar que semejante situación efectivizaría el auxilio gubernamental pero, para sorpresa de muchos, nada de eso ha ocurrido. En una suerte de castigo (¿por ser cooperativistas?¿por haber negociado con Venezuela?), el gobierno ha ignorado el problema y dejado que se siga agravando. Esa actitud contrasta con las ayudas, manifiestas o encubiertas, que ha mantenido con empresas y monopolios transnacionales de diversa índole, ayudándolos financieramente y permitiéndoles aumentos desmedidos que recaen sobre los que menos poseen.
Por cierto que es en los foros periodísticos donde el tema se ha planteado con más dureza y en ellos los voceros oficiales se han prestado a la polémica con argumentos técnicos y estadísticos, políticos en definitiva. Pero lo que no parece contar en las razones del gobierno es el trasfondo humano del problema, la segunda y más importante conclusión que se desprende de la brutal disminución en el consumo de leche: que es un producto básico para la alimentación y el desarrollo infantil: un niño que no consume durante su infancia la debida cantidad de leche no tendrá el desarrollo físico y mental debido.
La afirmación es bien conocida por médicos, nutricionistas y, bastante a menudo, por maestros que advierten en su trabajo esa insuficiencia. Y aquí queda en evidencia el meollo de la cuestión, tremendamente inquietante para el futuro del país: más allá de los cuadros estadísticos, de los argumentos economicistas y de la concepción neoliberal de la economía, tal como se plantea actualmente: hay una generación de argentinos que está creciendo sin la alimentación debida.
La deducción es fácil y seguramente asomará dentro de algunos años en la Ley de los Grandes Números que manejan los estadísticos bajo la forma de adolescentes con algún grado de deterioro físico-intelectual. Después serán hombres que deberán portar esa anomalía.
El problema es claro y estremecedor y hace a la nacionalidad misma. La indiferencia gubernamental para con sus productores y protagonistas -que es, en definitiva, la misma que tiene para con la industria nacional- lleva a pensar si no tiene en el fondo un desprecio hacia los más desposeídos, hacia la “grasa militante” a la que aludiera un lamentable ministro de Economía anterior a los actuales.
Más allá de estas consideraciones, que son válidas e irrefutables, lo cierto es que los niños del otrora país de la carne y el trigo ni siquiera tienen actualmente la leche que merecen por su condición.