Irlanda y Argentina, calvarios paralelos

El Congreso argentino se dispone a debatir en el recinto la despenalización del aborto, con curioso “timing”, en vísperas del Mundial de fútbol. Casualmente o quizá no tanto, Irlanda acaba de votar para suprimir una cláusula constitucional que, otorgándole idénticos derechos al feto que a su madre, impedía legislar sobre el aborto en aquel país.

No tan distintos.
Hay más similitudes entre Argentina e Irlanda de las que pareciera. Dos países de cultura católica, con un fuerte historial de colonialismo y opresión, y con un particular genio literario, parecen jugar una danza de espejos desde sus respectivos y remotos sitios en el planeta.
Es cierto, Irlanda obtuvo su independencia más de cien años después (1922). También es cierto que la opresión sufrida de parte de Inglaterra ha sido infinitamente peor para los irlandeses, lo cual no impide que muchos argentinos compartan -especialmente después de Malvinas- un sentimiento muy parecido hacia todo lo británico.
Pero es notorio cómo, ambos países desde la periferia, comparten un fuerte orgullo nacional, lindante con la altivez. Y cómo, más allá de otras aficiones comunes -el fútbol entre ellas- ambos se destacan por haber dado a la literatura universal varios de sus escritores más talentosos y originales. Bien podría sostenerse que James Joyce y Jorge Luis Borges son los escritores más importantes del siglo XX, aunque Borges detestara el estilo de Joyce, y este último probablemente ignorara a su par argentino.

Derrotero.
En ambos se da, a lo largo del último siglo, un derrotero cultural similar, cuya nota principal es la progresiva pérdida de influencia de la Iglesia Católica en la vida social, proceso que se ha acentuado en las últimas décadas. También en Irlanda, como aquí, existe un fuerte repudio social a los numerosos casos de curas pedófilos, como el que acaba de derivar en una condena de 25 años de prisión en Paraná. Casos que, por decirlo suavemente, tuvieron un tratamiento poco expeditivo de parte del Vaticano.
En este juego de paralelismos, también durante la década de los años noventa la verde Irlanda fue presentada como una alumna modelo del neoliberalismo. El auge económico vivido en esos años, en buena medida gracias a la instalación de compañías tecnológicas al amparo de la legislación común europea, sirvió, entre otras cosas, para que la sociedad irlandesa restañara viejas heridas y superara la violencia política de los años sesenta y setenta.
Cuando estalló esa burbuja -lo que por aquí ocurrió al mismo tiempo, en 2001- los pobres irlandeses volvieron a pasar penurias y a soportar el desprecio de los países europeos centrales. Hasta los enviaron a un grupo de indeseables conocidos como “PIGS” (“cerdos” en inglés), palabra compuesta por las primeras letras de Portugal, Irlanda, Grecia y España (Spain en inglés).

Ultimo bastión.
Acaso no sea una coincidencia que tanto irlandeses como argentinos confluyan históricamente en este demorado asalto contra el último bastión simbólico de dominación católica: el vientre materno.
Allá como acá se impuso tardíamente en el siglo XX la posibilidad del divorcio vincular. Entrados en el nuevo milenio, los dos países han sido pioneros globales en propiciar el matrimonio gay: de hecho, los irlandeses tienen como primer ministro electo a un político joven y dinámico, que ha hecho pública su homosexualidad.
También en Irlanda el debate sobre el aborto ha provocado una fuerte grieta en la sociedad. El caso paradigmático para encender la polémica fue el de la dentista Savita Halappanavar, de origen indio y de 31 años de edad, quien en 2012 concurrió a un hospital de Galway con un caso grave de aborto espontáneo. Los médicos le aseguraron que el feto no sobreviviría, pero que mientras su corazón siguiera latiendo, por ley no podían practicarle el necesario legrado. La situación se prolongó tanto, que cuando finalmente se pudo intervenir, la paciente ya sufría una septicemia generalizada, que derivó en su muerte.
Los cientos de Savitas argentinas que mueren cada año no tienen un rostro visible. La hipocresía imperante así lo demanda. Y es que la respuesta oficial del establishment político -y de su ideóloga para estos menesteres, la Iglesia Católica- es que los pobres tienen que esperar para ser felices después de muertos. Las clases más acomodadas, en cambio, pueden acceder con no menos clandestinidad -pero con la impunidad que garantiza el dinero- a procedimientos médicos seguros. Y es que es un secreto a voces que el aborto es uno de los grandes negocios de la medicina privada, ya que su propia ilegalidad garantiza -como en el caso del narcotráfico- la total libertad en la fijación de precios por parte de los proveedores.

PETRONIO