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Justicia envenenada

Como una planta de frutos venenosos el escándalo de las extorsiones que involucra al fiscal Carlos Stornelli extiende sus ramas hasta rozar al cuestionado juez Claudio Bonadío, y hasta el mismísimo Poder Ejecutivo al incluir participaciones de figuras muy cercanas y operaciones de escuchas ilegales de la AFI. No solo abruma la cantidad de pruebas presentadas sino también la aparición de nuevos damnificados que aportan elementos que parecen incontrastables y evidencian un mayor número de víctimas.
Aunque los medios amigos del gobierno se embarcaron en una campaña de defensa de los implicados no se necesita mucha perspicacia para deducir el tamaño y peligrosidad de semejante aparato delincuencial. Para el caso valgan las insinuaciones y amenazas que se lanzaron sobre la primera de las víctimas, haciéndole saber que contaban con datos de sus familiares -esposa e hijos- y la conveniencia de no ponerlos en riesgo. Semejantes actitudes difícilmente puedan darse sin el concurso de personas y de estructuras vinculadas al poder.
El manejo de algunas vías de violencia no menores parece haberse corroborado en los últimos días, cuando uno de los hijos del primero de los denunciantes recibió inesperadas e inexplicables visitas en su casa que dejaron rastros sugestivos. Su padre, el empresario extorsionado, ya había dejado constancia por escrito de que siente temor por su integridad y la de su familia debido a que recibió varias amenazas de muerte. El ciudadano común frente a estos acontecimientos tenebrosos no pude menos que preguntarse hasta qué niveles llega la contaminación dentro del aparato judicial.

Limpiando el rebaño
El papado de Francisco viene provocando no pocas sorpresas. Su explícita visión crítica del neoliberalismo lo ha diferenciado de sus antecesores y ahora ha vuelto a llamar la atención con su reciente absolución al sacerdote y poeta Ernesto Cardenal, sancionado por el Papa anterior a causa de su militancia en el Frente Sandinista en tiempos de la revolución nicaragüense.
Otro tema que ha motivado decisiones enérgicas de Fancisco concierne a una cuestión que el Vaticano siempre encubrió o disimuló: la pederastia de los sacerdotes. La acción papal aparece como frontal y firme, al punto de enfrentar y sancionar a altísimas jerarquías eclesiásticas de las que se demostró su participación en «el pecado nefando», el cual es lisa y llanamente un delito. Atrás quedaron los muchos pedidos de perdón a las víctimas que, ante esta nueva política, han aparecido de a miles y en los lugares menos esperados. Australia, Chile, Irlanda y los Estados Unidos han visto duramente sancionados a los protagonistas de hechos aberrantes. El caso más resonante fue el reciente fallo de un tribunal eclesiástico que expulsó del sacerdocio a un encumbrado cardenal norteamericano.
Según se mire la actitud de Francisco puede aparecer como preventiva o justiciera, pero no se le puede negar valentía especialmente si se tiene en cuenta que su posición implica un duro enfrentamiento con la gran maquinaria vaticana, opositora en buena parte a su línea pastoral.