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La acumulación de errores y tensiones

Los problemas que presenta la ciudad de Santa Rosa son muchos y graves. No es una novedad pero por estos días quedaron casi todos ellos al descubierto como nunca antes. La desidia de varias administraciones que en las últimas décadas pasaron por San Martín 50 sin encarar las obras necesarias se está pagando caro y le está estallando en las manos al actual intendente.
Los desagües pluviales insuficientes o ausentes, las cloacas colapsadas, los barrios construidos en terrenos inundables, las tomas de tierras de los sin techo, las pérdidas de la red de agua potable, los grandes terrenos baldíos que entorpecen el desarrollo de la ciudad, la laguna Don Tomás con su complicado trasvase al Bajo Giuliani, el arbolado urbano arrasado por las motosierras, las veredas y su estado lamentable, ídem con el pavimento, el basural principal y los minibasurales de los barrios periféricos, el vencimiento de la concesión del servicio de colectivos… Y por si no bastara una pandemia virósica que trastocó la vida y la economía de la ciudad, como ocurrió en todo el país y el mundo, y puso en un segundo plano muchas de las prioridades anteriores a su estallido.
El intendente santarroseño es hoy el funcionario menos envidiado por la clase política local. Tiene en la puerta de su despacho tantos reclamos que debe ser difícil elegir por dónde empezar, pues todos ellos merecen atención urgente. Los inundados por el agua o los líquidos cloacales no pueden esperar más, y son muchos; los «ocupas» que viven bajo una chapa con bebés en brazos, tampoco. Ambos casos son producto de una doble herencia funesta. En el primer caso de un sistema de obras públicas que, en la ciudad y la provincia, ha sido calamitoso por décadas. Y en el segundo de un cuatrienio neoliberal que se olvidó del problema de la vivienda.
Ya pasó la hora del diagnóstico y, con el viento en contra y lloviendo con piedra, hay que atender la emergencia. El ritmo de las obras en la vía pública es alentador y, a pesar de las voces que dicen que solo se concentran en el centro, a simple vista se ve que no es así. El problema no está ahí sino en la magnitud del desastre que hace que la velocidad de los trabajos pareciera estar lejos de las soluciones inmediatas que tanta gente demanda.
Uno de los problemas más graves: el barrio Almafuerte, requiere una solución que excede a la municipalidad. En principio porque fue construido por un convenio entre la comuna y la provincia, y además porque una solución integral demandará, seguramente, su erradicación, una obra y un presupuesto que desborda las posibilidades financieras de la ciudad. La pésima ubicación de esas viviendas lo están pagando muy caro sus ocupantes, y al Estado le significará una doble carga para reparar tamaño error. Cualquier parecido con el acueducto del río Colorado o el Megaestadio o el SUM volteado por el viento en Ataliva Roca no es mera coincidencia.
Obligado por el principio de continuidad de los actos del Estado al actual intendente le toca poner la cara. Pero también demostrar que no llegó para persistir en la indolencia de sus antecesores, sino para producir el cambio que los santarroseños esperan con ansiedad y ya menos paciencia.