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La bandera wiphala es un símbolo patrio

GOLPE DE ESTADO EN BOLIVIA

El odio racista que embarga a los golpistas bolivianos se evidenció al pisotear la bandera wiphala, símbolo de los pueblos originarios. Por ello, desde El Alto y otras regiones que resisten el golpe y a la ilegítima presidenta Jeanine Áñez, resuena el grito: «La wiphala se respeta, carajo!».
IRINA SANTESTEBAN
El derechista Luis Fernando Camacho arrancó la bandera multicolor y la pisoteó, previo a su ingreso al Palacio del Quemado en La Paz, el domingo 10 de noviembre, cuando ya el presidente constitucional Evo Morales había renunciado presionado por las fuerzas policiales y el ejército. El nuevo Bolsonaro boliviano exclamó en ese momento: «Nunca más una Wiphala, ahora la Biblia ha ingresado al Palacio de Gobierno, ¡fuera la Pachamama!».

La Pachamama.
A pesar que invocan la Constitución a cada rato, poco conocen los golpistas de la Carta Magna del Estado Plurinacional de Bolivia, sancionada en 2009 a instancias del primer presidente indígena de América.
En el preámbulo se establece que Bolivia deja «en el pasado el Estado colonial, republicano y neoliberal» y que asume «el reto histórico de construir colectivamente el Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, que integra y articula los propósitos de avanzar hacia una Bolivia democrática, productiva, portadora e inspiradora de la paz, comprometida con el desarrollo integral y con la libre determinación de los pueblos».
La Asamblea Constituyente se reconoce como «el poder originario del pueblo» para la unidad e integridad del país. Y concluye diciendo: «Cumpliendo el mandato de nuestros pueblos, con la fortaleza de nuestra Pachamama y gracias a Dios, refundamos Bolivia. Honor y gloria a los mártires de la gesta constituyente y liberadora, que han hecho posible esta nueva historia».
Para Camacho y la autoproclamada presidenta Jeanine Añez, la Pachamama es «cosa de indios», y por eso, cual conquistadores del siglo XXI, el primero ingresó con la Biblia en la mano y la usurpadora levantó una de gran tamaño cuando salió al balcón el día de su ilegítima asunción.

Símbolo patrio.
En el artículo 5 de la Constitución de Bolivia, el Estado Plurinacional reconoce como símbolos «la bandera tricolor rojo, amarillo y verde; el himno boliviano; el escudo de armas; la wiphala; la escarapela; la flor de la kantuta y la flor del patujú».
Camacho debió haber sido detenido por no respetar estos símbolos, lo mismo aquellos militares que arrancaron de sus uniformes la insignia multicolor.
La bandera wiphala, de forma cuadrada, tiene 49 cuadros, 7 de cada lado, y sus colores rojo, naranja, amarillo, blanco, verde, azul y violeta, simbolizan cada uno diferentes aspectos en la cosmovisión de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos, reconocidos expresamente en el capítulo cuarto de la Constitución.
El ultraje no fue sólo contra esas comunidades indígenas, sino contra todo el pueblo boliviano, y por ello, un poco tarde, el propio Camacho apareció portando una wiphala al lado de Áñez en el balcón.
Hoy esta bandera se ha convertido en el símbolo de la resistencia al golpe de Estado, no sólo en Bolivia sino en muchas ciudades del mundo, donde crece el repudio popular al gobierno ilegítimo surgido del golpe cívico-militar-policial y el apoyo a la lucha del pueblo boliviano.
El lunes 18 en Buenos Aires, Córdoba, Salta y otras ciudades argentinas, miles de residentes de la comunidad boliviana, acompañados por argentinos, se expresaron contra la violenta represión de la policía y el ejército contra la población en el hermano país.

La pollera se respeta.
Además de un profundo racismo, los golpistas exhiben un gran desprecio por las mujeres «de polleras», vestimenta tradicional de las mujeres collas y de otras naciones indígenas. Antes del golpe, los grupos fascistas que exigían la renuncia de Evo Morales, ya habían atacado a algunas dirigentas, como la alcaldesa de Vinto, en Cochabamba, Patricia Arce, a quien arrancaron la pollera, le cortaron la trenza y la rociaron con pintura roja.
En las comunidades indígenas y campesinas, la pollera es un símbolo de identidad muy fuerte, que revela orgullo de esas mujeres reflejado en su vestimenta tradicional.
Por eso, además de la wiphala, en las movilizaciones se escucha el grito: «La pollera se respeta, carajo!».
La autoproclamada presidenta, en cambio, muy lejos de estas tradiciones, manifiesta un claro desprecio por los pueblos originarios, a quienes ha tratado peyorativamente en las redes sociales, aunque luego de su ilegítima asunción, borró esas alusiones.
Claro que la crítica no debe dirigirse a su vestimenta o el color de su tintura de pelo, sino a las políticas que está implementando, pues a pesar de haber asumido un «gobierno transitorio» y haberse comprometido a convocar a elecciones, en realidad está llevando a Bolivia por un camino muy diferente al que eligieron la mayoría de los ciudadanos en las últimas elecciones, el 20 de octubre pasado, cuando Evo Morales se impuso con el 47,63% de los votos.
En el campo diplomático, Áñez rompió relaciones con Cuba y Venezuela, retiró a Bolivia de la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA) y reconoció a otro que se autoproclama presidente, el venezolano Juan Guaidó.
Y lo más grave, ha desatado una salvaje represión contra las cada vez más numerosas manifestaciones contrarias a su gobierno, incluso pretendiendo «eximir de responsabilidad» a los militares que cometieran «excesos».
Sin embargo, ni ese decreto suyo ilegal, ni los más de treinta muertos y centenares de detenidos y heridos, han logrado que la comisionada de Derechos Humanos de la ONU, Michel Bachelet, condene a este gobierno ilegítimo, como sí lo hizo con el de Venezuela. Sólo ha emitido una tímida advertencia sobre el «uso indiscriminado y desproporcionado» de la fuerza.
No debería extrañar esa actitud de la ex presidenta de Chile, que tampoco se muestra activa por condenar la extrema violencia desplegada por los Carabineros en su país.