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La batalla cultural contra el otro virus

Mientras siguen muriendo en nuestra provincia cuatro o cinco personas por día por contraer Covid-19 -varias de ellas muy conocidas en el ámbito público por la actividad que supieron desplegar- algunos trabajadores de la salud se niegan a recibir la vacuna. La información que publicó este diario se refiere a enfermeros de Eduardo Castex, pero se sabe que en otros puntos de la provincia también sucede lo mismo.
Aunque constituyen una porción minoritaria entre quienes se desempeñan en la primera trinchera del combate a la pandemia en hospitales y otras instalaciones sanitarias, sorprende -y no para bien- esta reacción incomprensible en un personal capacitado que debería conocer más que el común de las personas acerca de los beneficios de la vacunación. Como habitantes de esta provincia y de este país recibieron todos ellos, cuando tenían edad escolar, las vacunas establecidas en el calendario oficial, que eran muchas y siguen siendo de aplicación obligatoria. Y no desconocen que gracias a las campañas masivas de vacunación fueron erradicadas -o reducidas sustancialmente- enfermedades graves que en otros tiempos acosaban a la humanidad, como hoy lo hace el Covid-19.
Esa falta de conciencia, y a la vez exceso de individualismo extremo, debería habilitar el debate en las autoridades provinciales y nacionales sobre la necesidad de reconsiderar el carácter no obligatorio de este plan de vacunación. La sociedad humana, en todo el planeta, entró en estado de emergencia. Todos los gobiernos del mundo pugnan por conseguir vacunas y los laboratorios no dan abasto ante tanta demanda. La eficacia de la vacuna que se está aplicando en Argentina acaba de ser ratificada por una publicación científica de insuperable prestigio internacional. Incluso otros laboratorios lo han reconocido y hasta el gobierno de Alemania impulsa ahora la importación de la Sputnik V ante la demora en las entregas de los laboratorios de la Unión Europea.
Tampoco desconocen los que se niegan a vacunarse que su propio trabajo los expone al contagio como a nadie. Y que esa eventualidad podría convertirlos en propagadores de la enfermedad en ámbitos familiares y sociales, poniendo en riesgo a muchas otras personas. Si ni siquiera esa consideración los hace recapacitar se está ante un grave problema.
Es evidente que la prédica tóxica de los grandes medios de confusión, que no han parado de divulgar noticias falsas y mentiras monumentales sobre la vacuna, han inoculado el virus de la desconfianza en una parte de la población. El propio ministro de Salud pampeano, entrevistado por este diario, no ocultó su indignación ante semejante irresponsabilidad mediática, e incluso mencionó el caso de los médicos que se prestan a esas maniobras de desinformación.
Por otra parte, no muy diferente fue la actitud de una docente santarroseña y su pareja que, a pesar de manifestar síntomas de Covid-19, continuaron visitando personas, comercios e instituciones con absoluta indiferencia por la salud de sus semejantes.
Queda claro que la batalla no es solo sanitaria contra el virus biológico, sino también cultural contra el del individualismo y la irracionalidad.