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La batalla de los huesos

DOMINICALES

Las gestiones del municipio de Dublin para repatriar los restos del escritor irlandés James Joyce, actualmente enterrado en Zurich, Suiza, prometen ser una de esas epopeyas macabras que los propios irlandeses, con su gracejo característico, ya han bautizado «La batalla de los huesos». No les faltan argumentos a ambas partes en la disputa, aunque deban hacer malabares para no caer en un episodio de comedia negra.

Dublin.
Aunque haya transitado casi toda su vida adulta como un exiliado voluntario, tomando residencia en Italia, Francia y distintas ciudades del Imperio Austro Húngaro, Joyce bien puede ser considerado la quintaesencia de lo irlandés. Su obra cumbre, «Ulises» contiene una descripción tan detallada de Dublin que su autor se vanagloriaba de que si la ciudad era destruida por alguna catástrofe, podría ser reconstruida ladrillo a ladrillo con sólo seguir la descripción de su novela. Su colección de cuentos más famosa -que algunos consideran incluso superior a la saga de Leopold Bloom- se titulaba, precisamente, «Dublinenses».
Si su obra lo desnuda como irlandés, no menos lo hacía su idiosincracia: los hábitos alcohólicos y la procacidad de Joyce eran cualquier cosa menos suizos, y mucho menos, de la frugal parte alemana.
Sin embargo, los suizos -y en particular, la fundación que lleva el nombre del escritor- se resisten con argumentos razonables. No hay ninguna evidencia de que el bueno de James quisiera volver en algún momento a su patria natal, cuya nacionalidad nunca adoptó pese a que se independizó en 1919. Por otra parte, en la tumba de Zurich hay otros tres cadáveres (de la esposa, hijo y nuera de Joyce) cuya suerte no se tiene muy en claro.
No sin cierta razón, se les recuerda a los irlandeses que en su momento prohibieron el «Ulises», no sólo por cargos de obscenidad -como ocurrió en varios otros países- sino también por su supuesto contenido anti patriótico.

Zurich.
Si esto fuera un partido de fútbol entre los sanguíneos irlandeses y los calculadores suizos, no sería muy diferente. Y probablemente terminaría cero a cero.
Lo que desde nuestra perspectiva resulta un tanto sórdido es el interés que mueve a los tiroleses por conservar esos huesos tan simbólicos. Y resulta que alrededor de la cuestión de los escritores extranjeros enterrados en el país, existe una pequeña industria turística nada desdeñable.
Cierto es que la tolerancia suiza -y acaso sus chocolates- sirvió de imán para que se establecieran allí muchos intelectuales perseguidos, que seguramente no se mudaron atraídos por el canto tirolés. Pero la lista de tumbas célebres llama mucho la atención: descansan en suelo suizo el ruso-americano Vladimir Nabokov, el inglés Graham Greene, los alemanes Herman Hesse y Thomas Mann, la norteamericana Patricia Highsmith, y desde luego, nuestro Jorge Luis Borges.
Los suizos, que algo saben de resguardar capitales, tienen bajo su suelo un porcentaje nada desdeñable de los grandes escritores del siglo XX. ¿Qué se proponen?

Buenos Aires.
Y a todo esto, ¿cuánto faltará para que la Reina del Plata inicie también su batalla por los huesos de Borges? Está claro que no le falta vocación por la extravagancia.
No falta quien pone en duda la voluntad de Jorge Luis por ser enterrado en Ginebra, aunque esa ciudad le resultara entrañable, principalmente, por haber sido su hogar durante la adolescencia. La intuía «la más propicia para la felicidad», aunque confesaba que allí experimentaba «la nostalgia de Buenos Aires» y que fue allí donde conoció la tentación del suicidio. En definitiva, le gustaba porque la ciudad «no es enfática».
Pero a esas cortas líneas perdidas habría que contraponerle lo mucho y bueno que escribió sobre la capital argentina, aunque confesara que «no nos une el amor, sino el espanto». De hecho, en el mismo libro donde refiere a Ginebra, un texto titulado «La Recoleta» da por cierto que será enterrado en ese cementerio, junto a sus padres y ancestros más lejanos.
A no dudarlo los porteños, que se cansaron de desmerecer a Borges por su supuesto talante extranjerizante, se prenderán a la batalla con no menos fervor que los irlandeses. Aunque más no sea, por practicar ese deporte universal que manda desconfiar de las viudas japonesas.
Va a ser una pena que Borges no esté presente para comentar, irónico, el episodio. Aunque quizá ya lo hizo, cuando escribió, refiriéndose a su propio cadáver, que aunque sus pelos y uñas insistan en seguir creciendo, «aquí no estaré yo, que seré parte del olvido, que es la tenue sustancia de que está hecho el universo».

PETRONIO