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La burbuja de las canciones

DOMINICALES

Con el reloj en cuenta regresiva hacia su cumpleaños número ochenta, Bob Dylan se las ingenia para seguir produciendo noticias extravagantes. En 2016 fue el Premio Nobel de Literatura, que le concedieron por su contribución a redefinir la canción popular, ante el espanto de la comunidad literaria «seria». El premiado se mantuvo en silencio durante unas semanas, para luego anunciar que aceptaría el premio; mejor dicho, el cheque, ya que nunca fue a la ceremonia de entrega, donde se esperaba que el otrora «portavoz de una generación» produjera un discurso memorable.

300.

El año pasado, en plena pandemia, había editado su primer disco de canciones originales en casi una década. Aunque «Rough and rowdy days» (tal el título del álbum) contenía artefactos que ya cuesta definir como canciones: largo soliloquios, a veces de más de veinte minutos, en los que el bardo de Minneapolis reflexiona, en una suerte de monólogo interior, sobre temas varios que van desde el asesinato de John Kennedy, hasta la importancia del tamaño en el miembro viril.
Pero la jugada que tenía preparada para fines del 2020 sorprendió a propios y extraños: por una módica suma de trescientos millones de dólares, el cantaautor le vendió la totalidad de su catálogo de canciones (unas seiscientas en total) a la Universal Music. Medio millón cada una, no está mal.
Si se toma en cuenta que cuando en 1962 firmó su primer contrato para la publicación de sus canciones Dylan había recibido un adelanto de cien dólares -suma que él, según cuenta en su autobiografía «Crónicas» encontró más que adecuada- bien se puede decir que en estos casi sesenta años su importancia, al menos en términos económicos, ha crecido de manera exponencial.

2020.

En realidad, si bien ésta esa la operación más grande que se tenga registrada en materia de compras de catálogos de canciones, no deja de representar una tendencia que se acentuó durante el año de la pandemia. Artistas como Neil Young o Barry Manilow también le han entregado sus tesoros a las grandes compañías discográficas, que a su vez han venido recaudando fondos, a estos fines, de distintos orígenes. Sobre todo, de fondos de inversión.
Una de las compañías más importantes en este nuevo «boom» de adquisiciones es la británica Hypgnosis, que participó en la compra de Dylan y también en la de las canciones de Shakira. Uno creería que esos dos nombres nunca se juntarían en la misma oración, pero el capitalismo lo hizo posible. Si las canciones tienen su propia personalidad, da para preguntarse cómo se llevarán, compartiendo el mismo anaquel, obras como «Masters of war» (Amos de la guerra) y «Hips don’t lie» (Las caderas no mienten).
Lo sorprendente no es enterarse de que la obra de Dylan siga teniendo tanta vigencia: lo nuevo aquí es que los fondos de inversión, esos monstruos sin rostro que administran dinero de inversores y de futuros jubilados (y a veces mandan países enteros a la quiebra), han decidido que el copyright de las canciones puede ser una buena alternativa al habitual menú de bonos públicos, acciones e inmuebles.
Es de suponerse que saben lo que hacen. En realidad, aunque nos parezca eterno, el género «canción» (como también el género «novela») no existe sino desde hace unos pocos siglos, y no hay garantías de que siempre perdurará. Al menos, nuevas formas musicales como el rap o el hip-hop parecerían ponerlo en duda. Al menos eso es lo que sugiere Caetano Veloso (otro próximo octogenario) cuando afirma: «hay demasiadas canciones en el mundo».

Papa.

Si es cierto que hay una religión creada alrededor de la obra de algunos artistas icónicos como el autor de «Like a Rolling Stone», también lo es que algunos de sus seguidores son más papistas que el Papa. Por supuesto que ya se escuchan los gritos plañideros de los fans, que se sienten traicionados de que su ídolo se haya «vendido».
Los músicos no se pueden dar el lujo de esas posturas principistas. La venta de discos ha caído estrepitosamente, y la experiencia de escuchar música pasa ahora por los sistemas de «streaming» como Spotify, que les pagan a los autores e intérpretes una verdadera miseria. Si a eso le sumamos que llevan casi un año sin poder actuar en público -su principal fuente de ingresos- no es raro que muchos estén pensando en cobrar de una vez ese maldito cheque, y que sean los grandes inversores quienes se las arreglen con las complejidades de este negocio de locos.
Lo que no espera es más de lo mismo, o sea, más capitalismo. Las canciones inmortales de Dylan comenzarán a aparecer en más películas, en más remeras, y, por supuesto, en más avisos comerciales. «Soplando en el viento» servirá para vender ventiladores; «Los tiempos están cambiando» nos convencerá de comprar relojes de lujo; y quizá también, en un futuro no muy lejano, «Tienes que servir a alguien» sea la música que acompañe a los esclavos del futuro mientras reman en algún galeón intergaláctico.

PETRONIO