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La cabina de Aldous Huxley

DOMINICALES

Sostiene Pereyra que ese jueves a la noche, tras una jornada trajinada de papeles y escritorios, aceptó gustoso la invitación a cenar de su amada. La comida fue frugal, la charla vivaz, el vino negro generoso, y el milagro repetido de compartir un trecho del camino le trajo recuerdos de sus sueños de infancia. Pasadas las once, ya limpia la vajilla y revisados los avatares del día, emprendió camino de retorno a su casa. Sostiene Pereyra que a esta altura de su vida no cree más en la convivencia, que la considera una experiencia embrutecedora, y que se siente afortunado de coincidir en este arreglo con su compañera, otra alma independiente.

Stop.

Sostiene Pereyra que en el camino a casa fue detenido en su marcha por dos jóvenes agentes de policía, «un masculino y un femenino» -como ellos gustan decir- quienes amablemente le preguntaron sobre el motivo de su circulación por la vía pública. Tanto los agentes como el propio Pereyra llevaban puestos sus barbijos reglamentarios y mantenían la distancia social requerida.
Pese a la cordialidad del trato, nuestro héroe no pudo evitar la sensación recurrente que lo acompaña en cada encuentro con la fuerza pública. Y es que, aunque nació y vivió toda su vida en la misma ciudad, el país de sus primeros años era uno muy distinto, una dictadura donde personas como él, dadas a la lectura y al cultivo de la independencia personal, estaban en constante y real peligro.
Al contestarles que se dirigía a reposar a su domicilio legal y real, tras un día de trabajo, los oficiales le inquirieron, siempre en voz calma y tranquilizadora, de dónde provenían sus pasos. A lo cual él -que además de la libertad, gusta de cultivar la verdad en todos los actos de su vida- les respondió sencillamente que venía de cenar con su pareja.

Danger.

Sostiene Pereyra que, aunque el tono no varió, el intercambio tuvo allí un giro preocupante. Porque al decirles que había leído el decreto vigente, y que consideraba estar habilitado a circular a esas horas, le contestaron que lo que venía de hacer no estaba autorizado, ya que se lo consideraba una «reunión social».
Él arguyó entonces que eran sólo dos personas, una pareja, una familia que simplemente vivía en dos casas en vez de una. Sólo un poco diferente de otras parejas, como tantas formas antes prohibidas y hoy aceptadas. A lo que le contestaron que, si no vivían en la misma casa, no podían reunirse, aclarando luego que se trataba simplemente de una recomendación, y que «somos personas grandes».
Confiesa él que entonces volvió a tener la rara experiencia de acumular varios sentimientos en el mismo momento, justo él, que le costaba lidiar con los sentimientos incluso cuando venían de a uno. Le dio cierto pudor que un par de veinteañeros le hicieran una «recomendación» sobre cómo organizar su vida privada. Y cierta rebeldía de tener que explicar ante extraños un sistema de creencias que le había llevado décadas construir y habitar con alguna comodidad.

Home.

Sostiene Pereyra que, por un momento, consideró necesario ilustrar a los jóvenes oficiales sobre algunas verdades de la vida, como por ejemplo la metáfora de Aldous Huxley sobre la familia tradicional, organizada como una cabina telefónica, donde todos se asfixiaban y donde no había espacio para el crecimiento individual de cada uno. Afortunadamente desistió de inmediato. No sólo era improbable que la mención de Huxley no los conmoviera: además era posible que no supieran lo que es una cabina telefónica, ellos que nacieron con un teléfono celular en la mano.
De modo que optó por callar y aceptar la invitación a seguir su camino. Era evidente que aquellos jóvenes no hacían otra cosa que cumplir órdenes superiores, y que lo estaban haciendo, además, al aire libre en una poco amigable noche de invierno.
Descubrió entonces que tampoco podía hacer mayores reproches a quienes habían emitido las órdenes que estaban ejecutando. Incluso el rebelde Pereyra tenía que admitir que, en una lucha sin cuartel que se libraba en el terreno microscópico de la biología, resultaba imposible contemplar en la normativa general todas y cada una de las particularidades culturales de los ciudadanos. Del mismo modo que al médico que extirpa un tumor le resulta imposible contemplar si su paciente prefiere en Picasso el período azul o el cubista.
Ya en la seguridad de sus familiares cuatro paredes, Pereyra se sintió más comprensivo con otros individualistas como él, pero que a diferencia suya, mantenían un estado de beligerancia y de rechazo a todas las normas provenientes del Estado. Pero también sintió una profunda sensación de soledad, de desacople, conjunta con un sentimiento de ternura hacia esos jóvenes que acababa de cruzarse y con los que no se había podido entender. Seguramente el virus no tenía esos problemas. Los sentimientos son complicados aún cuando vienen de a uno, le pareció a Pereyra.

PETRONIO
(Dedicado a Antonio Tabucchi).