La Caída

LA SEMANA PAMPEANA

I – El gobernador comprobó en la semana la vigencia de la parábola de la rana y el alacrán. Como el anuro picado por el ponzoñoso insecto al que cargó a hombros para cruzar el río, Verna sostuvo a su ex ministro de Seguridad pese a que todas las opiniones de su entorno aconsejaban tomar distancia con un sujeto condenado por abuso de poder e inhabilitado. Sobre el fin de semana, y luego que el STJ le cerrara la última puerta en la justicia provincial para seguir evadiendo la condena de inhabilitación que pesaba sobre el ministro, el gobernador le pidió la renuncia.

II – No obstante, y desagradecido como el traicionero artrópodo, el ex ministro se negó a poner su dimisión a disposición de quien lo había nombrado y en nombre de quien ejerció una cuota de poder cedida por el gobernador electo. Es posible que el gobernador no se haya sorprendido con esa actitud desleal de su ex colaborador. (A la postre, que se haya visto obligado a echarlo le jugó a favor y fortaleció ante propios y extraños su poder de decisión en los asuntos de gobierno ratificando de paso quién es el que manda y quienes los que deben seguir sus órdenes).

III – “Está en mi naturaleza” alcanzó a escuchar la rana del cuento antes de hundirse envenenada en las aguas arrastrando con él a su indeseable pasajero. El gobernador tuvo más suerte porque, es posible, pese a cargar años con semejante bicho a sus espaldas, nunca desconoció la “naturaleza” ponzoñosa de su ex colaborador. Más aún, la decisión de echarlo la tomó no solo porque la situación judicial del ex funcionario era insostenible -y mantenerlo era resentir gravemente el equilibrio de poderes en La Pampa–, sino además porque en su paroxismo, el ex ministro puso en entredicho la autoridad del jefe de policía, de larga y directa relación con el gobernador. El ministro ahora eyectado puso a prueba la paciencia de Verna al intentar evadir una sanción que la FIA pidió contra un policía que oficiaba como su guardaespaldas. Al hacerlo pasó por arriba la autoridad del jefe que lo había sancionado.

IV – No es un dato menor que la sanción de la que defendía el echado a su ladero se originaba en la misma actitud por la que él mismo está inhabilitado por la justicia: abuso de poder. Como si fueran cómplices de correrías en vez de funcionarios públicos, el ex ministro intentó eximir a su guardaespaldas de la responsabilidad que le cabía por abusar de su poder. Por suerte para la policía pampeana y para los pampeanos, ni la justicia se lo permitió al ex ministro, ni el gobernador lo convalidó con el guardaespaldas. Y así, ministro y guardaespaldas terminaron teniendo que enfrentar las consecuencias de sus acciones ilegales: uno por aprobar ordenanzas ilegalmente, el otro por secuestrar motos al margen del derecho.

V – ¿Es casualidad que el gobernador haya nombrado en su lugar a un intendente? Tal vez sí, tal vez no. Los jefes comunales de la provincia fueron uno de los tantos actores políticos maltratados por el autoritarismo del eyectado funcionario. Y no pocos de ellos habían manifestado sus quejas ante el mandatario por el papel de provocación permanente que el echado tenía en operativos nocturnos o de tránsito en los pueblos pasando por encima de la autoridad electa comunal. El último episodio fue un escándalo, una provocación rayana en la vesanía. El ex ministro y su guardaespaldas, como si fueran una fuerza de ocupación, montaron un operativo en Macachín con la excusa de hacer controles de tránsito, un área de competencia primigenia municipal. Lo hicieron no solo sin informar al intendente, sino llegando al extremo de secuestrar un vehículo municipal por una inexistente infracción menor. La queja del intendente al gobernador seguramente sedimentó en el ánimo del mandatario junto a otras muchas.

VI – El ex ministro es devuelto así al leprosario político por la misma mano de quien fue el único que lo rescató de ese lugar en el que se hundió como producto de sus propios desmadres. Acostumbrado a medrar en las necesidades electorales de su partido, carroñero de elecciones, volvió fugazmente a los primeros planos de la política pretendiendo ignorar que lo hacía, no por sus méritos, sino por decisión política de quien lo sostenía allí. Cargado de viejos odios, portador del virus de la intolerancia y con la violación de los derechos humanos como política, su peor error fue creerse su propia mentira. (LVS)