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La calle, el palacio, el Congreso, Alberto y el Fondo Monetario

LA SEMANA POLITICA

En la semana se vieron diferentes rostros de la Argentina, que retoma la campaña electoral. Mauricio Macri ya no tiene municiones. Y Alberto sigue a la caza de votos sin hacerle asco a nada, incluso a los que dan mucho asco.
SERGIO ORTIZ
El sector de trabajadores formales encuadrado en gremios en general no está en la calle con sus banderas y consignas. No es que le falten motivos para protestar, teniendo en cuenta la inflación y que el sueldo promedio es de 16.000 pesos mensuales, la mitad de lo que marca la Canasta Básica Total. Sin embargo, la contención de la mayoría de los capitostes de los principales sindicatos y del Consejo Directivo de la CGT, incluso de varios que han tenido una actitud más combativa, por caso el moyanismo, ha aconsejado a los afiliados a ir por la vereda de la diplomacia y no por el medio de la calle.
En la vereda puedes chocarte con otra persona o con un cartel bajo de un negocio, o pisar mal una baldosa. En cambio en la calle, si manifiestas te puede partir la cabeza el palo de un policía, como les ocurrió a algunos manifestantes en el acampe del miércoles y jueves, o peor aún, te puede llevar por delante un auto de un vocero macrista aparentemente ebrio y matarte, como le ocurrió a Cinthia Choque, o mandarte a terapia intensiva, como a Santiago Siciliano, ambos agentes de tránsito.
Esta última tragedia destapó otra cloaca macrista: 18.000 agentes de tránsito, el 80 por ciento de esos empleados, están precarizados, sin aguinaldo ni seguro médico.
Decididamente la calle es un lugar peligroso, pero no tanto porque te roben un celular, cosa que ocurre a menudo. Con la acusación de que sos un vago, te van a estigmatizar y también a reprimir sin reparar siquiera en que estás allí muerto de frío con tus hijos pequeños reclamando que Carolina Stanley conceda un aumento en las partidas para comedores, en el monto de los planes y amplíe el número de éstos.
La precaria situación de esos empleados de tránsito puso una nota desaprobatoria a Horacio Rodríguez Larreta. No quiere decir que Matías Lammens vaya a derrotarlo; eso es muy difícil, pero no imposible por el impacto de cosas como aquellas. Eugenio Veppo se llevó puestos a un hombre y una mujer; el gobierno del PRO lo hizo con muchos miles y tampoco paró para auxiliarlos.
Los desocupados y desocupadas son hoy el eslabón más débil de toda la cadena social. Allí están los 15 millones de pobres y los 3.6 millones de indigentes, precisamente el sector donde pega fuerte el hambre. Hay hambre en el país que produce alimentos para 400 millones de personas. Esto lo niegan muy pocos dirigentes, fuera de Patricia Bullrich y Miguel Angel Pichetto. El casi ignoto secretario de Cultura, Pablo Avelluto, quiso tapar el sol con las manos asegurando que «la situación de pobreza no significa que haya hambre».
Quienes tienen hambre no se dejan intimidar por los despliegues represivos de la policía, ni la estigmatización de una parte de la sociedad (paradojalmente muchos de ellos son pobres) ni por los tirones de orejas de Alberto Fernández, quien les reclamó que dejen las calles.

El palacio.
Que me disculpe Miguel Bonasso por parafrasear parcialmente el título de su libro «El palacio y la calle» referido a la crisis de 2001. Quizás sea por la escasez de vocabulario de quien escribe, pero también por las semejanzas de esa crisis terminal con ésta, que cruje por los cuatro costados.
En el Palacio, o sea la Casa Rosada, hay mucho temor político por lo que está incubándose a nivel social y que se expresó en fuerte repudio en las urnas. Eso explica su novedosa respuesta frente a los acampes: por un lado mandó la policía a reprimir y detener, pero por otro lado aceptó el convite del Frente de Todos para consensuar un proyecto de emergencia alimentaria.
Con la mediación de Emilio Monzó en Diputados, Mario Negri de Cambiemos y Agustín Rossi del kirchnerismo y sus aliados, llegaron a esos acuerdos para dar media sanción a un proyecto que prolonga lo dispuesto por decreto en 2002 y permite aumentar partidas alimentarias hasta un 50 por ciento en el curso de este año. En ese lapso implicará un mayor «gasto» de algo más de 10.000 millones de pesos. Una bicoca en comparación con las ganancias de los bancos privados, que en junio pasado fueron de 19.224 millones de pesos.
Al retirarse del acampe en la 9 de julio y en el Congreso, los desocupados advirtieron: si no hay auxilio inmediato, volveremos a acampar 72 horas.
Ese mensaje debe haber aumentado la intranquilidad del Palacio, aunque no más como las noticias que le llegan de Washington. El vocero del FMI, Gerry Rice, no dijo si la entidad hará el sexto desembolso del crédito, por 5.400 millones de dólares. Eso pone los pelos de punta a Mauricio Macri y su círculo de Olivos, incluso a aliados y exfuncionarios que han tomado distancia, como Carlos Melconián y Federico Sturzenegger.
El macrismo ha implorado al FMI que le gire ese dinero, pero éste se hizo el otario. Sabe que, como hasta ahora, esos ingresos van a tratar de contener el precio del dólar, terminan en manos privadas y se dan luego a la fuga. Por otro lado, y esto es lo principal, en Washington estiman que el ciclo de Macri ha terminado. Está out. Y no van a dar más dinero a Argentina sin antes negociar de tú a tú con el nuevo gobierno, que estiman será encabezado por Alberto Fernández.
Macri irá a Nueva York para la Asamblea General de la ONU, donde volverá a succionar los calcetines de la administración Trump. Sin embargo, no le darán billetes pese a su énfasis en defender su inserción en el mundo bajo el ala del imperio, el haber abierto la economía de par en par para los capitales especulativos, atacar a Venezuela con más énfasis que el Comando Sur y declarar a Hezbollah organización «terrorista» (algo que la ONU no hizo). Lo más probable es que reciba algunas palmadas y palabras de ocasión, pero no plata. El Fondo es imperialista, pero no estúpido.

Alberto.
Alberto Fernández ya no es más el político hábil para la maniobra y sumatorias, pero sin capital propio, votos, que era hasta el 18 de mayo que Cristina lo ungió como su candidato.
En estos cuatro meses, de campaña hacia las PASO y con la amplia victoria de agosto, el hombre ha crecido políticamente. Algunos observadores, sobre todo del campo propio, lo ven alto, casi como un lungo del team argentino que hoy está disputando la final del Mundial de Básquetbol en China.
Ni tanto ni tan poco. El presidenciable ha crecido por sus méritos y por el apoyo brindado por la dueña de la mayor cantidad de votos peronistas, Cristina casi se automarginó de la campaña, ocupando un andarivel menor y limitándose a la presentación de su libro en determinadas ciudades, no en todas las grandes.
En rigor el mayor empuje a la figura de AF la dio la crisis económica y social, o sea el desastre generado por el gobierno de Macri, que le dejó servida en bandeja la oportunidad para que la oposición creciera y ganara fuerzas hasta convertirse en nuevo gobierno. La duda giró en un tema menor: las fechas de elecciones y de asunción, porque el nivel de crisis demandaba un adelantamiento de los plazos. No lo quisieron Macri ni Fernández, y la plaza se calmó un poco, aunque con inflación de 4 por ciento en agosto. Como sea, ahora luce como que el calendario será el previsto legalmente.
Con la victoria casi asegurada, Alberto ha ido mostrando más abiertamente su juego, que está casi todo expuesto. Lo único que aún no se sabe con certeza es su gabinete, tema donde habrá tires y aflojes poco conocidos, y aún no esté definido. Sí se sabe que lo definirá él y no Cristina, que era el temor de la derecha y los sectores de las clases dominantes que le reabrieron el crédito al presidenciable, pero se lo mantienen cortado a su candidata a vice.
La duda de ese establishment fue y es es cuán independiente será Alberto de Cristina. Y esa campaña de presión le viene bien al primero, para dar más señales que quien mandará será él. Muchos K tragan saliva. No les debe gustar ese ninguneo de la jefa, pero dicen entenderlo por razones electorales y por ahora guardan silencio.
Aquella es la duda de Clarín, la UIA, la embajada de Estados Unidos, la Mesa de Enlace y el resto del partido monopolista que supo vestirse de amarillo y ahora prueba otros colores de pilchas.
La duda en el campo popular es la opuesta: ¿Alberto será independiente de aquellos poderes fácticos y mediáticos? ¿Querrá gobernar a favor del pueblo y los que menos tienen?
Que el hombre es mucho mejor que Macri, no hay duda y por eso se lo va a votar. ¿Aportará soluciones a la crisis del capitalismo dependiente? Ahí aparecen las dudas.
Se lo ve reunirse y manifestar sus coincidencias con Héctor Magnetto, la Suciedad Rural, Marcos Galperín de Mercado Libre y Miguel Acevedo de la UIA y AGD. Lo escucha alegrarse de hablar en el embajador norteamericano Edward Prado, con quien se reunirá en estos días. Etcétera.
Esas no son buenas señales. Menos aún lo son sus declaraciones desde Tucumán llamando a abandonar las calles a quienes acampaban, reprimidos. Fue al revés. Por quedarse allí lograron la media sanción del proyecto de emergencia. Alberto ya se siente en el Palacio y empieza a no entender el valor de quienes siguen en la calle.