La cantidad impresiona y no es lo único a estimar

Señor Director:
La Casa del Encuentro ha dado a conocer la estimación anual que realiza su Observatorio de Femicidios con respecto al año 2015.
Dice que el año pasado fueron asesinadas 256 mujeres en casos de femicidio.
Hay otros datos: que 214 niños quedaron sin madre por esos hechos, que la mayoría de las víctimas tenía entre 19 y 50 años, pero también muchas otras estaban entre los 13 y 18 años de edad. Lo más impactante es que hubo víctimas cuyas edades oscilaban entre 0 (cero) y 12 años. Los medios utilizados para matar fueron variados: 70 murieron baleadas, 54 apuñaladas, 44 murieron por golpes, 21 incineradas y 20 estranguladas. Hay datos sobre edades de los asesinos y su relación con las víctimas.
Conviene tener presente que dicho Observatorio elabora su informe a partir de los casos que llegan al conocimiento público por los medios de información. Esto permite presumir que el número real de víctimas puede haber sido superior, tanto en las ciudades como en los lugares apartados del país. Con todo, el informe es valioso y sirve adecuadamente a la necesidad de que quien quiera informarse pueda tener elementos suficientes para elaborar su modo de entender este tipo de sucesos.
Es cierto que los varones también se matan entre sí y que siempre hay algún caso en el que se invierten los papeles y es la mujer quien mata. Estos hechos son expresión de otro problema, más antiguo. Es cierto, igualmente, que en las guerras mueren más personas y que ahora hasta se da el caso de que la mujer tiene creciente presencia en las fuerzas militarizadas, con la posibilidad de matar. El tema de la muerte está indisolublemente ligado con nuestra especie, incluso porque es la que no termina de aceptarse como mortal y ha incurrido en más de una manera de buscar o imaginar la inmortalidad.
A esta etapa de la historia que nos tiene como protagonistas le interesan los casos ahora llamados femicidios y cuantos incluyen intentos de abusos sexuales o abusos consumados (violaciones) porque se ha terminado por entender que en el curso del proceso histórico (contemporáneo de la humanización) la mujer, es decir la mitad de la especie, ha quedado relegada en el ejercicio de sus derechos y que la sociedad ha llegado al punto de comprender que debe superar los rasgos patriarcales que han predominado. Estamos ahora tratando de asimilar que la integridad sexual es un derecho individual, un derecho de todos los miembros de la especie humana y que, por lo tanto, la violación o el intento de violar se configuran como un acto criminal, un hecho contra la libertad del otro, que debe ser evitado o sancionado si se produce.
Los femicidios han alcanzado resonancia como un efecto del avance en el proceso de humanización de nuestra especie. Hemos llegado a un punto en que reconocemos como esencial que todo ser humano posee un derecho elemental a la libertad y que eso es lo que nos hace iguales y, al mismo tiempo, nos señala el camino de la fraternidad, tres condiciones insoslayables de la humanización. He creído necesario insistir en razonar acerca de estos conceptos porque el problema que estamos considerando no se entiende fuera del contexto que generan esos derechos. Ellos condicionan nuestra conducta y se puede decir que nos humanizamos en la medida en que nos aceptamos libres e iguales y que a partir de ahí buscamos fraternizar para hacer posible la convivencia.
Si la mujer puede ser abusada, si el niño o el débil mental son abusados, estamos destruyendo su derecho a la integridad sexual, algo que el abusador no querría para sí mismo. Y si los que entienden y hasta presumen ser defensores de todo el alcance de los derechos humanos para su conducta privada o pública, se hacen los desentendidos o subordinan los casos de abuso o acoso a conveniencias circunstanciales, operan como enemigos de la humanización. Realizan una jerarquización errónea de los valores en juego.
Atentamente:
Jotavé