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La carrera de los insólitos

DOMINICALES

Sobre el final de la película «Dr. Insólito» (1964), el personaje que interpreta Peter Sellers se eyecta de un avión en vuelo sobre Groenlandia, montado sobre una bomba atómica a la manera de un cowboy de rodeo domando a un toro salvaje. Donald Trump no tiene la gracia del gran cómico inglés, ni su capacidad de ironía. Pero con su periplo de esta semana casi consigue igualar la básica estupidez de aquella escena de película.

Inmueble.
Se sabe que Trump es, en el fondo, un agente inmobiliario disfrazado de presidente. Por eso no extrañó demasiado que, en un momento de deshojar margaritas, manifestara que «sería lindo» comprarle la isla de Groenlandia a Dinamarca. Cuando la primer ministra danesa preguntó si estaba bromeando, el Pato Donald se enfurruñó y suspendió una visita de estado a Copenhage, dejando plantada a la reina Margarita, pobre, con lo simpática que es.
No es que Trump se equivoque sobre la importancia estratégica de Groenlandia, que no sólo está a medio camino entre EE.UU. y Europa, sino que además, desde que el calentamiento global la está descongelando rápidamente, ha comenzado a revelar una formidable riqueza mineral.
No se le puede negar tampoco que esto de comprar territorios es una tradición norteamericana. Empezando por la isla de Manhattan, que según el mito les fue adquirida a los indios locales en la bonita suma de veinticuatro dólares. Ya en la primera mitad del siglo XIX le compraron Louisiana a los franceses, para expandir las tierras de cultivo algodonero: lo hicieron con un crédito de nuestros amigos de la Baring Brothers, que se garantizó con una hipoteca sobre las tierras y los esclavos que laboraban en ellas. Después le compraron Alaska a los rusos, un negocio que probablemente hoy no sería muy viable que digamos.

El problema es que la idea de la compra atrasa un poco, digamos, al menos unos ciento cincuenta años. Desde fines de la Segunda Guerra Mundial y del colonialismo como sistema de explotación internacional, la propiedad o posesión de la tierra ha dejado de ser determinante para el predominio internacional. El acceso a los bienes estratégicos se construye hoy en base a alianzas diplomáticas (esas que Trump se encarga de destruir todo el tiempo) y también de poderío militar. De hecho, EE.UU. tiene una base militar en Groenlandia, una de las más de 500 desperdigadas por todo el mundo. Alguien en el Pentágono debería avisarle.

Coprofagia.
Seguramente molesto por el protagonismo de su émulo del Norte, el presidente brasileño salió a la palestra esta semana con una propuesta realmente genial. Súbitamente preocupado por la ecología, sugirió que se podría reducir la contaminación si todo el mundo comiera menos, con lo cual se produciría, necesariamente, menor cantidad de popó.
Le faltó decir que de paso se aliviaría en parte el problema del hambre, ya que todo el mundo andaría hambriento, y no sólo los millones de conciudadanos suyos que, gracias a sus políticas económicas (y las de su predecesor «Fora» Temer) han vuelto a caer en la indigencia.
Tal parece que la materia fecal ocupa un lugar importante en los pensamientos de Bolsonaro. Hay quien sugiere que esta tendencia se habría iniciado cuando, mientras andaba de campaña, cargaba una bolsa de colostomía. Pero en esta columna jamás repetiríamos una maldad semejante.

Pulmones.
Pero la vida es cualquier cosa menos justa. En la misma semana que el sargento Bolsonaro estaba a punto de consagrarse con su contribución al medio ambiente, vienen a desatarse estos incendios en la cuenca amazónica, que se ven desde los satélites, y -peor aún- amenazan con llenar de humo a la propia capital argentina.
De pronto a los europeos se les dio por preocuparse por «nuestros pulmones», olvidando que la selva del Amazonas, para la derecha brasileña, no sólo es una propiedad exclusiva, sino que además es una molestia en el impulso creativo de sus ganaderos y sojeros, que este año han producido una deforestación récord, a no dudarlo relacionada con los incendios.
Es claro que a los europeos -que tienen el olfato entrenado para reconocer fascistas- no les gusta mucho Bolsonaro. Y menos que éste los trate de «colonialistas» cuando no hacen más que recordarle sus compromisos internacionales en materia de preservación ambiental. Dicho sea de paso, con estas actitudes el brasileño está poniendo en riesgo el acuerdo Mercosur-Unión Europea que tanto entusiasmara al presidente argentino antes de reencontrarse con su destino sudamericano hace dos semanas atrás.
Mientras tanto, nuestra casa, el planeta tierra, se sigue degradando. Groenlandia se derrite. El Amazonas está en llamas. Y mientras «los mercados» nos sigan imponiendo estos ridículos tiranos como gobernantes, nuestras perspectivas de sobrevivir como especie se van acercando cada vez más a las del pájaro Dodo.

PETRONIO