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La ciencia después de la noche macrista

Para cualquier país que pretenda alcanzar un nivel de desarrollo económico y calidad de vida aceptables la ciencia resulta una actividad imprescindible, más allá de la magnitud y etapas que haya alcanzado. Sin caer en la autocomplacencia bien podría decirse que el nivel de la ciencia argentina siempre fue respetado y respetable; no en vano es el único país de América Latina que generó tres premios Nobel en ciencias y siempre estuvo atento a la investigación en todas sus áreas. También es sabido que los científicos argentinos son bienvenidos en cualquier país técnicamente adelantado.
Lamentablemente ese panorama de bien ganado prestigio tuvo tres interrupciones, coincidentes todas ellas con la instalación de gobiernos neoliberales: la última dictadura militar, los doce años de Manem y De la Rúa y, por último, el olvidable cuatrienio de Mauricio Macri.
La reciente experiencia macrista, que basó su programa económico esencialmente en la especulación financiera, despreció la actividad científica como pocos. El abandono del exitoso programa satelital, la devaluación del ministerio pertinente a secretaría, el deterioro del Conicet, la suspensión de las centrales nucleares son hechos concretos que desnudaron claramente la actitud del macrismo frente al desarrollo científico del país. Además, y no es un dato menor, durante el macrismo volvió a producirse la sangría de científicos argentinos hacia el exterior, atraídos por mejores y más respetadas condiciones de trabajo ante la indiferencia de instituciones y funcionarios argentinos.
De ahí que el manifiesto de apoyo al nuevo gobierno -firmado por casi nueve mil científicos del país y del exterior- se constituya en un aval explícito de la comunidad para con el gobierno del Frente de Todos. El nuevo presidente, previendo el ataque de la prensa ayer oficialista y hoy opositora, sobre los gastos que originaría esa política señaló que, frente a los desembolsos que implican los intereses de las Leliq, el gasto en ciencia y educación es insignificante. Y añadió: «Vivimos en un mundo donde la riqueza de un país está dada por su conocimiento. Invertir en conocimiento no es un gasto, es la mejor inversión».
Consecuente con esa frase el reimplantado Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación anticipa que financiará la investigación, proveerá infraestructura, promoviendo -tarea imprescindible- el vínculo armónico entre los sistemas académico y productivo, una forma de ejercer la ciencia aplicada que tanto necesita el país.
Un detalle que genera confianza y que no ha pasado inadvertido es la consulta y el nombramiento de figuras de relieve científico por parte del gobierno y sus consultores. Son personas que han construido su prestigio en base a investigación, no a relaciones políticas. Varios de ellos debieron abandonar el país ante la indiferente oficial del pasado gobierno y perfeccionaron lo suyo en reconocidas instituciones extranjeras que les ofrecieron quedarse y proseguir allí sus carreras; pudo más la fe en el país lejano y de allí que regresaran a enfrentar el desafío de reparar uno más de los desastres que dejó el macrismo a su paso.