miércoles, 19 febrero 2020
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La ciencia maltratada

I. El 50º aniversario del lanzamiento del «primer astronauta argentino», el monito Juan, abre la posibilidad, además de la celebración, de preguntarnos por qué la ciencia argentina, cuando ha incursionado -y siempre exitosamente- en los campos en que trabajan los países más avanzados, nunca pudo alcanzar el dorado sueño de consolidar un desarrollo propio. Ciertamente que los progresos nacionales debieron ser inquietantes para las potencias globales, como que la Argentina fue el cuarto país en el mundo en lanzar un animal al espacio y traerlo vivo.
Acaso el más lejano antecedente en la materia sea el del avión a reacción Pulqui II, fabricado en los años cincuenta del siglo pasado cuyo proyecto, pese a existir una oferta de un país europeo para un desarrollo conjunto, fue abandonado al llegar el golpe militar que derrocó a Perón, de cuño liberal y alineaado con EEUU. De aquel avión bien puede decirse que era hermano gemelo de los famosos MIG rusos.
Otro ejemplo de esta trayectoria vacilante fue el freno al desarrollo de los misiles por parte de nuestro país. En 1946, una fecha temprana y en simultáneo con las grandes potencias, comenzó a funcionar en El Chamical, La Rioja, una base de lanzamiento de cohetes. Incluso se llegó a poner en marcha la famosa serie Cóndor, con sorprendentes resultados. Pero más tarde el desarrollo de vehículos autopropulsados se redujo hasta dejar la base reducida a un mero destacamento. Esa degradación operativa y técnica, ocurrida durante el lamentable gobierno de Carlos Menem, tuvo mucho que ver con la influencia norteamericana, que bloqueó el desarrollo de un cohete que tenía muy buenas perspectivas de ser comercializado en el exterior. Ese bloqueo estuvo estimulado por los británicos que no querían -ni quieren- saber nada de un país con misiles que desde el continente alcancen las islas Malvinas.

II. Este marco, potenciado con la aplicación de las recetas neoliberales, afectó también el desarrollo de la tecnología satelital que le había permitido al país elaborar sus propios equipos para que fueran colocados en el espacio y se aprovecharan las frecuencias de transmisión de datos distribuidas por acuerdo con la Unión Internacional de Comunicaciones. La banda adjudicada a nuestro país estaba a punto de perderse por falta de ocupación y era reclamada -no por casualidad- por el Reino Unido.
Durante el intervalo del kirchnerismo se estimuló la participación del Estado Nacional que, a través de la entidad oficial ARSAT, logró en escaso tiempo pasar ser uno de los ocho países del mundo con capacidad de fabricar sus propios satélites con tecnología de alta calidad. Todo un estorbo para los planes de EEUU de subordinar económica y tecnológicamente a nuestro subcontinente.
Pero la tercera ola neoliberal llegó de la mano del macrismo y volvió el retroceso. Despidos masivos, hachazos presupuestarios y la decisión de contratar servicios satelitales extranjeros (con altos costos de alquiler, desde luego) volvieron a bloquear los avances y así se interrumpió el desarrollo y construcción del ARSAT 3.
Vale la pena -y es triste- destacar que en paralelo con tanta inestabilidad y maltrato al personal científico tuvo lugar una fenomenal sangría de profesionales argentinos, de la que el país nunca terminó de reponerse completamente. Los que se marcharon ya formados en sus especialidades fueron el mejor reconocimiento internacional a la ciencia argentina.

III. Es fácil advertir, entonces, que aquel vuelo del monito Juan fue mucho más que una anécdota. Pudo haber sido el inicio de una industria aeroespacial que hubiera puesto a la Argentina a la par de las naciones más desarrolladas, reconfigurando un escenario geopolítico con su protagonismo. No se dio porque hubo presiones externas pero también sectores internos que claudicaron ante intereses ajenos al país.
Es de aguardar que en esta nueva etapa lleguen cambios positivos que se consoliden en el tiempo.