¿La clase media muerde la mano que le dio de comer?

¿EL EXITO DEL PROGRESISMO ES SU SEPULTURERO?

Las nuevas clases medias que supimos conseguir necesitan otros discursos que planteen nuevos objetivos, para satisfacer sus nuevas aspiraciones en esta sociedad diferente sin abandonar las políticas igualitaristas.
GUILLERMO OGLIETTI*
Los gobiernos progresistas de nuestra región no terminan de entender la clase media y esto es uno de los determinantes de algunos fracasos electorales recientes. Llegaron al poder en la década pasada, apoyándose en un discurso igualitario que caló hondo en la tierra arrasada que dejaron las políticas neoliberales y las crisis que desencadenaron en toda América Latina durante los ’90. Estos nuevos gobiernos fueron consecuentes con su discurso igualitario y durante la década ganada lograron sacar de la pobreza a más de 90 millones de ciudadanos que pasaron a enrolar el ejército de esta clase media incomprendida. Así, la clase media engordó con estos nuevos ascensos y el de los jóvenes que tuvieron la fortuna de nacer en esta clase media sin haber padecido las penurias que sufrieron sus padres.
Este cambio en la estructura de clases transformó las expectativas y aspiraciones materiales de millones de ciudadanos, sin embargo, el discurso de los gobiernos que lograron este ascenso social se modificó muy poco a lo largo de esta década. Para decirlo claramente, el progresismo le sigue dirigiendo la palabra a un interlocutor que ya no existe, que se mudó de clase, y ahora quiere escuchar otras cosas. Una consecuencia de dormirse en los laureles del discurso inicial que permitió los triunfos en la década pasada, son los resultados electorales adversos en Argentina, Bolivia y Venezuela y la
pérdida de apoyo electoral a las propuestas progresistas de grandes sectores de la clase media en toda la región.

Nuevo discurso.
Los dirigentes no reaccionaron a tiempo al cambio que produjeron sus propios éxitos. La transformación ha sido enorme y prácticamente ha creado nuevos países. Y de la misma forma que no sería sensato hacer la misma campaña en Bolivia que en Canadá, es insensato que el discurso y las propuestas progresistas no se hayan adaptado a estos cambios que se han producido. El progresismo necesita dirigirse hacia estos nuevos actores sociales, porque si no lo hace, entrará en una elipse viciosa por la que mientras más éxito tenga sacando de la pobreza a la población, menos votos conseguirá por hacerlo. Morir de éxito.
Una vez aclarado este punto, el paso siguiente es conocer cuál ha sido el cambio en las preferencias políticas: ¿cómo piensa esta nueva sociedad tras la transformación? Sería necesario hacer estudios demoscópicos que permitan interpretar el pensamiento de esta nueva estructura de clases, pero a falta de éstos, un primer acercamiento nos permite anticipar que los principios igualitarios que encumbraron los procesos ya no son tan valorados por la sociedad.

La redistribución.
Todos sabemos que las sociedades igualitarias son mejores sociedades, generan un entorno favorable para disfrutar mejor la vida. Pero esto no significa que cada uno esté dispuesto a financiar esta igualdad. A cada uno le conviene contribuir lo menos posible y que sea el resto quien pague los impuestos para lograr la igualdad. Es obvio, que si éste es el juego, la conducta dominante será que nadie contribuirá, porque todos esperarán a que sea resto quien lo haga, por lo que nadie terminará aportando al esfuerzo igualitario. La única forma de aplicar políticas redistributivas es con apoyo electoral de quienes prefieren estas políticas, en general porque entienden que recibirán más de lo que contribuirán al esfuerzo igualitario. Pues bueno, el cambio en la estructura de clases de la década ganada, sencillamente ha hecho que la mayoría electoral ya podría estar en poder de quienes perciben que tendrán que contribuir más de lo que recibirán de las políticas redistributivas. Es por esto que las nuevas clases medias empiezan a ser colonizadas fácilmente por las ideas de que el Estado es ineficiente, que el gobierno es corrupto y que las regulaciones son obstáculos al progreso personal. Quedan así predispuestos a pensar que sus éxitos son el fruto de su esfuerzo individual y sus fracasos culpa del Estado. En definitiva, el cambio en la estructura de clases ha generado una sociedad con un menor rechazo por la desigualdad que la sociedad que encontramos a fines de los ’90.

La emulación.
Toda la teoría económica reconoce que existe un efecto de emulación del consumo de la clase inmediata superior. El gran economista Thorstein Veblen en 1899 publicó el ensayo “La teoría de la clase ociosa”, en el que explica, tras estudiar los hábitos de consumo de la sociedad, que lo que él denomina la “clase ociosa” influye enormemente en los hábitos de consumo de “toda” la sociedad, lo que le permite desarrollar la teoría de la “emulación”, que básicamente afirma que las clases sociales tienden a imitar el consumo de la clase inmediata superior. En la época del Veblen, el mundo era más pequeño porque el radio de vinculación social era limitado, mientras que en nuestra época el mundo se ha ampliado a escala global, porque debido a los medios de comunicación los pobres de cualquier rincón del mundo pueden aspirar a emular la conducta de los más ricos del mundo, no de los del barrio, pueblo o ciudad. Las posibilidades de emulación no tienen precedentes en la historia.
Ahora bien, una vez que aceptamos que existe una emulación de los hábitos de consumo, el paso siguiente e inevitable, es aceptar que esta emulación se extienda al plano de preferencias políticas. Es natural que así suceda, de hecho, cuando no es así, cuando el hábito de consumo no está correlacionado con una preferencia ideológica, en cierto modo genera un rechazo social que estimula la conducta “correspondiente” entre status e ideología. En efecto, vestirse de Luis XVI y defender la Revolución Francesa es tan chocante como vestirse de pobre y defender la servidumbre. En definitiva, es coherente que la emulación del consumo y la ideología avancen por la misma vía, explicando la tendencia hacia el conservadurismo de las ideas políticas de las clases medias.
Esta preferencia ideológica en formación de la nueva clase media y, también, de la juventud, es una mala noticia para los gobiernos progresistas que apostaron muchas fichas al camino del progreso del consumo de la población. El discurso neoliberal tiene más chances de colonizar las mentes de esta nueva estructura social, aún a pesar de que así puede comprometer el bienestar de esta nueva clase media.

Reconocer el cambio.
La continuidad del programa progresista necesita reconocer estos cambios en la estructura social y la preferencia política de las nuevas mayorías. En este sentido, es necesario tener una buena percepción sobre las motivaciones humanas y la heterogeneidad de valores que impregna la sociedad. A grandes rasgos, es conveniente comenzar por reconocer que en los individuos coexisten dos valores contrapuestos. Por un lado, las ambiciones de progreso material, que incorpora no solo el consumo disfrutado individualmente, sino también por comparación con el resto de la sociedad, lo que en definitiva hace al estatus social. Y por el otro, una preferencia por la equidad, en el sentido de que pocos egoístas disfrutan del malestar ajeno y, por el contrario, muchos preferirán vivir en sociedades más equilibradas en términos de igualdad. Estos dos valores nos dan las pistas sobre dónde debe encaminarse el discurso y las propuestas políticas del progresismo, para superar las limitaciones electorales que tiene el discurso igualitarista.
Estas dos preferencias están presentes, en distintas medidas, en todos nosotros. Son valores en cierto grado antagónicos, porque la preferencia por la equidad decae si las ambiciones materiales son altas o si se produce a costa de una parte del bienestar individual.

Buenos ejemplos.
El buen ejemplo que los países nórdicos nos dan sobre las ventajas competitivas que redundan en eficiencia, y de calidad de vida que obtienen las sociedades más igualitarias, posiblemente aumenten las preferencias por la equidad (de la misma forma que el mal ejemplo de las desventajas que deben asumir las sociedades más desiguales fortalecen la misma preferencia). En este camino, los gobiernos progresistas tienen mucho para recorrer, en cuanto aún no han logrado convencer a la ciudadanía de la equidad es un bien público, que genera ventajas de eficiencia además de
justicia, que permiten a todas las clases estar mejor. A mi criterio, no hemos conseguido convencer a la ciudadanía que las ventajas indirectas que recibimos por la igualdad son mayores a los costos tributarios que individualmente asumimos para financiarla.
Un error frecuente de la izquierda, en mi opinión, es dar por sentado un amor universal por la igualdad. Esto parte de no reconocer la heterogeneidad humana y suponer, al igual que la ortodoxia, que existe un único individuo representativo. En realidad, los pobres lo que desean es superarse, al igual que la clase media, y para ellos, la igualdad es un método para lograrlo, no un fin en sí mismo. Es por esto que el discurso igualitario tiene techo. Cuando la clase media aumenta su tamaño y su ingreso, comienzan a percibir que el esfuerzo igualitario se recuesta sobre sus espaldas y sus nuevas aspiraciones materiales y entra en conflicto con sus nuevas percepciones ideológicas. De esta fuente beben los triunfos apoyados en la muletilla de la reducción de los impuestos.
Los discursos igualitarios condujeron al éxito a los gobiernos progresistas en la década pasada, porque la igualdad representaba también un progreso para los pobres, que eran muchos. Con el auge de las clases medias, tras una década ganada, son muchos más quienes perciben que tienen que comenzar a pagar las costas del ascenso de los que quedaron más rezagados y la cosecha de votos del discurso igualitario se reduce.

El gran desafío.
Las nuevas clases medias que supimos conseguir, necesitan otros discursos y se le deben plantear nuevos objetivos y aspiraciones, que satisfagan las nuevas aspiraciones de esta nueva sociedad sin abandonar las políticas igualitaristas. Al final de cuentas, el objetivo de los proyectos progresistas es mucho más que igualitario y debe explotarse el interés de estas nuevas clases por temas comunes a los valores progresistas, como el desarrollo tecnológico endógeno, el desarrollo
económico, la mejora y universalización de servicios básicos como educación, transporte y salud públicas, transparencia, infraestructuras, apoyo a la iniciativa y los emprendedores, deportes, al medio ambiente etc. Las propuestas progresistas en estas áreas superan las alternativas conservadoras y, a su vez, permitirán seguir avanzando por el camino de la igualdad. Sobre el discurso igualitario, a mi criterio debe hacerse muchas nueces y poco ruido, y el discurso debe
centrarse en convencer a la ciudadanía de que la equidad no solo representa justicia, sino sociedades que merecen ser vividas y, sobre todo, convencer al individualista que es por su propio bien, porque la igualdad redunda en competitividad y eficiencia económica de las que también se beneficiaría.

*Celag (Centro Estratégico Latinoamericano de Geoestrategia).

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