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La conquista

I. Un texto que el Presidente de la Nación citara para señalar la influencia de la inmigración europea entre los argentinos -los mejicanos descienden de los aztecas, los brasileños de la selva y los argentinos de los barcos- sirvió para que le llovieran fuertes críticas, y para que la derecha política y mediática cayera en la desmesura de adosarle, también, prejuicios racistas.
Pero entre tanto batifondo y seudoanálisis, surgieron observaciones agudas que, como las de Horacio Verbitsky, cuyas columnas dominicales publica este diario, pusieron las cosas en su lugar y presentaron en el acotado espacio de un artículo periodístico una admirable síntesis de lo que se conoce como Conquista del Desierto. Es sabido cómo la clase propietaria argentina escribió la historia, de ahí que suene tan desafinada la reivindicación de los pueblos originarios que su descendencia intenta hoy, rasgándose las vestiduras con las declaraciones presidenciales.
En su análisis HV recuerda que los aborígenes de la Pampa -y también los del noroeste- fueron los primeros desaparecidos, pese a haber realizado un aporte significativo a la nacionalidad y firmado pactos con las autoridades nacionales, que estas últimas violaron siempre. El autor no olvida el triste papel que cumplió la jerarquía eclesiástica de esos tiempos al bendecir las masacres perpetradas durante las avanzadas bélicas en el denominado «desierto». Aquella operación económica, militar y eclesiástica, a la que se ha pretendido embellecer con ribetes heroicos, arrinconó en los confines más inhóspitos a los sobrevivientes de un genocidio que eran, por derecho constitucional, ciudadanos argentinos.
La principal motivación de ese acto fue la apropiación de la tierra. Las inmensas extensiones de uno de los mejores suelos del mundo, luego de ocupadas, se repartieron entre la alta oficialidad y las poderosas familias que habían contribuido a la financiación de la campaña. Fue el origen de los latifundios en la llanura pampeana y la Patagonia.

II. La clase gobernante argentina ni siquiera tuvo la inteligencia que ostentó su homóloga estadounidense la cual, después de haber terminado con la resistencia indígena, entregó la tierra conquistada a millares de colonos que, al laborarla e intercambiar productos, crearon un gran mercado interno que marcó el progreso de aquella nación.
Esa y otra fundamentación sirve de apoyo a HV para desmontar los argumentos pretendidamente reivindicativos que provocara la desafortunada frase de Alberto Fernández, recordando además que un muy alto porcentaje de la población argentina tiene sangre indígena. En su artículo, el periodista también desnuda la falsía que pretende una sedicente reivindicación de los nativos. Los reivindicadores, expresa, son los mismos que despreciando la ocasión de crear colonias agrícolas en las tierras arrebatadas al indio optaron por repartirse las tierras y darle a aquellas gentes un pasaporte a la esclavitud: las mujeres con destino al servicio doméstico de las familias aristócratas, cuando no la miseria y la prostitución, y los hombres como mano de obra esclava en los ingenios del norte, en donde, bueno es decirlo, hubo episodios heroicos de resistencia que la historia oficial prácticamente ignora.

III. Hace muy pocos años, una cabal descendiente de aquella clase apropiadora, Patricia Bullrich Luro Pueyrredón, avalaba en su condición de ministra de Seguridad el asesinato por la espalda de un joven mapuche quien, junto a otros compañeros, reclamaba por la tierra avasallada por potentados extranjeros. Esos magnates son amigos del ex Presidente Mauricio Macri, el mismo que al cumplirse 200 años de nuestra independencia se dirigiera al «querido rey» de España -presente en el acto- afirmando que «los patriotas sintieron angustia» al separarse de ese país. Esa sola expresión, al margen de su falsedad, es mucho más desafortunada e irritante que la cuestionada al actual jefe de gobierno.