La corrupción no tiene partido

El gobierno de la alianza Cambiemos parece estar probando la misma medicina que durante años le aplicó al kirchnerismo. Los acusadores se han convertido en acusados y comienzan a ser objeto de las siempre impactantes denuncias de corrupción. Por eso aquellos gestos de entusiasmo han virado a éstos de desconcierto y pavura. Es que en el juego de roles que habían propuesto, se presentaban a sí mismos como la suprema virtud republicana en lucha sin cuartel contra la corrupción que era, en su jerga mediática, sinónimo de kirchnerismo.
En una seguidilla verdaderamente impactante, varias figuras de primerísimo nivel del gobierno macrista se han visto involucradas en denuncias sobre manejos irregulares de dineros (públicos y privados): la vicepresidenta Gabriela Michetti, el titular del Sistema de Medios Públicos, Hernán Lombardi y el director General de Aduanas, Juan José Gómez Centurión. Hace pocos meses, otra denuncia, mucho más relevante y formulada por una corporación internacional de medios, había revelado que el propio Presidente de la Nación poseía millonarios depósitos sin declarar en una de las guaridas fiscales más famosas del mundo. Denuncias similares contra gobernantes de otros países habían provocado renuncias, pero aquí el jefe del Poder Ejecutivo recién asumido contaba con un flamante capital político y con el invalorable apoyo de los grupos mediáticos más grandes del país que desplegaron un blindaje de protección muy eficaz.
Ahora, el estupor que se dibujó en el rostro de uno de los funcionarios cuando le preguntaron por las denuncias que lo involucran dijo más que mil palabras. El horror de chocar contra la dura realidad que implica la pérdida de la condición virginal, con que el macrismo gustó presentarse ante la ciudadanía -siempre bajo la tutela imprescindible de los grandes medios aliados- quedó expuesto en toda su desnudez.
El discurso insistente, reiterativo, demoledor de las usinas mediáticas más poderosas había instalado la idea de que el kirchnerismo monopolizaba las prácticas corruptas en el país. Al mismo tiempo, el macrismo era ostensiblemente protegido mediante el ocultamiento de las denuncias de corrupción que recibió en sus gestiones al frente de la CABA. Ambas operaciones combinadas -la exacerbación de las denuncias en un caso y el velamiento en el otro- calaron hondo en buena parte de la sociedad argentina y pesaron decididamente en el resultado de las últimas elecciones.
Ahora, con esta serie de denuncias de corrupción que afectan a altos funcionarios nacionales, se derrumba el discurso fariseo que pretendió imponer que de un lado existe una cueva de corrutos y del otro una patrulla de puros y castos boys scouts. Ni una cosa ni la otra. El kirchnerismo no puede ocultar que a su sombra prosperó más de un funcionario venal; y al macrismo le cabe el mismo sayo. Solo una persona fanatizada por la prédica manipuladora de la prensa hegemónica puede negar esta realidad.
Mientras el financiamiento de la política no se blanquee y se organice mediante mecanismos más transparentes, la corrupción en el Estado será el alto costo a seguir pagando. Independientemente de quién ocupe el gobierno.

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