La cultura de la víctima

Hacía mucho tiempo que en EE.UU. no se prodigaban unos funerales de Estado como los que se rindieron a John McCain, el senador republicano que dos veces se postuló a la presidencia. Dos ex presidentes -George W. Bush y Barack Obama- estuvieron presentes en el homenaje. El gran ausente, por expreso pedido de McCain, fue el actual ocupante de la Casa Blanca, Donald Trump: un signo de los tiempos.

¿Héroe?
La decisión, aunque radical, no fue sorpresiva. Incluso antes de que éste accediera a la presidencia, ya McCain había denunciado que la conducta de Trump dañaba seriamente al Partido Republicano, y eventualmente a la democracia norteamericana. Pero la gota que colmó el vaso debe haber sido aquel comentario en el que Trump denigró a McCain diciendo que “es un héroe de guerra porque fue capturado. Yo prefiero a los que no se dejan capturar”.
El ahora fallecido senador fue aviador en la guerra de Vietnam, y pasó más de cinco años como prisionero de guerra tras ser apresado cerca de Hanoi. ¿Cómo podía evitar ser capturado, si su avión fue derribado? Sólo mediante el suicidio, lo cual por supuesto hubiera tenido la ventaja de evitarle sufrir a Trump.
El episodio habla claro de la personalidad del actual presidente, quien por cierto no peleó en la guerra de Vietnam gracias a las “influencias” de su familia. Su total falta de respeto por el sacrificio ajeno, y su falta de empatía hacia el sufrimiento, lo ponen en el lugar de emergente de una crisis moral seguramente más profunda.

Víctimas.
Cuesta mucho imaginarse que en Argentina un personaje público relevante pudiera burlarse de este modo del sufrimiento y la adversidad ajenas. Entre nosotros, en realidad, se da casi lo opuesto: los que han sufrido desgracias personales a veces parecen intocables, incuestionables.
Esta “cultura de la víctima” nacional pareció aflorar esta semana cuando, en un discurso guionado para motivar a la población en medio de la crisis económica, el presidente sacó a relucir -por primera vez que se recuerde desde que está en la arena política- un episodio distante que lo tuvo como víctima de un delito. “Estos cinco meses han sido los peores de mi vida desde mi secuestro”, dijo, trayendo la atención hacia su propia persona. El razonamiento implícito sería: mis políticas económicas los han hecho sufrir, pero yo también he sufrido: es más, fui víctima de un secuestro.
Poco importa que las circunstancias de aquel episodio disten de ser claras. Ya se sabe que la claridad o el apego a la verdad no son preocupaciones de este presidente. El objetivo estaba cumplido: en lugar de hablar de la estampida del dólar, los días siguientes los medios se encargaron de recordar al Macri víctima, tocando así una fibra sensible.

Ingeniero.
En realidad la experiencia nacional con estas cuestiones es más bien nefasta. Hace casi quince años atrás, otro secuestro -en este caso seguido de muerte- hizo saltar a la fama a un empresario textil que gustaba de adjudicarse falsamente el título de ingeniero.
En lugar de elaborar un duelo privado por la muerte de su hijo, este personaje eligió transformarse de la noche a la mañana en un referente social y político, y en un supuesto experto en temas de seguridad. El movimiento social que impulsó, presionando con éxito a distintas autoridades, le permitió forzar varias reformas que terminaron por desquiciar el Código Penal argentino.

Es a este personaje que debemos, por ejemplo, que en el actual esquema de penas previstas para los distintos delitos, resulte menos gravoso asesinar a una mujer embarazada, que secuestrar a esa misma mujer.
No era ingeniero, ni era experto. Su único título válido era el de víctima, y le bastó para que, como sociedad, le permitiéramos jugar durante unos años a ser el flautista de Hamelin.

Ejemplos.
Los ejemplos abundan. Otro gran manipulador de estas patologías sociales fue aquel presidente que, en 1996, empleó exitosamente la trágica muerte de un hijo para atraer la simpatía del votante y obtener su reelección. Dicho sea de paso, aquella muerte en un extraño accidente de helicóptero es otro caso donde la Justicia argentina fracasó en su cometido de averiguar la verdad. Y van…
No muy lejos de esta conducta están las lágrimas de cocodrilo que ahora vemos derramar a los empresarios “arrepentidos” de haber pagado coimas. Pobrecitos, parece que los obligaban. Por suerte no los encarcelan. Poco falta para que les den un premio.
Como se ve, en esta “cultura de la víctima” hay mucho de hipocresía, y bastante también de aprovechamiento.
Pero por suerte siempre hay excepciones. Se puede ser víctima y mantener la dignidad. Incluso, ejercer esa autoridad para hacer un aporte social valioso. Que lo digan, si no, las Abuelas de Plaza de Mayo.

PETRONIO