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La cumbre de las vanidades

DOMINICALES

Cuando el 29 de mayo de 1953 el alpinista neocelandés Edmund Hillary llegó a la cumbre del monte Everest, advirtió que había olvidado enseñarle a su compañero de aventura, el sherpa Tenzig Norgay, cómo usar su cámara fotográfica. Y no era un buen momento para un seminario de fotografía. Así que no existe una foto del buen Edmund en la cima del mundo, pero sí la hay de su compañero, al que retrató sonriente, y esa es la imagen que ocupó las primeras planas de todos los diarios del mundo poco después.

Está ahí.
Cuáles son los motivos internos que llevan a una persona a emprender una aventura tan riesgosa como subir a la montaña más alta del mundo, es un misterio. Ciertamente los motivos de Hillary no incluían la obligatoria «selfie» con la que todos los turistas del mundo coronan hoy su experiencia viajera, sea en la Torre Eiffel o en el Taj Mahal.
De hecho, cuando le preguntaron por qué había decidido subir al Everest, el alpinista kiwi contestó, lacónicamente, «porque está ahí». Frase ésta que luego retomó el presidente norteamericano John F. Kennedy para explicar por qué motivo los EE.UU. querían llevar un hombre a la superficie de la luna. Curiosamente no mencionó a la Unión Soviética ni a la carrera espacial que los ocupaba por aquel entonces.
Como quiera, sesenta y seis años después de la proeza inicial, aquella escasez de imágenes contrasta con la actual cornucopia de fotografías, que muestran una cola de escaladores dirigiéndose a la cima, más dignas de un shopping center que de la montaña sagrada del Nepal.

Fila macabra.
Observando esa fila con decenas de escaladores, esperando por horas su turno para acceder a la cima del Everest, es válido preguntarse quiénes son esas personas. Ninguno de ellos pagó menos de 70.000 dólares, entre el viaje, los permisos para escalar, y el equipamiento. Muchos de ellos carecen del entrenamiento básico en montañismo: según cuentan los guías, muchos no saben colocarse los esquíes dentados, o las máscaras de oxígeno indispensables para sobrevivir a más de 8.000 metros a nivel del mar, donde la atmósfera se vuelve delgada.
Cualquiera díria que esa experiencia extrema les sirve para generar lazos de cooperación o resaltar las cualidades más altas del ser humano. No es así. Muchos de estos modernos escaladores no están dispuestos a compartir un trago de agua, ni un tip de información con los demás.
Todos han llegado con un único fin: arribar a ese pequeño lugar en la cima, no más grande que dos mesas de ping pong juntas, atestado de gente, donde disparar la auto-fotografía que inmortalice la hazaña. Para lograrlo tendrán que empujar y discutir, y a veces, pasar por encima de los cadáveres de los escaladores que no lo lograron. Porque entre la falta de entrenamiento, los equipos de oxígeno defectuosos, o la mera imprevisión, muchos mueren en el camino hacia o desde la cumbre. Este año se cuentan hasta ahora once muertes, pero a medida que el hielo se derrite, van apareciendo más cuerpos. Y eso, cuando ni siquiera se produjeron avalanchas.
Para los nepaleses, supuestamente el Everest es un lugar sagrado. Ello no impidió que este año el gobierno local autorizara casi 400 permisos para escalarlo, sin revisar en modo alguno a los postulantes que subieron a poluir la montaña.

Narcisos.
Hay muchos detalles inquietantes en toda la situación, pero el más extraño de todos parece ser esta obsesión -que se da no sólo en el Everest- por registrar fotográficamente las vivencias, casi al punto de que el registro ocupe más energías que la vivencia en sí.
El número de fotografías que se toman diariamente en el mundo se cuenta por billones. Las cosas que la gente está dispuesta a hacer para obtener imágenes de sí misma en situaciones extremas, resultan sorprendentes. Y la cantidad de personas que muere intentando fotografiarse a sí mismas, que ya suma centenas por año, va comenzando a parecerse mucho a un problema de salud pública.
Créase o no, la India encabeza este fenómeno a nivel mundial, seguida de cerca por Rusia, Estados Unidos y Pakistán.
Cuando escribió «La cámara lúcida» a fines de la década del ’70, Roland Barthes relacionó directamente a la fotografía con la muerte. El estado actual de las cosas -que, desde luego, él no pudo prever- parece estar dándole la razón.
Como si fuera una maldición bíblica, esa fila interminable de supuestos aventureros esperando el momento justo para registrar la propia imagen, esa caterva de Narcisos modernos enamorados de su propio rostro -al punto de perder la vida en el intento- algo nos está diciendo sobre la insoportable levedad de la cultura en que nos movemos.

PETRONIO