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La danza de los enmascarados

DOMINICALES

Un momento crucial ha llegado. La famosa CDC (Centro de Control de Enfermedades de EEUU) acaba de emitir una recomendación, según la cual las personas vacunadas con dos dosis contra el Covid, pueden dejar de usar máscaras faciales, tanto en lugares abiertos como cerrados. Hay una serie de excepciones (hospitales, asilos de ancianos, cárceles, transporte público) pero básicamente, se ha declarado, allá, el comienzo del fin de la pandemia. Los vacunados ahora podrán (entre ellos) abrazarse y besarse, viajar, ir a restaurantes, conciertos, teatros y cines. Los no vacunados, en cambio, y según la CDC, continúan con la difusión de sus respectivos programas pandémicos y deben usar máscaras.

Sorpresa.

La medida cayó como sorpresa. Desde hace bastante tiempo que la evidencia científica apuntaba a que, sobre todo en lugares abiertos, las personas vacunadas tenían un riesgo muy bajo de contagiarse o contagiar a otros. Sin que haya cambiado ninguna de esas mediciones, la decisión aparece como intempestiva. Salvo que, como se ha admitido a media voz, la medida sea a su vez un mensaje para la gente renuente a vacunarse, que la hay en grandes números (sobre todo en distritos que votaron a Trump) y en momentos en que la campaña de vacunación está comenzando a demorarse. Todo puede fallar: puede llegar a ocurrir que los no inmunizados también dejen de usar tapabocas, total, nadie controla.
Nuestra realidad dista de ser la de EEUU, país donde está la mayoría de los laboratorios fabricantes de estos fármacos, y donde una decidida acción del gobierno ha llevado el número de personas totalmente vacunadas a un porcentaje superior a un tercio de la población total (los que ya tienen una sola dosis, en tanto, ascienden al 47%, casi la mitad).
Pero es una buena noticia, de todos modos: las vacunas realmente inmunizan en un porcentaje altísimo, y para los que ya se las han aplicado, el Covid ha pasado a ser uno más de los riesgos graves con los que convivimos en nuestra vida diaria, como andar en auto, comer choripanes de carrito o entrar descalzos a la bañadera.

Brindis.

Como quiera, la novedad ha provocado uno de los raros actos «bipartisanos» (como ellos le llaman a esas pocas cosas en las que se ponen de acuerdo demócratas y republicanos) en Washington: representantes de todos los partidos celebraron públicamente, mostrando sus rostros, que habríamos preferido olvidar.
Es otra diferencia con Argentina. Si nuestro Ministerio de Salud sacara hoy una medida semejante, a no dudarlo, algunos referentes de la oposición, con la coherencia que los caracteriza, saldrían inmediatamente a exigir el retorno de los barbijos, las máscaras y los antifaces. Brandoni reeditaría su corralito de carnaval callejero. La Bullrich saldría a los bocinazos con la máscara de camuflaje militar. Y la Carrió correría a tribunales a denunciar al gobierno por sofocarnos, o no sofocarnos, o cualquier cosa que suene feo.
Pero no hay que cargar las tintas. Todos nosotros tendremos un duro proceso de reeducación cuando debamos colgar la mascarita. Deberemos aprender a sonreír de nuevo. Ya no podremos sacarle la lengua en secreto a quienes nos disgustan. Deberemos, en definitiva, volver a ser nosotros. Qué horror.

Momo.

Antes asociábamos las máscaras, en general, a situaciones festivas. Al carnaval, a las fiestas de disfraces, al cachondeo, bah. Para otras culturas, como algunas tribus africanas, o nuestros propios pueblos originarios en América, las máscaras son otra cosa, mucho más seria: son un dispositivo para convocar a seres espirituales, y prestarles nuestro cuerpo para que se manifiesten.
En los tiempos distópicos del Covid-19, el espectáculo irreal de transeúntes con el rostro cubierto no inspiraba ningún jolgorio, y en cuanto a convocar a los espíritus… bueno, está claro que éstos nos han abandonado hace mucho tiempo. Y bien que hacen.Ya sabemos que de la pandemia no «volveremos mejores». Que los ricos ahora son más ricos, y los pobres, más pobres aún. Una vez más, la pelea estaba arreglada, el árbitro estaba vendido, y la calle está dura.
Quien sabe si no extrañaremos, en un futuro cercano, eso de andar con el rostro cubierto. Por qué será que siempre hay una frase de Oscar Wilde para todo: «El hombre es menos veraz cuando habla desde su propia persona. Dale una máscara, y te dirá la verdad».

PETRONIO