La democracia en su tan repetido laberinto

Señor Director:
Lo ya dado y las perspectivas que se dibujan en el acontecer político mundial permiten estimar que la democracia como propuesta formal, como “reglas de juego” para la vida política de las naciones que la han escogido expresamente, se halla de nuevo en su laberinto.
Uso la voz laberinto como sinónimo de un estado de cosas embarazoso, oscuro, con amenaza de prolongarse. No es tal la acepción original, pero sí el sentido de esta palabra de remoto origen, que tuvo su momento notable en Creta, cuando hubo necesidad de encerrar al monstruo llamado Minotauro, nacido de los devaneos de una reina con un toro. Estar en el laberinto es distinto de hallarse en una celda, porque propone un espacio muy amplio, con una diversidad de caminos y ninguno conduce a una salida. Salvo que uno cuente con la complicidad de una araña (Ariadna) que le ceda su tela al ingresar y la recoja para conducir a la salida. Cuando digo que la democracia se halla de nuevo en su laberinto, quiero significar que se da una situación en la cual lo formal no necesariamente desaparece. Lo formal de la democracia está representado por normas políticas que pueden llamarse “reglas de juego”, la principal de las cuales es el acto eleccionario regular en el que se pretende que se haga manifiesta la presencia del soberano, el pueblo.
Acabo de leer una nota de la periodista Sandra Russo. Ella no habla de laberinto, pero dice que la democracia “es un término vago, muy abstracto, que solo cobra vigor de tanto en tanto”. Sandra recuerda que en l983 Alfonsín hizo llorar a millones de personas recitando el preámbulo de la Constitución, en un país que salía de una larga noche de siete años. Se refiere a la dictadura militar, que había eliminado la formalidad del voto del soberano y suspendido, al mismo tiempo, la calidad soberana del pueblo. Lo que proponía Alfonsín y esperaba una mayoría del pueblo argentino era que la democracia curara, que alimentara y que educara. Cuando esto sucede, cuando la democracia muestra su sustancia y no solamente el aparato ideado para su funcionamiento, la emoción de la multitud da cuenta de haberse restablecido el sendero que saca del laberinto para ingresar en un proceso que empieza a gratificar la eterna expectativa de una mejora que, para Sandra, se configura como una democracia inclusiva, que es el verdadero objetivo, el cual hace de la democracia “no solo un sistema sino un lugar”. O sea que la democracia no habita solamente en las instituciones, sino sobre todo “en cada ciudadano, en su vida privada, en su domingo en familia, en su paternidad, en su maternidad”. Lo que Sandra cree es que estamos de nuevo en el laberinto y prevé otro tramo penoso, que presume será largo.
No circunscribo este momento a la Argentina ni a la región luego del golpe contra Rousseff, sino a gran parte del mundo occidental, ya como realidad o como tendencia. Las noticias que dan cuenta de un repunte de la candidatura Trump para la presidencia de los Estados Unidos vienen acompañadas de comentarios de la prensa más destacada de ese país que ve que Trump representa un desestimiento de la democracia por parte de un gran sector de esa sociedad, de rasgos fascistas, caracterizado por el rechazo de los diferentes de su población: negros e hispanohablantes, principalmente. Tengo en cuenta, asimismo, que la Merkel ha apelado a todo su prestigio interno para procurar que los indiferentes entiendan el riesgo de un triunfo de la extrema derecha en las elecciones regionales de Alemania. Y porque veo que en Francia la principal chance para la elección presidencial del año próximo favorece a la misma tendencia y que en España esa derecha es la más fuerte, aunque no lo suficiente como para forzar en el congreso un reconocimiento formal, mi conclusión coincide con la idea del laberinto que se abre para la democracia inclusiva, definida con los rasgos que expone Sandra Russo.
Atentamente:
Jotavé

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