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La democracia que (casi) nunca existió

ESTADOS UNIDOS FRENTE A SU PROPIA HISTORIA

Predomina en casi todos los análisis laudatorios de estos días sobre la «democracia» norteamericana una mirada que separa la política interior y exterior de EEUU, división que expone una contradicción impropia de la democracia.

CARLOS CIAPPINA

Por estos días , tanto en los medios masivos de comunicación norteamericanos como los europeos se reproducen permanentemente frases tales como: «esto no pudo haber pasado en la democracia más estable del mundo», «los seguidores de Donald Trump intentaron un golpe en el corazón de la democracia norteamericana», o en varios otros casos los argumentos filorracistas y denigrantes del estilo de «esto nos convierte en un país del Tercer Mundo», «parecemos una república bananera» y frases por el estilo.
Curiosamente -o no- en los medios locales nuestros periodistas -de acá o de allá de la famosa «grieta»- repiten con mayor o menor sutileza los mismos argumentos: «¿Cómo fue posible que pasara esto en Estados Unidos?», dirán algunos y otros plantearán que la toma del Capitolio demuestra la «decadencia» de la democracia norteamericana.
Todos y todas parten de una certeza: Estados Unidos es «la democracia» que ilumina al mundo desde 1776 en adelante.
Convendría comenzar por allí. ¿Cuál es la democracia que los neofascistas de Donald Trump intentaron corromper? Quizás una mirada mas cercana y sutil -alejada de las afirmaciones de los propios interesados como el establishment político y económico norteamericano y su prolongación simbólica que es Hollywood y sus films- nos ponga sobre la pista de que quizás la «democracia más antigua del mundo contemporáneo» ha estado, como expresión de representación popular, un poco bastante sobrevalorada.

Un poco de historia.
La democracia norteamericana se inició con la elección de George Washington como presidente en 1789. ¿Cuál fue la principal preocupación de los fundadores de esa «democracia»? Paradójicamente, hacerla lo más restringida posible. ¿Quiénes eligieron a George Washington? Los hombres blancos, varones, propietarios y que pagaban impuestos que se anotaran previamente para votar. Votaron en las elecciones de 1800, 67.200 personas de un total de 5.236.000 habitantes. ¿Quiénes no votaron? Los blancos varones pobres o empleados no propietarios, todas las mujeres, todos los esclavos negros y los negros libertos y todos los indígenas originarios.
No es sorprendente pues que esta democracia híper restringida -de propietarios varones blancos- conviviera hasta 1865 con la esclavitud. Desde 1789 hasta 1865 la «democracia» norteamericana convivió con la institución más infame de la modernidad: la esclavitud de millones de personas. Una democracia esclavista es una democracia -convengamos- un poco extraña. Al fin de la esclavitud, Abraham Lincoln fue electo en una elección en la que votaron 4.031.000 habitantes de un total de 38.000.000 de personas.
Siguiendo con nuestro recorrido: recién en 1828 se habilitó a todos los varones blancos para votar independientemente de si eran propietarios o pagaban impuestos. Mujeres, negros, indígenas todavía (y por mucho tiempo aún) estaban excluidos del voto. Y el voto seguía siendo -como hasta hoy lo es- optativo.
Habrá que esperar hasta el fin de la Primera Guerra Mundial para que a las mujeres -blancas- se les permitiera votar: la decimoquinta enmienda las habilitó a votar en el año 1920.

Discriminación racial.
Las mujeres y los varones afrodescendientes continuaron sin poder votar libremente hasta la enmienda de 1965. Para que se entienda la paradoja: En EE.UU. los estados federales poseían -todavía en 1965- la capacidad de impedir el voto por motivos raciales, con lo que se vivía la incongruencia de haber luchado en la Segunda Guerra Mundial, contra las Leyes de Nuremberg por ejemplo, pero sosteniendo la discriminación racial legal en el propio país. Para comprender el enorme esfuerzo de «propaganda» que sostuvo la idea de la «democracia norteamericana»: los Estados Unidos invadían Vietnam y Cuba para defender la libertad mientras en su territorio los afrodescendientes y otras minorías étnicas tenían prohibido votar.
La paradoja es todavía mas profunda si vinculamos la existencia de una democracia con el comportamiento de política exterior norteamericana. Los británicos -siempre mucho más pragmáticos- nunca vieron contradicción alguna porque ellos siempre sostuvieron la prevalencia del Imperio por sobre la forma de gobierno, por lo que su política exterior -imperialista precisamente- no resultaba una contradicción lógica ni real con su ordenamiento político interno. Chuchill, por ejemplo, lideró la lucha en la Segunda Guerra Mundial para salvar el Imperio, no la democracia.
Pero en el caso de los Estados Unidos, su permanente señalamiento a las virtudes de su democracia acompañaba -y justificaba- las intervenciones e invasiones que favorecieron a los gobiernos mas dictatoriales y antidemocráticos, por ejemplo, de América Latina. Invadían Vietnam y Cuba para -supuestamente- defender la libertad mientras en su territorio los afrodescendientes y otras minorías tenían prohibido votar.

Dictadores protegidos.
La lista es extensa, pero baste señalar que la «democracia norteamericana» fue la principal sostenedora de personajes como Leónidas Trujillo, Anastasio Somoza o Duvalier en la etapa de las dictaduras patrimonialistas y, luego de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la guerra fría, la democracia norteamericana se dedicó a la no muy democrática tarea de promover los golpes de Estado de Pinochet (Chile, 1973-1990); la dictadura brasileña (1964-1985) o la dictadura argentina (1976-1983) para sembrar -junto a otras dictaduras como la paraguaya, boliviana, uruguaya o nicaragüense- desaparecidos y asesinados a lo largo y a lo ancho de América Latina.
Si aplicamos el mismo criterio a la política internacional fuera de América Latina, salvo en la Segunda Guerra Mundial -en donde la agresión al territorio norteamericano provino inicialmente del Japón- la democracia norteamericana ha invadido y destruido países a lo largo de Africa y Asia. Señalemos -sólo como ejemplo- lo ocurrido en Vietnam (3,5 millones de vietnamitas asesinados en una guerra sostenida al otro lado del mundo y sin ninguna implicancia de riesgo para su propia seguridad) o la invasión a Irak (600 mil iraquíes muertos en una guerra iniciada por la incomprobada existencia de armas de destrucción masiva). Lo que queremos señalar -y que ha sido prolijamente dejado de lado en casi todos los análisis laudatorios de estos días sobre la «democracia» norteamericana- es que ha habido siempre una mirada que separa taxativamente la política al interior de los Estados Unidos con su comportamiento exterior.
Esta división escondía (y esconde) lo evidente: la fortaleza de una democracia debe ser analizada por su compromiso con las libertades individuales y colectivas -los derechos humanos- hacia su interior y hacia su exterior. Una democracia no pude funcionar hacia afuera como un imperio sin perder toda su entereza ética y moral.

La reacción a Obama.
Podríamos afirmar que la democracia como atributo universal, apegado a los derechos individuales y sociales, en los Estados Unidos está, todavía, por ocurrir. Y, precisamente, quizás ese sea el problema: recién a partir de 1970 (hace apenas cincuenta años) la democracia norteamericana comenzó a alcanzar los estándares internos de una verdadera participación masiva en el voto. A partir de allí -aunque el voto sigue siendo optativo- todos los varones blancos, todas las mujeres, todos los afrodescendientes u originarios que estuvieran en condiciones de votar pueden hacerlo. Y esto, precisamente esto, llevó a contradicciones crecientes, primero hacia la política exterior -por ejemplo la resistencia popular a la guerra de Vietnam-, y segundo a la posibilidad de gobiernos más «radicales» (al menos en la lógica norteamericana) de la mano del Partido Demócrata.
La elección de Barack Obama -un presidente afrodescendiente- activó a los varones (y mujeres) blancos de la derecha preocupados por los «riesgos» de una democracia donde el voto ya no estuviera restringido al tradicional bloque de poder (blanco, anglosajón). No pude ser casualidad que la reacción al gobierno del primer afrodescendiente presidente haya sido la elección de un presidente misógino, racista y supremacista como Donald Trump, apoyado por la ultraderecha blanca y, en especial, por las famosas «militias» del interior profundo norteamericano.

El supremacismo.
Donald Trump no representa al Partido Republicano comprometido con el bipartidismo sino a las ultraderechas blancas que consideran que esto de la democracia en donde todos y todas pueden votar no es más que un juego demagógico que le quita el control del país a sus verdaderos dueños: los WASP. El llamado de Trump a tomar el Capitolio el día de la confirmación del nuevo presidente demócrata, fue precisamente el llamado a los supremacistas blancos y a las milicias armadas para desconocer el resultado de la votación de más de 80 millones de personas. Un llamado a recuperar el país de la mano de los que «lo hicieron grande». Un modo de volver a la vieja tradición de la democracia original norteamericana: el gobierno de los pocos aptos por sobre los no aptos.
Visto así, el intento de golpe de mano no es el resultado de una excepcionalidad sino la búsqueda de reponer en el sistema político a las minorías blancas y abandonar siquiera la idea de una verdadera democracia plural. Tomando en cuenta la historia norteamericana, el gobierno de una «democracia» de minorías no sería una excepcionalidad sino la norma.
Donald Trump deja el gobierno, pero no abandona la idea del retorno al supremacismo WASP. Estados Unidos es una nación dividida y armada, y sus habitantes siguen esperando por la construcción de una verdadera democracia. (Contraeditorial).