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La desaparición de un símbolo

La reciente desaparición del músico Juan Carlos Saravia, fundador e integrantes del mítico conjunto Los Chalchaleros, constituye uno de aquellos acontecimientos que, a poco de ser analizados, exceden con mucho el ámbito de su ocurrencia y pasan a tener una significación más trascendente. Para comprender el aserto hay que pensar en cincuenta o pocos más años atrás, cuando en el país deviene una ola de nacionalismo que ingresa por un flanco poco esperado: la música.
Es que desde el norte argentino en general y Salta en particular, a través de la radiofonía y los discos, de la televisión más tarde, surgen una música y una poética distintas, innovadoras en su palabra y en su ritmo, apartadas de las formas tradicionales, ya un tanto gastadas; describen temas, problemas, paisajes y personajes distintos de los habituales y sin embargo entrañablemente argentinos, a menudos lo hacen en la voz de notables poetas. Los jóvenes Chalchaleros son los principales emisarios de aquella movida.
Así, aquel conjunto de adolescentes que de la mano de Saravia debutara en el Colegio Nacional de Salta, con el paso del tiempo pasa a ser portador de otra forma de cultura que cala hondo en el gusto popular, que se siente representado en esas canciones y en esa forma de cantar. El espectro del fenómeno es notable y alcanza lo político y aún lo económico: son los años que la capital de la república agota la cantidad de guitarras puestas a la venta.
A la luz de las formas de colonización cultural devenidas posteriormente -y hasta la actualidad- parece mentira que el suceso haya podido darse plenamente entre los jóvenes de aquellos años y, en otra medida, su perduración por más de medio siglo a través del famoso conjunto, tanto en el país como en el exterior.
En lo político y lo social los problemas asoman en los versos de las canciones, simplemente por su solo peso realista. El grupo, del cual Saravia oficiaba en cierta forma como conductor, a la inversa de otros conjuntos nunca incursionó abiertamente en la canción política. Es cierto que algunos le reprochaban que esa actitud derivaba de una cierta identificación con la clase conservadora de Salta pero ellos -Saravia especialmente-sostenía que cuando una canción conllevaba valores políticos en sí misma no había ninguna necesidad de reforzarlos más allá de la canción misma.
Por eso, por su mesura musical y también filosófica, la muerte de Juan Carlos Saravia marca un límite sutil pero efectivo para los argentinos mayores de sesenta años: ni más ni menos que la desaparición de un símbolo. El propio Saravia -último sobreviviente de la formación original del conjunto-, en la última actuación del grupo, dio una original pero cierta razón de ese medio siglo de canto por todo el mundo: «El nombre quedará para la gente, como homenaje a todo lo que nos dieron. Queremos que tengan el recuerdo de cuatro personas que han dejado de cantar en un momento en que podrían seguir haciéndolo y no el de tipos que terminen haciendo un espectáculo que dé pena y que no se condiga con el cariño».
Una despedida acorde con la sencillez que caracterizó de su canto.