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La despedida de Diego

FEMINISTAS MARADONIANAS

Si el feminismo es libertad, entonces no puede ser tribunal de inquisición que con criterios absurdos mide grados de feminismos y guillotina a quien no cumple con mandatos arbitrarios.
VICTORIA SANTESTEBAN*
Diego dejó este plano, el mismo día que Fidel en 2016 y que las hermanas Mirabal hace 60 años, cuando fueron asesinadas bajo la dictadura de Trujillo en la caribeña República Dominicana. El 25 de noviembre por esto fue declarado el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres y la muerte del dios argento dividió, entre otras tantas hinchadas, a la feminista. Unas lo lloraron acongojadas y confundidas y otras abuchearon el luto, tachando de feminismo hipócrita al militado por las que se habían puesto la camiseta de un servidor del patriarcado.
Un feminismo adoctrinador salió a dar cátedra, arremetiendo contra quienes despedían al dios desprolijo y entregando certificados de militancia impoluta a quienes no lo extrañarían. Ese feminismo hizo llorar en las redes a la dibujante Ro Ferrer y a Flor de la V escribir que por favor la dejaran llorar en paz, mientras se preguntaba ¿por ser travesti y feminista no puedo llorar al Diez? Ese feminismo insostenible también revictimizó a Thelma Fardín y puso a bancar los trapos a Mariana Carbajal, que intuía las que se venían después de hacer público su adiós sentido a Diego Armando. Entonces a la tristeza de ellas como a la de tantas otras feministas que despedían entre contradicciones al hombre más conocido del mundo, se le agregó la angustia de no encontrar sororidad en las compañeras que no lo lloraban. Como si existiese un feminismo de pura cepa, a las que la muerte de Maradona les pasó desapercibida, se les dio por tachar de feministas truchas a las que lo extrañan. Ro Ferrer entonces pregunta con sus dibujos «¿el carné de buena feminista quién lo da?» para intentar con su humor sanador suavizar el nudo en la garganta, calmar la marea, llamar a la reflexión y parar la pelota.

Feminismo de manual.
A la perplejidad por el adiós al Diego, se le sumó el desconcierto amargo de tropezar en medio de la heterogeneidad feminista con rasgos aleccionadores y homogeneizantes, que pretendieron señalar con puntero lo que debía sentir, hacer y pensar una feminista. Apareció una doctrina de manual, indicando las emociones correctas, que desaprobó a las que lloraban al diez. Hubo feministas queriendo expulsar del aula a quienes sentían distinto, sin advertir que la verdadera contradicción estaba en su falta de empatía y en la violencia de sus insultos a las de luto.
El ejercicio cotidiano de repensar la estrategia de lucha, tuvo la vuelta de tuerca estos días de reivindicar la necesidad urgente de una unión amorosa, que ensamble el blend de pañuelos, colores y geografías. El feminismo destruye hogueras y levanta aulas en las que se aprende de manera horizontal. Si el feminismo es aprendizaje, acepta el error y las contradicciones como parte del proceso y de la humanidad misma. Si el feminismo es libertad, entonces no puede ser tribunal de inquisición que con criterios absurdos mide grados de feminismos y guillotina a quien no cumple con mandatos arbitrarios. Si el feminismo es revolución y cambio, entonces no tiene dogmas incuestionables y aleccionadores. Si el feminismo es sororidad y empatía, no pueden existir ataques contra quienes están en otros zapatos. Si el feminismo es amor, la violencia nada tiene que hacer ahí dentro.
Despedir con lágrimas a Diego, recordar nostálgicas al representante de la idiosincrasia argenta que hace un gol de viveza criolla a los ingleses, no justifica, ni se desentiende del Diego que ejerció violencia de género. La tristeza por su muerte no tapó las pifiadas machirulas contra Claudia, Dalma y Yanina, contra las mujeres que pasaron sus embarazos solas, contra los hijos e hijas que tenían derecho a decirle papá desde el día en que nacieron, contra las chicas contra las que él ejerció todos sus privilegios de varón.

Odio de clase.
Diego salió de Fiorito al mundo para jugar a la pelota, y en los entretiempos se hizo amigo de Fidel, se grabó al Che en la piel, denunció injusticias y corrupción, militó con amor su consciencia villera con cada gesto que explica por qué Galeano lo apoda el más humano de los dioses. Un dios de carne y hueso, que es argentino y villero, y que por eso se le exigió tantísimo más que jugar bien a la pelota. Entre todo lo que no se le perdonó a este dios argento, su origen villero entra en la lista de una Argentina clasista que se jacta de no ser xenófoba, elitista ni racista. El odio de clase arremetió siempre con ferocidad de rugbier ario contra el pibe de Fiorito para taclearle las jugadas. Ese odio de clase no le perdonó el tupé de representarnos en el mundo, deslumbrando a cualquiera con su futbol de potrero.
Diego yo no sé nada de futbol, pero te veo jugar y es como si entendiera todo. Conmueve verte correr solo, detrás de una pelota, con la convicción del gol. Verte reír feliz al darle alegría a los corazones de un pueblo que tiene al fútbol como bandera. Tus jugadas son militancia en botines y amor a la camiseta. Espero que, en este viaje, en el que volviste a ser el Diego de los ochenta, el amor de todo el mundo -nunca tan literalmente dicho- te haga el trayecto más livianito, para pronto revivir la felicidad con quienes allá esperan ansiosos el reencuentro.

*Abogada. Magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles.