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La devaluación del Presidente

La peor devaluación que hoy sufre el país no es la de su moneda sino la de su máxima autoridad política. El Presidente de la Nación cayó en su propia trampa pues, como señalara un periodista porteño, el gobierno hizo su apuesta: explotar la grieta al máximo, transformar las primarias en la primera vuelta y la primera vuelta en el balotaje; y cuando se juega a todo o nada, perder implica no tener nada.
Sus presentaciones públicas después de la aplastante derrota electoral hicieron el resto. El lunes se mostró hecho una furia culpando a la ciudadanía del pecado de desafiar con su voto a los «mercados», esos innombrables señores de la vida y la muerte económica del país. El miércoles – «coucheo» y teleprompter mediante- mostró un rostro más amigable, pidió disculpas por la exaltada reacción anterior y formuló anuncios muy poco compatibles con el recetario neoliberal. Su credibilidad ya estaba dañada y las aguas, en lugar de calmarse, se crisparon todavía más. El dólar pegó un salto de cinco pesos y el riesgo país superó los 1900 puntos, ubicándose muy cerca del podio que ocupa nada menos que Venezuela, el «cuco» que usó el gobierno para asustar infructuosamente a los votantes del Frente de Todos, quienes fueron muchos más que lo «calculado» por la ciencia de las encuestas. El freno y el retroceso del dólar y el riesgo país llegarían un día después, luego de trascender el diálogo, en términos cordiales, entre Macri y Alberto Fernández. La señal fue muy clara: el poder político ya no reside a tiempo completo en la Casa Rosada, mal que le pese al candidato peronista que no se cansa de advertir que él es todavía, y apenas, un postulante. Esa cautela está justificada con creces ante la avidez de la prensa oficialista por endilgarle prematuramente responsabilidades de gobierno.
Coherente hasta el fin, Macri, en su paquete de medidas, ni siquiera rozó los intereses de los «mercados». No habrá ningún tipo de control o de intervención pública en el desquiciado casino de la city. Nada de frenar, ni siquiera atenuar, la especulación financiera que en Argentina ha llegado a límites desconocidos en cualquier «país serio», como les gusta decir a los periodistas amigos del gobierno hasta ayer nomás. Los causantes del tembladeral financiero podrán seguir con su festival de ganancias obscenas a cuenta y cargo del sudor argentino.
Tampoco habrá cambios para el extremo inferior de la pirámide socioeconómica: los jubilados de la mínima, que cobran 11.500 pesos brutos, no verán incrementar sus ingresos un centavo. La inacción estatal que por arriba concede beneficios exorbitantes a unos pocos pero muy ricos especuladores financieros, perjudica a millones con ingresos que los condenan a la indigencia.
Otro efecto del accionar de los «mercados» y la pasividad presidencial: unas 500 mil personas se hundieron en la pobreza producto de la devaluación post-electoral, y los especialistas estiman que a fin de año llegará al 38 por ciento la población en ese estado. Así será el país que dejará el Presidente que llegó al poder con las promesas de «pobreza cero», bajar la inflación y «unir a los argentinos».