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La economía en tiempos de peste

TRAS QUE VENIAMOS MAL

La economía mundial sigue sin recuperarse, lleva años de bajo crecimiento y llegó el coronavirus que hace su aporte para bajar aún más el crecimiento. ¿Se adelanta la recesión en el mundo, se profundiza en el país?
EDUARDO LUCITA*
Frente a una peste que se expandía como una mancha de aceite, que transgredía fronteras políticas y sociales, la Organización Mundial de la Salud declaró que estamos en presencia de una pandemia, esto es una: «infección provocada por un agente infeccioso, que se manifiesta en forma simultánea en diferentes países». Atrás quedaron las interpretaciones que calificaban la rápida propagación de este virus de una instalación mediática -aunque es real que los medios de comunicación nos bombardean continuamente- o más aún la versión conspirativa de que se trataba de la simple invención de una epidemia.
Como en todas las pestes de esta dimensión el complejo científico se empeña afanosamente en encontrar rápidas soluciones; los Estados tratan de contener el virus primero y luego evitar su circulación social; los ciudadanos se protegen como pueden -a riesgo de caer en el aislamiento y el individualismo- mientras los laboratorios hacen cálculos sobre las futuras ganancias de las nuevas vacunas y medicamentos. Todo está predeterminado para caer en la lógica de la industria farmacéutica privada. Capitalismo puro al fin.

El Covid-19.
Según distintos informes científicos el riesgo de mortalidad del Covid-19 sería bajo pero su dinámica de propagación elevada, de ahí que el principal riesgo de esta pandemia está en la posible saturación de los sistemas hospitalarios en los países más afectados. El problema radica en que el virus es nuevo. Se sabe: este virus nace en el mundo animal y luego pasa a los humanos, hay dudas de las razones de sus inicios (Washington y Beiging se acusan mutuamente) y lo que es más se desconoce su evolución. ¿Podría el virus mutar a uno más letal? ¿Puede que alcance los altos niveles de mortalidad de virus anteriores, como el SARS o el MERS? ¿O por el contrario terminará siendo una gripe más, que afecta a las personas mayores y más debilitadas? ¿Cuánto durará esta nueva peste, un trimestre, hasta fin de año, tal vez más?
Es esta imprevisibilidad de su comportamiento y prolongación en el tiempo lo que provoca el pánico en los sistemas sanitarios, en la ciudadanía y… en los mercados.
Es innegable que el impacto económico de la pandemia es fuerte. El virus se contagió a las bolsas de valores primero, a los mercados de commodities y a los movimientos de capitales después, pasando luego a sectores de la economía real.
El coronavirus ha desplazado a la disputa chino-norteamericana y al Brexit como causantes de la desaceleración de la economía mundial. Es cierto que su impacto no es menor, pero no es menos cierto que opera sobre una economía que hace años muestra signos de debilidad estructural en la acumulación y reproducción de capitales. Hasta la crisis del 2008 se verificaba una rápida integración del comercio y las finanzas mundiales, las nuevas tecnologías reducían rápidamente los costos del transporte y las comunicaciones, el intercambio comercial crecía a altas tasas y las corporaciones multiplicaban sus inversiones. La tasa de rentabilidad del capital alcanzaba entonces niveles pocas veces visto. El PBI mundial crecía en promedio del 4,5 al 5 por ciento.

La burbuja financiera.
A partir de aquella crisis todo cambió. El comercio internacional se debilitó, la inversión productiva es muy baja en términos proporcionales, la tasa de crecimiento de la productividad no se recupera y no se verifican mejoras importantes en la eficiencia productiva en general, mientras que hay un alto endeudamiento (tanto de los Estados como de las corporaciones) del orden de los 235 billones de dólares. Algo así como el 330 por ciento del PBI global. Así la tasa de crecimiento del PBI promedio no superó el 3 por ciento en la última década. Sin embargo en ese mismo lapso creció la hegemonía financiera, las bolsas en general y particularmente Wall Street acumularon años de crecimiento y de ganancias ficticias, creando una burbuja que ahora ha explotado con los sucesivos días «negros» de los mercados, en un ajuste que ya estaba anticipado.
En la coyuntura se sumó el derrumbe del precio del petróleo por una guerra de precios entre Arabia Saudita y Rusia, pero esto no puede ocultar que ya estaban en un proceso de ajuste por caída de la demanda, que tiene como trasfondo la disputa entre los países productores de petróleo convencional vs. el no convencional.

Sobre llovido.
Ahora, las medidas de excepción tomadas por los Estados frente a la expansión del COVID-19 tienden a paralizar buena parte de la actividad económica mundial y los gobiernos responden con bajas de tasas y expansión monetaria. El resultado es un fortalecimiento del dólar y un debilitamiento del resto de las monedas y su contrapartida: caída de los precios de los commodities (materias primas y productos energéticos en general).
La economía china que ya venía desacelerándose crecería este año por debajo del 5 por ciento y EEUU como máximo 1,5 por ciento, mientras que Europa apenas el 0,8 por ciento. El PBI global alcanzaría así apenas el 2,4 por ciento. Todos estos pronósticos están en permanente revisión a la baja. En este contexto Argentina sufre el impacto global. Se resentirán nuestras ya escasas exportaciones, ingresarán menos dólares, será difícil sostener la demanda interna, aun con los nuevos estímulos que se pondrán y se agrandará el déficit fiscal. Se profundizará la recesión, el PBI caería entre el 1,5 y el 2,7 por ciento según diversos analistas, profundizando la recesión. En este cuadro recuperar sustentabilidad de la deuda, como plantea el gobierno, deviene prácticamente inalcanzable. Si antes había razones para exigir la suspensión de los pagos e investigar la deuda, ahora con el COVID-19, se muestra como la única salida soberana y efectiva para enfrentar la crisis que se avecina.

*Integrante del colectivo EDI (Economistas de Izquierda).