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La epidemia y el retorno de la naturaleza

PUNTO DE VISTA

HECTOR EDUARDO GOMEZ *
El miedo se ha apoderado de la especie humana, el asesino acecha, es tan minúsculo que solo puede verse con un microscopio electrónico. Es un virus, lo llaman Covid 19 y ha declarado la guerra a nuestra especie.
Ha elegido atacar a los «dueños del mundo», a la especie dominante. A nosotros que hemos alterado el curso de los ríos, derribado montañas en nuestro afán minero, que envenenamos el aire, destruimos los bosques y selvas, que exterminamos innumerables especies, que hemos alterado geografías y depredado ecosistemas completos.
Nosotros que nos hemos declarado amos y señores del planeta por mandato divino o por nuestro propio mandato de matón biológico. Somos los mismos hombres que no dudamos en usar armas atómicas sobre un viejo imperio ya derrotado, somos los mismos seres que acumulamos armas nucleares para destruir varias veces la vida de esta roca voladora. Somos los que con nuestra reproducción desenfrenada consumimos los recursos y los hemos tornado escasos. Somos también quienes hemos desertizado, erosionado, contaminado suelos, aguas y atmósfera sin ningún pudor.
La naturaleza es un prodigio de equilibrios, sus sistemas reguladores han permitido que la vida originada hace cuatro mil millones de años discurra con éxito. Su fuerza ciega se encarga de superar las frecuentes crisis que afectan sus ecosistemas.
Hoy los hombres estamos escondidos y atemorizados ante este inesperado asesino, no tenemos armas para enfrentarlo, solo recogernos en nuestras casas, aislarnos de la vida social y esperar que la ciencia descubra la medicina salvadora.
El hombre, soberbio espécimen, un mono que en pocos millones de años perdió su condición de tal, que inventó dioses e ideologías, sistemas políticos, que desarrolló ciencias y artes sublimes que nos conmueven, está de rodillas. El sistema económico que creíamos indestructible cruje con posibilidades de derrumbe. Toda una construcción de milenios está en peligro.
La naturaleza que es ciega pero sabia nos envía un mensaje muy claro: nuestra especie no es indispensable. Si el hombre no existiera el mundo seguiría estando. El mar seguiría rompiendo sus olas en forma incansable, el sol seguirá saliendo por las mañanas y se apagará en los atardeceres, las estaciones se sucederán. Los vegetales y animales recuperarán su lugar intrusado. Caballos en nuestras calles, pumas caminando sigilosamente en Santiago de Chile, patos paseando por las calles de París, guanacos en las playas de la península de Valdez, liebres en nuestros jardines. El aire claro y saludable y el agua transparente en sus cauces. Los pájaros y las mariposas se apropiarán nuevamente de nuestro cielo, el rumor de los insectos volverá más fuerte sin los plaguicidas que los exterminan. Bastaron solo dos meses con el hombre escondido para que mejore sustancialmente el ambiente.
Si alguien dudó acerca del efecto pernicioso de nuestra especie sobre la naturaleza ya se debe haber convencido por la contundencia de los hechos. No hace falta agregar argumentos a lo que es tan evidente. Si el hombre quiere sobrevivir debe reflexionar a partir de esta crisis. Podemos seguir viviendo en forma amigable con nuestros parientes vegetales y animales que conforman el ecosistema planetario si somos capaces de comprender el mensaje de esta lección.
El mensajero es solo un ser invisible que ni siquiera puede ser considerado un ser vivo.

* Homo sapiens no tan sapiens.