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La eterna pelea por el ingreso

El año pasado hubo dos récords antagónicos: se exportó el mayor volumen de carne vacuna en muchas décadas y su consumo interno cayó al nivel más bajo en el último siglo.
El remanido argumento de que somos un país que produce alimentos para 400 millones de personas choca de frente con una realidad incontrastable. Una cosa es producir y otra muy distinta es que la población -toda la población y no solo los sectores más favorecidos- puedan consumir. Se está hablando de alimentos, no de artículos de lujo.
Un dirigente y pequeño productor rural de Santa Fe ofreció unos pocos pero muy significativos datos sobre esta cuestión. Recordó que en 2020 el precio de la carne vacuna aumentó 75%, pero la inflación general fue del 36%, las tarifas estuvieron congeladas, el salario mínimo aumentó 33% y el gasoil 25%. Por eso se pregunta sobre la razón que justifica semejante disparada.
El Presidente de la Nación, consultado sobre el tema, dijo que si los sectores que intervienen en la cadena productiva y comercial no desacoplan el precio local del internacional, el gobierno deberá intervenir. La reacción del sector más concentrado del agro fue inmediata, oponiéndose a cualquier medida de control y sosteniendo que la causa está en la política tributaria, volviendo a la carga con su exigencia de bajar impuestos.
No es un problema nuevo en nuestro país, al contrario, es de muy vieja data. Y siempre se termina resolviendo según quien gobierne. Los gobiernos de la derecha neoliberal dejan actuar a «la mano invisible del mercado» mientras que los de orientación popular buscan intervenir en favor de las mayorías que consumen para enojo de las minorías que producen. Es la viejísima pelea por el ingreso. Es la verdadera «grieta» que divide al mundo entre los pocos que manejan los resortes de la economía y los muchos que no pueden hacer otra cosa que -precisamente- votar a gobiernos que los defiendan.
Los precios internacionales de la carne en particular y de casi todos los alimentos en general se dispararon con la pandemia de coronavirus. Ahí está la causa y no en los impuestos; menos todavía en una actividad cuyos altos niveles de evasión y elusión tributaria son reconocidos. ¿O acaso los trabajadores rurales no son los que sufren, por lejos, los mayores índices de trabajo en negro entre sus pares de otras ramas, con niveles de informalidad que llegan a superar el 70 por ciento?
Otra: la reciente quiebra de Vicentin permitió conocer las maniobras fraudulentas que las terminales portuarias del río Paraná -todas ellas privadas y la mayoría en manos de gigantes multinacionales- realizan tercerizando operaciones con países limítrofes para no tributar en Argentina.
Un reconocido economista señaló por estos días que las retenciones son el mecanismo más apto y eficaz para que los argentinos no paguen precios internacionales altísimos por productos que se elaboran acá. Pagar en dólares un bien que se produce en pesos beneficia a muy pocos y perjudica a casi todos. La suba del precio de los alimentos erosiona los salarios y hace caer a millones de personas por debajo de las líneas de la pobreza y de la indigencia.