La felicidad es un arma caliente

DOMINICALES

Se cumplen 50 años de la edición del mitológico Album Blanco de Los Beatles, y el devoto admirador ya sabe lo que le espera: después de comprar el disco doble en todos los formatos históricos posibles (LP, casete, magazine, CD, mp3, blue ray, etc.) ahora deberá despedirse de sus ahorros en una nueva edición ampliada. Si en 1968 un disco doble le parecía excesivo al productor George Martin -quien hubiera preferido reducirlo a un solo long play- habría que ver su cara ahora que, bajo la dirección de su hijo Giles, la obra saldrá a la luz con nueva mezcla, un disco extra de demos, y tres discos de tomas alternativas, temas descartados, cuchicheos de estudio y un fárrago de información capaz de colapsar la internet entera.

Warm Gun.
Al final del día vale la pena recordar que el punto, con Los Beatles, eran las canciones. Como esa gema que cierra el lado uno del disco uno: “La felicidad es un revolver caliente”. Un collage de por lo menos tres canciones distintas, con imágenes alucinantes, como la del hombre que creó una estatua de jabón de su propia esposa, para luego comérsela y donarla al Fondo Nacional. Y un título extraído, como era habitual en John Lennon, de los medios de comunicación.
Créase o no, una publicidad en una revista de armas de 1968 contenía ese slogan delirante, según el cual, la fórmula del bienestar es sostener un revolver caliente, recién disparado, fuente de toda seguridad y justicia. A Lennon, que el año anterior había cantado “Todo lo que necesitas es amor” y que venía de una estadía de semanas meditando en la India -que, por cierto, tampoco lo convenció mucho- esta nueva versión del nirvana le habrá parecido divertida. Ciertamente, más a tono con un año altamente político y revolucionario como 1968, que ya había visto caer por las armas a dos dirigentes progresistas como Martin L. King y Robert Kennedy.
Menos divertido es comprobar, en nuestros días, la enorme cantidad de gente que intenta procurarse la felicidad a puro balazo.

EE.UU.
La Constitución de Estados Unidos tiene una cláusula que les garantiza a sus ciudadanos la búsqueda de la felicidad. Y luego, ahí nomás, una enmienda que les garantiza el derecho de llevar armas. Hay quien ató ambos cabos, y se tomó la cuestión muy a pecho: una asociación llamada NRA (Asociación Nacional del Rifle), que empeña cuantiosos recursos en evitar cualquier intento de regular la libre venta de armas. Que sus intereses coincidan con los de la industria armamentista, donde la muerte y el dólar se dan la mano, ha de ser pura casualidad.
El éxito los acompaña. Sólo en lo que va de 2018, se han producido en USA más de 50.000 incidentes de violencia armada. Casi 13.000 personas han muerto, y casi 25.000 resultaron heridas. Ninguna nación desarrollada tiene índices tan escandalosos.
La frecuencia es tan alta, que en el último tiroteo importante, en un bar de California, estaban presentes y resultaron ilesas tres personas que habían sobrevivido a la mega-matanza de Las Vegas, un año atrás. En los escritorios de la NRA ha de reinar la frustración, pero a no dudarlo ya estarán levantando apuestas de que seguramente, en estos tres casos, la tercera será la vencida.
La impunidad de la que gozan es pasmosa. Esta semana hasta se permitieron amenazar a un grupo de médicos que expresó sus preocupación por la violencia armada y sus consecuencias, que ellos conocen de primera mano por atender a las víctimas. Desde la NRA los conminaron a “mantenerse en su carril” y no aguarles la fiesta. No aclararon qué harían en caso de ser desobedecidos.

Por casa.
La moda se está arraigando en estas pampas más rápido que el Halloween. En las últimas semanas se han reportado varios episodios protagonizados por los amantes de la felicidad explosiva. Con preocupante frecuencia, son militares y policías. En un sólo incidente murieron tres de ellos. ¿El motivo? La música estaba demasiado fuerte. Parecería que en este caso, el silencio conseguido ha sido demasiado caro.
Por eso parecieron poco sobrias las declaraciones de la ministra de Seguridad nacional, defendiendo su política de gatillo fácil, planteando que andar con armas por la calle es una cuestión de cada uno. “Vive y deja morir”, como dice otra canción beatle.
Decir “poco sobria” en realidad es un eufemismo. Si se observa el video con estas declaraciones, se notará por la lengua pegadiza y las consonantes perdidas, que la funcionaria estaba beoda como una cuba. Acaso haya sido un recurso de relaciones públicas, para poder excusarse luego diciendo que “es el vino el que la pone mala”, como sentenciara Mamá Cora en “Esperando la carroza”.

PETRONIO