La gran deuda

Siempre se habló de la emigración pampeana y se especuló sobre su magnitud aunque sin conocer el dato preciso de cuántos son los que viven afuera de los límites de nuestra provincia. El número que reveló ayer este diario permitió saber que el fenómeno es mucho más agudo de lo que se creía pues nada menos que el 42 por ciento de los nacidos en La Pampa hoy no viven en su territorio.
El problema no es nuevo y obedece a una gran cantidad de factores, sin embargo tampoco es un misterio muy difícil de develar. El desarrollo socioeconómico de la provincia viene mostrando falencias desde hace mucho tiempo. Las posibilidades de arraigo de los jóvenes están íntimamente ligadas a las condiciones que se les ofrece en el mundo laboral y educativo. Son muchos los que se van en busca de ambas posibilidades y luego no regresan pues en nuestro suelo las limitaciones son muy conocidas.
Sabemos que el Estado pampeano se constituyó tardíamente sobre territorios desdeñados por las provincias vecinas. Que a esa severa carencia de origen se le añadieron otras que limitaron aún más sus posibilidades como la amputación de dos ríos en el extenso desierto del oeste, causa de una primera diáspora y de una gran frustración en materia de desarrollo.
Pero también es cierto que la evolución económica de la provincia nunca pudo escapar a la dependencia excesiva de la producción de materias primas. La ausencia de un proyecto industrial fue determinante para limitar las posibilidades de crecimiento. Así, la sangría poblacional generada por tantos que debieron emigrar para buscar los horizontes que aquí se les negaba, fue una consecuencia directa de no haber superado el estadio de la economía pastoril.
La hipertrofia del Estado es otra prueba cabal de ese fracaso. La ausencia de fuentes de empleo productivo que genera una economía industrial desarrollada devino en el crecimiento desmesurado de una burocracia estéril. La incapacidad de los sucesivos gobiernos para revertir tal proceso de decadencia quedó puesta de manifiesto en las últimas décadas. Las administraciones justicialistas que, sin interrupciones desde el retorno institucional de 1983, gobernaron La Pampa no supieron, no pudieron o no quisieron salir de ese círculo vicioso que hoy muestra un resultado tan desalentador.
Los sucesivos censos poblacionales han venido mostrando un crecimiento demográfico muy bajo en nuestra provincia. No faltan los que pretenden ver en este fenómeno una consecuencia del nivel de “desarrollo” de la sociedad pampeana y alientan semejanzas con lo que sucede en los países más evolucionados del planeta -especialmente los del norte de Europa- con altos niveles de bienestar y bajos índices de nacimientos.
Esa suerte de optimismo desmesurado, que desnuda ciertas ansias de superioridad mal disimuladas, muestra que todavía hay muchos que prefieren cerrar los ojos y elegir el autoengaño. Este dato preciso que se conoce ahora viene a revelar que no se trata de bajas tasas de natalidad -como ocurre en el envidiado primer mundo- sino de expulsión de personas, un fenómeno característico de las zonas menos amables del planeta. Que más de 250 mil pampeanos tengan que vivir afuera de las fronteras de nuestra provincia no está hablando de un “exceso” de desarrollo, sino todo lo contrario.