La grisura de teorías y una realidad policolor

Señor Director:
Ejercitaba mi memoria para verificar su actual grado de confiabilidad y partía de un dicho que con frecuencia me repito: “Toda teoría es gris, solo es verde el árbol de la vida”. ¿Dónde lo leí o lo escuché’ ¿Con quienes dialogaba entonces? Me importa la claridad del recuerdo y sus circunstancias. Nunca he podido superar algunas pruebas, porque a veces un dicho se instala en la memoria al tiempo que ésta borra las circunstancias de su instalación.
Venía de esa ejercitación cuando leí en nuestro diario del domingo la noticia del incendio de la madrugada del sábado en Villa Diamante, Lanús, en una instalación precaria de viviendas, mayoritariamente de “cartoneros”, llamada Acuba. Hay casillas de madera y otros refugios elementales. Nacen muchos niños, pero los padres parten muy de madrugada porque los cartones no esperan. Si hay vecinos sin trabajo, éstos se hacen cargo de los niños, es decir, aceptan a un determinado número de ellos en su precaria vivienda o en alguna casilla adicional. El asentamiento se ha quedado sin luz eléctrica desde hace una semana, por lo que se usan velas. Una de estas velas cayó durante el sueño de siete niños que dormían en una de esas casillas. Cuando los mayores sintieron la presencia del fuego corrieron a sacar a los niños, en tanto que otros llamaban a policía y bomberos. Tres de los siete pequeños fueron rescatados. Cuatro murieron quemados. Se llamaban Mía, Zoe, Luana y Eluney, cuatro mujercitas de 2 a 7 años, hijas de tres familias distintas. La noticia agrega algunos detalles de la realidad de ese asentamiento (a sus equivalentes solía nombrárseles villa miseria). Como que los niños, al despertar, no son esperados por un desayuno. Deben trajinar hasta que lo hallan en alguna vivienda.
Asimilado el efecto emocional que tienen estas noticias, me encontré preguntándome cuál sería el color de esta realidad lacerante. Por cierto que es parte de la vida, tal como se les ofrece a quienes nacen en tales asentamientos, pero el verde es el color con que pintamos la esperanza. La vida es verde. Es principalmente esperanza porque la aventura de la vida no va por una única avenida y muchas veces concluye mucho antes de que quien es su depositario tome conciencia plena de su estar aquí, de los riesgos por los que deberá pasar y de las diferencias de situación entre quienes nacen, según dónde nazcan.
Alguna vez, mirando el afán con que algunos yuyos se afanan por emerger en una vereda o en una calle o en cualquiera de los lugares que destinamos a otros fines, que no a la vegetación, he vivido sensaciones parecidas y he empezado a conocer la singularidad de la aventura de la vida, dispuesta a probar siempre, a intentarlo hasta en los lugares malditos. La vida quiere vivir. Por eso el poeta la ha imaginado verde y ha podido llegar a decir que “sólo es verde el árbol de la vida”.
Las propuestas políticas que se disputan el poder pintan de verde su mensaje y su propuesta, porque conocen el verdor de la esperanza, tanto como saben de los miedos que se incuban entre los vivientes, en todos ellos, aunque sean más continuados y determinantes de sus actos si se nace o se “cae” en un asentamiento poblacional tan precario como el de Lanús, en ese sector que alguien nombró Diamante porque quería esperar o tal vez porque no le faltaba ese sentido del humor que también es una manera que ayuda a imaginar el verdor hasta en el basural. Hay un relato de un hombre muy miserable (por la escasez de sus bienes y por su mezquindad) que pensó que si su burro comiese viruta le sería menos costoso alimentarlo. Encontró la solución poniéndole anteojos verdes y el burro se aferró al verde de esa esperanza. Como diría su amo, “ya estaba aprendiendo a comer, pero se murió”.
Todo nacimiento es vida. Los niños de los asentamientos precarios juegan y cantan, pero no siempre el alimento les llega como el maná. A veces el que llega es el fuego.
Atentamente:
Jotavé