La guerra de los mundos

DOMINICALES

Como corresponde a la definición de “clásico”, cada tanto Orson Welles y su obra reaparecen entre nosotros con nuevas lecturas y nuevos significados posibles. En septiembre pasado, el bueno de Orson incluso reapareció -33 años después de su muerte- con el estreno de su última película, “El otro lado del viento” que había permanecido inconclusa e inédita desde su rodaje en 1970.

Ciudadano.
La reacción al “nuevo” filme ha sido la habitual con toda la obra de Welles: algunos espectadores se aburrieron, otros se escandalizaron, otros quedaron extasiados.
Es lo que ocurre con esa rara joya llamada “El Ciudadano” (Citizen Kane) estrenada en 1941, y frecuentemente mencionada como una de las más importantes películas de la historia del cine. Vagamente basada en la vida del magnate periodístico William Hearst, filmada en blanco y negro con una revolucionaria estructura narrativa, la película parece muy pertinente hoy, cuando algunos monopolios de prensa -representantes de los intereses más conservadores- están erosionando desde adentro el sistema democrático, y produciendo elecciones fraudulentas donde triunfan candidatos impresentables.
Como todo clásico, esta obra habla de su tiempo, pero también de temas universales. El espíritu humano, la obsesión por el poder, y desde luego, la alienación implícita en cada nuevo descubrimiento tecnológico de la humanidad. Welles no llegó a conocer la internet ni la inteligencia artificial, pero sin embargo su obra puede ser un buen marco teórico para analizarlas.

Fake news.
También los analistas han vuelto a Orson Welles en estos días, recordando el 80 aniversario de su primer gran éxito, y a propósito del debate actual sobre las llamadas “fake news” o falsas noticias (como bien se encarga de señalar un artículo del suplemento “1+1” de esta semana).
Y es que, tres años antes de “El Ciudadano”, el entonces dramaturgo Welles había saltado a la fama por una producción tan audaz como revolucionaria. Fue el 30 de octubre 1938, mientras emitía por radio su versión de “La Guerra de los Mundos”, una obra de ciencia ficción, escrita por H. G. Wells, que básicamente narra la invasión del planeta tierra por parte de una despiadada civilización alienígena.
Hubiera sido una radionovela más, si no fuera porque su director -artista contemporáneo, tan interesado por el contenido como por el formato- se encargó de presentar su obra de ficción como si se tratara de un noticiero, generando un pánico considerable entre la radioaudiencia, parte de la cual se creyó que el planeta estaba siendo efectivamente invadido.
Mucho se discutió la ética de la “puesta” de Welles, quien mediante ese ingenioso engaño produjo un revolucionario experimento sociológico. Aunque él probablemente sólo lo viera como una gran obra de arte, un poco a la manera en que el compositor alemán Karlheinz Stockhausen calificó al ataque contra las Torres Gemelas en 2001.

Lecciones.
Lo que nos enseñó aquel episodio es que las noticias falsas y efectistas -aunque provengan de una intención artística- tienen un poder terrorífico. Y sirve como un buen primer ejemplo de esta tendencia, por la relativa ingenuidad del público de 1941 ante los nacientes medios de comunicación electrónicos (aún cuando el uso propagandístico de la radio por parte de los nazis -entre otros- ya estuviera bien documentado).
Pero también sabemos que -pese a lo que reportaran algunos diarios de la época- no es cierto que “La Guerra de los Mundos” provocara un fenómeno de pánico colectivo, con gente huyendo masivamente de sus hogares y ciudades. En realidad fue apenas una fracción de los oyentes quienes creyeron que aquella emisión fuera realmente un noticiero, y de éstos, apenas unos pocos reaccionaron con pánico.
Y es que las noticias falsas no se implantan en la conciencia tan linealmente. Conforme los estudios hechos en la época -siempre tan estadísticos, los “americanos”- más de dos tercios de aquellos oyentes asustados creyeron que la invasión provenía de la Alemania nazi, un temor que ellos ya tenían incorporado. Y los casos más extremos provenían no de oyentes directos, sino de personas que habían escuchado la historia de la transmisión radial por boca de algún conocido.
Así funcionan las “fake news” hasta el día de hoy: trabajan sobre miedos y preconceptos que ya están inoculados en las mentes, y generalmente su mejor vehículo no es la autoridad abstracta de los medios, sino de la más cercana de alguien conocido y respestado.
La caravana de inmigrantes que viene a invadirnos y a destruir nuestro estilo de vida, los “cabecitas negras” y tantos otros pretextos para el fascismo, no son meras mentiras mediáticas. Son nuestros propios fantasmas colectivos. Habrá que hacerse cargo.

PETRONIO