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La guerra del agua

DOMINICALES

Quizá «La guerra del fuego» (Quest for fire) dirigida en 1981 por el cineasta canadiense Jean-Jacques Annaud, sea la mejor película jamás hecha sobre la vida de nuestros ancestros, los hombres y mujeres de la Edad de Piedra. Comprimiendo en 1,40 horas una evolución que en realidad duró milenios, explica en forma entretenida y con buena base científica cómo el dominio de la tecnología del fuego (su creación y mantenimiento) fue crucial en la evolución humana. Hoy, tal como puede verse desde California hasta Córdoba -pasando por el Amazonas- la humanidad tiene más fuego del que necesita. Lo que ha comenzado a escasear, en forma dramática, es el agua.

Boquilla.
La idea de que el dominio de las aguas dulces pueda conducir a una guerra ha ocupado las fantasías de los politólogos futuristas durante décadas. En una columna reciente nos dedicamos al conflicto que enfrenta a Etiopía con Egipto a raíz de la construcción, en la primera nación, de una mega represa que afectaría el cauce del río Nilo, enfrentamiento en el que no ha faltado el lenguaje bélico entre ambos gobiernos.
Lo que no había, hasta ahora, es una víctima de esa guerra, con rostro, nombre y apellido. Desde el pasado 11 de setiembre eso cambió, cuando en las cercanías de la represa La Boquilla (ninguna referencia futbolera) en el estado de Chihuahua, México, la Guardia Nacional de ese país asesinó a balazos por la espalda a Jéssica Silva, una agricultora de 35 años. Ella y su marido (también herido por la balacera) iban en su camioneta, participando de una protesta contra la entrega del agua de esa represa a los Estados Unidos.
Eventualmente, los granjeros de aquella zona limítrofe con Texas se las ingeniaron, con palos, piedras y escudos, para vencer a los militares del gobierno mexicano, y tomaron el control de la represa. Los soldados, sorprendidos y superados en número, se retiraron sin sufrir bajas, con una valentía digna del Chapulín Colorado. Pero el derramamiento de sangre ya les había manchado las manos.

Lejos de Dios.
El hermoso rostro de Jessica -que arrendaba una pequeña parcela dedicada a producir nueces de pecan- ha comenzado a aparecer en pequeños santuarios con velas, mientras dura la vigilia de los agricultores de la zona, y al gobierno mexicano se le vence, a fin de mes, su obligación de entregar agua al país del norte.
Esa obligación surge de un tratado firmado por ambos estados en 1944, que establece cuotas de erogación recíproca de agua en distintos puntos de la frontera, como política de uso común de la cuenca de ríos que sirven de límite internacional. Pero, claro está, 76 años atrás la realidad hidrológica era bien diferente, como lo era también el nivel de población y producción del norte mexicano. Lo aconsejable sería renegociar aquel tratado, para adaptarlo a las condiciones actuales. Pero con un ocupante de la Casa Blanca cuya única política para con México ha sido construir una muralla en la frontera, las posibilidades son pocas.
Tampoco ayuda en mucho que la población afectada por este conflicto hídrico esté ubicada en una zona (el norte) y en un sector económico (el agro) que se oponen abiertamente al gobierno «populista» de López Obrador, y están muy poco propensos a aceptar que el presidente mexicano haga concesiones en la mesa de negociaciones. El pronóstico no es bueno.
Por supuesto, este estado de guerra civil virtual es promovido en México, como en todo el mundo, por usinas de teorías conspirativas y noticias falsas, destinadas precisamente a promover el caos, garantizando así las ganancias y la impunidad de la elite económica.

Mala vecina.
También en Argentina sufrimos fenómenos parecidos: crispación política, sectores del agro enfrentados ideológicamente a un gobierno popular, crisis económica, pandemia… y noticias falsas. Estas últimas son las armas predilectas del establishment, y no por nada han lanzado todo su arsenal de «periodistas» y «fiscales» a combatir un tímido intento de monitorear esas actividades tóxicas.
Pero a los pampeanos, el asunto nos hace evocar una realidad bastante más cercana y menos abstracta, la del conflicto que mantenemos desde hace décadas con nuestra hermana putativa, la República Separatista de Mendoza. El abierto alzamiento de ésta a las claras resoluciones emanadas de la Corte Suprema, y su constante actitud de desdén, en medio de un clima de crispación creciente, generan un polvorín que cualquier chispa podría incendiar.
Pero para la elite mendocina, responsable del descalabro económico e institucional de ese distrito, el problema es que La Pampa es «una mala vecina». Algo así como un marido golpeador que tratara de «mala esposa» a su compañera, porque ésta se queja de que la muela a palos.

PETRONIO