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La guerra eterna

MIL SOLES ESPLENDIDOS

El retiro de las tropas norteamericanas de Afganistán anunciado por el presidente de Estados Unidos, deja un país más empobrecido con sus recursos naturales saqueados. ¿Será así la «democracia» que se buscó imponer?
JOSE ALBARRACIN
El próximo 11 de setiembre se cumplirán 20 años del atentado a las Torres Gemelas y al Pentágono en Estados Unidos, un hecho que marcó a fuego el inicio del nuevo milenio. El presidente Joseph Biden acaba de anunciar que, antes de esa fecha, se habrá completado el total retiro de tropas norteamericanas de Afganistan, poniendo fin así a la guerra más larga de la historia norteamericana. En realidad, fue una de las dos guerras lanzadas usando como pretexto los atentados: la otra, la de Irak, y las supuestas «armas de destrucción masiva» que nunca aparecieron, debería ser tema de otro artículo.

¿Misión cumplida?
Hablando en el mismo recinto en el que su predecesor George W. Bush anunciara el comienzo de las acciones en Afganistán, Biden asumió el compromiso de terminar con esa «guerra eterna», asegurando que el objetivo que la causó -la necesidad de privar de un refugio y un centro de operaciones a Al-Qaeda y otros grupos terroristas- se había cumplido hace mucho tiempo.
Aún cuando el fin de una guerra siempre es una buena noticia, cabe preguntarse si la aseveración del presidente no es un poco optimista. Después de todo -y parafraseando al poeta Edgar Morisoli- Afganistán es un territorio inabarcable, una pesadilla logística donde sucumbieron las aventuras militares de británicos, soviéticos, y ahora también, norteamericanos.
Nunca está de más recordar que los autores de los atentados del 11 de setiembre habían sido, pocos años atrás, combatientes afganos en contra del ejército soviético, directamente subvencionados, armados y entrenados por EEUU, que poco más tarde padeció en carne propia las consecuencias negativas de la cría de cuervos.
En momentos en que la retirada estadounidense hace presagiar un casi seguro retorno al poder de los talibanes, cabe preguntarse qué podría impedir el surgimiento futuro de nuevos grupos fundamentalistas en aquellas montañas sin fin. Ciertamente no será una simpatía pro-yanqui de parte del pueblo afgano.

Dinámica.
El anuncio es una muestra más de la sorprendente dinámica que Biden ha impreso en sus primeros meses de gestión, logrando -contra la resistencia explícita del Pentágono- una medida que había sido anunciada, sin éxito, por sus dos predecesores en el cargo. La guerra ha sido tan larga que hay soldados actualmente apostados allá, cuyos padres también lucharon en el mismo conflicto.
Lo curioso del caso es que la respuesta del público norteamericano ha sido tibia: muy poca gente expresaba preocupación por la persistencia de esa guerra lejana y prolongada, acaso porque las bajas propias no fueron altas (unas 2.500, contra unos 150.000 afganos, la mayoría civiles). Alguna voz aislada se ha alzado condenando el repliegue como un error, o peor aún, como una confirmación de la opinión de Osama Bin Laden, el lider de Al-Qaeda ejecutado sin juicio por la administración Obama, quien solía asegurar que «al final, los EEUU siempre se desentienden y huyen».
En cualquier caso, será muy difícil ocultar el profundo fracaso de esta nueva incursión guerrera. Sin ir más lejos, esta guerra tiene relación directa con la epidemia de adicción a la heroína que padecen los EEUU, cuya materia prima (el opio) proviene de los terratenientes afganos con los que los militares y contratistas norteamericanos hicieron tan buenas migas (y negocios) durante el conflicto.
Adonde el fracaso ha sido más sonoro, fue en la promesa de transformar al país invadido en una «democracia», sea lo que fuere que esa palabra significaba en este contexto, y si es que alguien creyó alguna vez en aquella promesa. El débil gobierno de Kabul, altamente dependiente de los fondos y el personal militar norteamericano, amenaza sucumbir ante la presión de los talibanes, un grupo de fundamentalistas islámicos cuya presencia en Afganistán se tradujo en la destrucción de incontables tesoros arqueológicos (por considerarlos incompatibles con el Corán) y en la restricción de los derechos de las mujeres.

Mujeres.
Este es, acaso, el único progreso que había visto el país en los últimos veinte años. Las mujeres habían comenzado a tener acceso a la educación (actualmente un 40 por ciento de los estudiantes son mujeres) y a algunos empleos. El futuro para ellas es negro como una burka. Apenas la semana pasada, en una zona controlada por los talibanes, una mujer fue atrozmente azotada en público por el «delito» de llevar su rostro descubierto en la calle.
El país quedará aún más empobrecido, sus recursos naturales y sus tesoros artísticos y arqueológicos saqueados, bien por los estadounidenses, bien por los fanáticos religiosos. Miles de millones de dólares gastados, decenas de miles de vidas perdidas en la guerra, no habrán arrojado ningún resultado concreto. Como se dijo alguna vez, fueron acciones de guerra que sólo buscaban transformarse en relato.
Mientras tanto, en todo el país, y en su capital Kabul (créase o no, su nombre significa «bienvenida» o «aceptación») la gente seguirá su vida más o menos miserable, con la tozudez de continuar la estirpe de sus ilustres ancestros milenarios. Y, por qué no, produciendo arte notable, como las monumentales novelas de Khaled Hosseini, autor de «Cometas en el cielo» y «Mil soles espléndidos».