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La hija del carnicero

DOMINICALES

Mientras crecía allá por los años cincuenta, en la pequeña ciudad húngara de Kisújszállás, Katalin Karikó miraba a su padre trabajar en la carnicería familiar. Vivían en una casa de adobe, sin agua corriente ni electricidad. Pero la visión del padre trabajando sobre la anatomía, las vísceras de los animales, despertó en la pequeña Katalin una irrefrenable vocación científica. Cuando más tarde fue a la universidad y se recibió de bioquímica, su madre, orgullosa, le decía que algún día ganaría el Premio Nobel. «¡Pero si ni siquiera puedo conseguir una beca, ni siquiera tengo un puesto fijo en la universidad!», contestaba ella.

Doctora.
Cuando tiempo después consiguió encarar su doctorado en Estados Unidos -adonde terminó radicándose- las cosas tampoco le fueron fáciles. Su área de investigación era considerada demasiado extravagante, y durante toda la década de los noventa no hizo más que coleccionar rechazos, tanto de las empresas farmacéuticas, como de gobiernos y universidades. Nadie quería subvencionarla, y hasta su propia universidad la degradó en el escalafón docente. En momentos en que recién superaba un cáncer, y su marido tenía problemas de visado en Hungría, llegó a pensar que no tenía el talento suficiente, y que debería dedicarse a otra cosa.
Lo que obsesionaba a Karikó era el ácido ribonucléico (ARN), una molécula muy común, sin la cual no podría existir la vida en la Tierra. Es el mensajero encargado de entrar en el núcleo de nuestras células, leer la información que contiene nuestro código genético (el ADN), y salir con la receta para producir las proteínas necesarias para todas las funciones vitales, incluso para curar enfermedades.
Su idea era crear un ARN sintético, introduciendo pequeñas modificaciones en la molécula natural, e inyectándolas para que cualquier célula del cuerpo produzca su propia medicina. O mejor dicho, crear proteínas específicas a demanda: anticuerpos contra infecciones, enzimas para revertir enfermedades raras, agentes de crecimiento para sanar tejidos cardíacos dañados.

Parche.
Desde luego, esta perspectiva fabulosa tenía una posible falla, que invariablemente le señalaban a Katalin cuando rechazaban sus pedidos: el sistema inmunológico del cuerpo humano, al sentirse invadido por un cuerpo extraño, reaccionaría generando inflamaciones y otras defensas, potencialmente dañinas.
Pero nuestra heroína húngara, como habrá advertido el lector, no era de amilanarse fácilmente. Luego de casi una década de ensayo y error, finalmente dio con la solución de ese problema, mediante el equivalente químico de poner un parche en la rueda pinchada. Junto a su colaborador Drew Weissman, descubrieron la forma de alterar uno de los cuatro nucleósidos (algo así como los eslabones de la cadena de ARN) para que éste actuara como simulador, eludiendo las respuestas del sistema inmunológico.
Ese ingenioso descubrimiento, publicado en 2005, también pasó bastante tiempo ignorado. Pero fue el inicio de todo. Algunos años después, dos nuevas compañías de alta tecnología bioquímica estaban trabajando en ese camino. Una, alemana, fundada por un matrimonio de médicos turcos, BioNTech. Otra, norteamericana, llamada Moderna, nombre que resulta de combinar «ARN» con «modificado».

Wuhan.
Gracias al invento de Karikó, cuando en enero de 2020 los científicos chinos descifraron el ADN del Covid-19 aparecido en Wuhan, la compañía Moderna tardó apenas 42 días en formular su vacuna, que actualmente se aplica, sobre todo, en EEUU. La compañía alemana BioNTech -de la cual Katalin es hoy vicepresidenta- tardó muy poco más, y también abastece al sistema de salud norteamericano, en asociación con Pfizer. Esta es la vacuna a cambio de la cual esta semana propusieron, aquí, rifar las Islas Malvinas.
Gracias a sus vacunas contra el Covid-19, estas dos compañías proyectan ganancias que en 2021 se contarán por decenas de miles de millones de dólares (a todo esto, la patente generada por Karikó y Weissman fue vendida por la Universidad de Pennsylvania, para la que trabajaban, en apenas trescientos mil).
Katalin no se marea con todas estas cifras. Sigue viviendo austeramente, no usa joyas y maneja un auto viejo. Prefiere hablar de su invento: «El ARN mensajero que usamos tiene la misma composición que el que fabricas tú mismo, en tus propias células. Es algo completamente natural y se hace a partir de nucleótidos de plantas. No hay nada extra desconocido y no se usan células de ningún animal, ni bacterias, nada».
Sus aplicaciones posibles, ya exitosa contra esta pandemia, se podrían extender al cáncer, a las enfermedades autoinmunes, a las cardíacas. A lo mejor la mamá de Karikó tenía razón, y esos viejos carcamanes de Suecia deberían darle ya mismo el Premio Nobel de química.

PETRONIO