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La hora de la libertad

PANDEMIA, VIOLENCIA Y CIRCULACION

En 2020, con la llegada del Covid, tal vez por primera vez los varones sintieron un atisbo del peso de las cadenas que entorpecen todo intento de caminar fluido.
VICTORIA SANTESTEBAN*
Los gobiernos del mundo a partir de la irrupción de la era Covid han limitado la circulación de personas, y los varones por primera vez conocen de horas en los que no pueden ejercer su derecho de libre circulación. Los varones ahora viven también en un mundo de horarios, de tener que acomodar rutinas para salvar el pellejo. Y en esta parte del globo, tan acostumbrada a salir a las calles como ejercicio de ciudadanía por antonomasia, las plazas dieron lugar a marchas anticuarentena, exigiéndole al gobierno el cese de las restricciones a la libertad ambulatoria. De esta forma, el avasallamiento contra la libertad de circulación en pos de la consecución de un objetivo superador -el cuidado de la población de los efectos de una pandemia impensada- es problematizado cuando sus afectados directos son varones (y también mujeres). Recién en 2020 la población masculina debió acomodar su cotidianeidad a horarios de circulación, algo que las mujeres practicamos de antaño. El reclamo feminista de igualdad de derechos incluye a la libertad circulatoria, otra de las tantas históricamente postergadas, a pesar de que Constitución, convenciones y leyes hablan de la igualdad entre los géneros.

Violencia doméstica.
La hora de la siesta en el interior del país, con las puertas sin llave y las bicicletas en la vereda. La oscuridad de las altas horas de la noche. Las mañanas aún sin sol del invierno de camino a la escuela. Los baldíos, los parques. Los clubes cuando terminaron las clases del día. Los baños de la estación de servicio. Los taxis conducidos por hombres sin deconstrucción alguna. Hay horarios y lugares que las mujeres evitan por autocuidado, con anterioridad a la irrupción del Covid-19. El patriarcado delimita zonas especialmente peligrosas, horarios de impunidad y estrategias para culpabilizar a mujeres que ejercen su libertad de circulación para dejar en claro que el espacio público es territorio masculino. La escisión de la realidad en compartimentos dicotómicos tan propio del machismo ha definido «lo público» como de exclusivo patrimonio del varón, guardando para las mujeres el reinado del hogar. Y si bien las calles son zona de riesgo para las mujeres, donde las violencias escalan desde el acoso callejero hasta las violaciones, desapariciones y femicidios, el hogar es lugar más peligroso para ellas. Del total de las denuncias realizadas por violencia de género en el país, el 89% son por violencia doméstica. Si tanto las calles como las casas son lugares inseguros para las mujeres, entonces pensar alternativas para escapar a los pasadizos laberínticos de la violencia machista se presenta complejo. El laberinto es espeluznante por su diseño de manual, en el que mujeres que desaparecen en la desesperación de salir son responsabilizadas por su extravío y las que se quedan en casa también corren riesgo de muerte. Idear escapatorias a la ingeniería patriarcal que arremete contra las víctimas de violencia, culpabilizándolas y haciendo de su cuerpo también territorio que, como el espacio público, es de libre circulación y uso de los varones, es motor de la lucha feminista.

Protocolo patriarcal.
Desde 2020 hombres y mujeres del mundo comenzaron a regir su vida por horarios impuestos, por zonas, por lugares y tal vez por primera vez los varones sintieron un atisbo del peso de las cadenas que entorpecen cualquier intento de caminar fluido. Los protocolos Covid al menos fijan límites claros de horarios, de permisos. El patriarcado, por el contrario, acapara ampliamente lugares, horas y la vaguedad y flexibilidad de sus decretos aggiornados asfixia. Las mujeres aprendemos medidas de autopreservación desde muy pequeñas aunque el cuento de Caperucita hace resonar su moraleja de no salir solas, de no vivir solas como la abuela y de que si no fuera por el leñador fuerte y protector, no podríamos con nuestras vidas. A pesar de los cuentos de hadas que marcaban las reglas del juego, de generación en generación se tejieron las redes de autocuidado y de cuidarnos entre todas. Para salir, a pesar de los lobos. Para pisar las calles tuvimos -y tenemos- que calibrar brújulas que esquiven baldíos y veredas con grupos de varones, parques oscuros, casas donde viven vecinos con dudosos antecedentes; programar alarmas que indiquen cuándo salir y cuando entrar; ensayar conversaciones ficticias en el taxi, queriendo convencer al conductor de que alguien espera a pocas cuadras. Hemos aprendido a memorizar patentes, caras, nombres, a pasar los datos del chico de la cita y la ubicación a cuanta amiga sorora aparece on line en Whatsapp e idear códigos de rescate si la situación se enrarece.

Piropo.
La cotidianeidad de las mujeres viene marcada por relojes, GPS y espejos para chequear dos veces antes de salir si lo que se lleva puesto puede interpretarse como invitación a la violencia. Entre las maniobras de cuidado para salir a la calle, también se aprende a mutear, contestar o denunciar el acoso callejero, aceptado como parte del folclore, como lo reivindicara el ex presidente Macri cuando aseguró que a las mujeres argentinas les gusta que las piropeen. Macri no sólo se adjudicó el poder de saber qué es lo que les gusta a la totalidad de las mujeres argentinas, sino que decretó que el cuerpo de las mujeres son territorios públicos, para la libre circulación y opinión de los varones. Macri sostiene que a las mujeres les gusta escuchar frases irreproducibles, de personas desconocidas, en plena calle. Macri, no sólo él, lamentablemente, está convencido de ello, de que a toda mujer le gusta caminar por la calle, ser libidinosamente escrutada, escuchar obscenidades, críticas y halagos sobre el cuerpo. Macri no menciona el terror y el asco de esas mujeres cosificadas a las que su derecho a la libre circulación se obstaculiza con cada silbido. Tal romantización del acoso callejero, que lo pretende inocuo, legitima el universo simbólico machista del que se nutre la violencia de género.

Aborto.
En una jungla que arremete contra nuestros cuerpos como espacio de uso, goce y opinión, en un mundo atestado por un virus sin tregua que continúa relegandónos al hogar, el espacio público, sin embargo, es cada vez más feminista. La militancia en la calle y en la casa calibró el reloj, esta vez, para la hora de la libertad. La hora de los cuerpos libres y deseantes que deciden. En Argentina las mujeres y cuerpos gestantes ahora emancipados nunca fueron tan propios. Recuperado el cuerpo como espacio de autodeterminación, como hogar ahora habitado con plena titularidad, es que, a pesar de la pandemia opresiva, por fin se vive, en carne y hueso, intensamente, la libertad conquistada.

-Abogada, magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles.